—Creo que necesita contacto humano —dije finalmente—. No otra botella.
El padre me observó como si intentara decidir si estaba loca.
—Explíquese.
—Trabajé seis años como enfermera de maternidad. Algunos bebés, cuando están demasiado alterados, rechazan incluso la comida. Primero necesitan calmarse.
Señalé al pequeño.
—Mire cómo busca con la cabeza cuando lo acerca al pecho. Está buscando seguridad, calor, un ritmo que reconozca.
El hombre bajó la mirada hacia su hijo.
Por primera vez, su expresión dejó de ser intimidante.
Parecía simplemente agotado.
—Su madre murió hace cuatro meses —dijo.
Aquello explicó mucho.
No hice preguntas.
—¿Puedo sostenerlo?
El guardaespaldas intervino.
—Señor, no sabemos quién es.
—Soy enfermera.
—Dijo que era enfermera.
—Puede comprobar mi licencia cuando aterricemos.
El bebé volvió a llorar.
El padre cerró los ojos un instante.
Después me lo entregó.
—Si algo ocurre…
—Lo sé.
Me senté en el asiento vacío junto a él.
Sostuve al pequeño contra mi pecho, cubriéndolo con una manta para darle privacidad y calor.
No ocurrió ningún milagro instantáneo.
Primero siguió llorando.
Después los gritos se transformaron en pequeños sollozos.
Un minuto.
Dos.
Su respiración empezó a tranquilizarse.
Cuando finalmente aceptó alimentarse, la cabina entera pareció contener el aliento.
Poco después, el niño se quedó dormido.
Silencio.
Silencio absoluto.
La actriz bajó lentamente su revista.
El senador asomó por encima del periódico.
La azafata me miraba como si hubiera apagado un incendio con las manos.
El hombre sentado a mi lado no apartaba los ojos de su hijo.
—¿Cómo se llama? —pregunté.
—Oliver.
—Es precioso.
Su mandíbula se tensó.
—Se parece a su madre.
Entonces escuché un pequeño grito detrás de nosotros.
—¡Mamá!
Me giré.
Maya estaba despierta.
Había apartado la manta y me buscaba aterrada.
Me levanté inmediatamente.
—Tengo que volver.
El guardaespaldas tomó cuidadosamente a Oliver.
Regresé con Maya y la abracé.
—Estoy aquí, cariño.
Ella se aferró a mi cuello.
Pero cuando levanté la vista, el hombre de primera clase estaba frente a nosotros.
Su mirada cayó sobre Maya.
Después sobre mi maleta gastada.
Después sobre el pequeño moretón que todavía tenía cerca del brazo.
No preguntó.
—Soy Alexander Moretti.
El apellido me resultaba conocido.
No sabía de dónde.
—Elena Carter.
—¿Viaja sola con su hija?
—Sí.
—¿A Roma por vacaciones?
Solté una pequeña risa.
—No exactamente.
No dije más.
Él tampoco insistió.
Pero una hora después, una azafata apareció.
—Señora Carter, el señor Moretti ha pedido que usted y su hija ocupen dos asientos libres en primera clase.
Negué.
—Gracias, pero estamos bien aquí.
La mujer pareció sorprendida.
Minutos después apareció Alexander.
—¿Por qué lo rechazó?
—Porque ayudar a su hijo no significa que ahora usted me deba algo.
Algo parecido a una sonrisa apareció en su rostro.
—La mayoría de las personas que conozco llevan años intentando conseguir que les deba algo.
—Entonces conoce personas extrañas.
Esta vez sí sonrió.
Regresó a su asiento.
Pensé que aquello terminaría ahí.
Me equivocaba.
Cuando aterrizamos en Roma, encendí mi teléfono.
Tenía treinta y nueve llamadas perdidas.
Todas de Richard.
Y un mensaje de mi primo.
Elena, lo siento. Richard me llamó. Sabe que venías conmigo. No puedo meterme en esto. Tendrás que buscar otro lugar.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
Maya tiró de mi manga.
—Mamá, ¿vamos a nuestra nueva casa?
No pude responder.
Había cruzado un océano.
Tenía menos de trescientos euros.
Y acababa de perder el único lugar donde dormir.
Entonces escuché detrás de mí:
—Señora Carter.
Alexander.
Guardé rápidamente el teléfono.
—Estoy bien.
Él miró mi rostro.
—No parece estarlo.
—No es asunto suyo.
—Correcto.
Pasó junto a mí.
Creí que se marcharía.
Pero se detuvo.
—Sin embargo, hay algo que sí es asunto mío.
Su guardaespaldas apareció sosteniendo un teléfono.
—Investigamos su licencia profesional, como usted sugirió.
Me tensé.
Alexander continuó:
—Era enfermera neonatal certificada. Excelentes referencias. Después dejó el hospital hace nueve meses.
—¿Me investigó?
—Una desconocida sostuvo a mi hijo. Por supuesto.
Me enfadé.
—Entonces ya terminó. Su hijo está bien.
—Encontramos algo más.
Mi corazón aceleró.
Alexander bajó la voz.
—Richard Carter presentó esta mañana una denuncia afirmando que usted secuestró a Maya y salió del país ilegalmente.
Me quedé helada.
—Es mentira.
—Lo imaginé.
—Tengo la documentación.
Abrí desesperadamente mi bolso.
—Tengo su pasaporte, los documentos de custodia, mensajes…
Alexander levantó una mano.
—No tiene que convencerme.
Entonces dos hombres con uniforme comenzaron a caminar hacia nosotros desde el control fronterizo.
Maya se escondió detrás de mis piernas.
—Mamá…
Alexander miró a los agentes.
Después a mí.
—Pero probablemente tendrá que convencerlos a ellos.
Sentí que me faltaba el aire.
Alexander hizo una señal a su guardaespaldas.
—Llama a Valenti.
—¿Al abogado?
—Ahora.
Lo miré.
—¿Por qué me está ayudando?
Sus ojos fueron hacia Oliver, dormido en brazos de la niñera.
—Porque hace unas horas todos los pasajeros de aquel avión querían que mi hijo dejara de molestarlos.
Luego me miró directamente.
—Usted fue la única persona que intentó entender qué necesitaba.
Los agentes llegaron.
Pero antes de que pudieran hablar, el teléfono de Alexander sonó.
Contestó.
Escuchó unos segundos.
Su expresión cambió.
—¿Está seguro?
Silencio.
Después miró hacia mí.
—Entendido.
Colgó.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
Alexander tardó un momento en responder.
—Mi equipo acaba de encontrar el expediente de Richard.
Mi estómago se cerró.
—¿Qué expediente?
Su mirada se endureció.
—El que demuestra que usted no es la primera mujer que ha intentado escapar de él.
Y entonces comprendí que mi vuelo a Roma no había sido el final de mi huida.

Era el comienzo de la pelea que Richard jamás imaginó que yo pudiera ganar.