Siete días después, subí al avión rumbo a Viena.
No le dije nada a Julian.
Había recibido una oferta para reincorporarme a una compañía de danza donde había trabajado antes de lesionarme. Meses de rehabilitación habían dado resultado.
Podía volver al escenario.
Y por primera vez en cuatro años, elegí algo sin preguntarle a mi esposo qué pensaba.
Mientras tanto, Julian siguió viviendo como si nada hubiera cambiado.
Hasta el día doce.
Me llamó.
—Estoy frente a tu apartamento.
—Ya no vivo allí.
Silencio.
—¿Dónde estás?
—En Viena.
Su respiración cambió.
—¿Cuándo vuelves?
—No vuelvo.
—Nora, acordamos cien días.
—Tú acordaste cien días.
Colgué.
Después llegaron mensajes.
“Evelyn y yo solo mantenemos las apariencias.”
“El compromiso terminará.”
“Mi abuelo entenderá todo después de la operación.”
Finalmente:
“No conviertas algo temporal en el final de nuestro matrimonio.”
Respondí una sola vez.
“Julian, nuestro matrimonio terminó el día que firmamos el divorcio.”
Lo bloqueé.
Los meses pasaron.
Volví a bailar.
Recuperé poco a poco aquello que había abandonado mientras intentaba encajar en la vida de los Foster.
Entonces llegó el día cien.
A las dos de la tarde, Julian apareció frente al antiguo registro civil.
Llevaba flores.
Los documentos preparados.
Incluso había reservado el restaurante donde habíamos celebrado nuestra primera boda.
Esperó veinte minutos.
Después una hora.
Yo nunca aparecí.
Finalmente llamó desde otro número.
Respondí.
—Nora, estoy esperándote.
Miré por la ventana de mi camerino.
Aquella noche volvía al escenario por primera vez en años.
—Lo sé.
—Entonces ven.
—No.
Silencio.
—Hoy es el día.
—Para ti.
Julian pareció no comprender.
—Te prometí que volveríamos a casarnos.
—Ese fue siempre tu problema.
Hice una pausa.
—Prometías cosas por los dos sin preguntarme qué quería yo.
—Evelyn ya no significa nada.
—Esto tampoco se trata de Evelyn.
—Entonces ¿de qué se trata?
Miré mis zapatillas de baile.
—De que durante cuatro años pensé que ser tu esposa significaba construir una vida juntos. Tú pensabas que significaba que siempre estaría disponible cuando decidieras necesitarme.
Julian permaneció callado.
Antes de colgar, dijo:
—¿Hay alguien más?
Sonreí.
—Sí.
Su respiración se detuvo.
—¿Quién?
—Yo.
Y terminé la llamada.
Esa noche salí al escenario.
Cuando terminó la función, cientos de personas se levantaron a aplaudir.
Entre todas aquellas caras no estaba Julian.

Y ya no importaba.
Él había marcado en su calendario el día exacto en que recuperaría a su esposa.
Pero olvidó algo muy sencillo:
un calendario puede recordarte una fecha.
No puede obligar a una persona a seguir esperándote.