—¿Qué van a hacer a las seis? —preguntó Elena.
Mauricio bajó la mirada.
—Moverla.
Rebeca soltó una maldición.
Salgado no perdió tiempo.
—Dirección. Ahora.
Mauricio se quedó callado hasta que Elena se acercó.
—Cinco años —dijo ella—. Cinco años me dejaste llorar frente a una tumba vacía. Si todavía te queda algo humano, dime dónde está mi hija.
Él tragó saliva.
—En la casa vieja de mi madre. Pero hay una entrada por la parte trasera. El sótano no aparece en los planos.
Veinte minutos después, dos patrullas avanzaban por una carretera polvorienta rumbo a Tequisquiapan.
Elena iba atrás, apretando entre las manos una fotografía de Valeria.
Cuando llegaron, la casa parecía abandonada.
Ventanas cerradas.
Hierba alta.
Silencio.
Pero detrás encontraron una puerta metálica oculta bajo una estructura de madera.
El candado coincidía con una de las llaves que habían caído del bolso de Rebeca.
Salgado abrió.
Un olor húmedo salió desde abajo.
—Valeria —susurró Elena.
Bajaron.
Al final del pasillo encontraron una habitación.
La puerta estaba cerrada desde afuera.
Cuando la abrieron, Elena dejó de respirar.
Sobre una cama pequeña había una mujer encogida bajo una cobija gris.
El mismo cabello largo.
Los mismos ojos de la fotografía.
Pero cuando Valeria vio entrar a su madre, no corrió hacia ella.
Retrocedió contra la pared.
—No —murmuró—. Tú no eres real.
Elena sintió que el corazón se le partía.
—Soy yo, mi amor.
Valeria comenzó a temblar.
—Mauricio dijo que estabas muerta.
—Y a mí me dijo lo mismo de ti.
Durante varios segundos se miraron.
Entonces Elena sacó del bolso un pequeño collar.
El que Valeria le había regalado cuando cumplió cincuenta años.
Los ojos de su hija se llenaron de lágrimas.
—Mamá…
Elena apenas alcanzó a abrir los brazos antes de que Valeria se lanzara contra ella.
No hicieron falta más palabras.
Cinco años desaparecieron en aquel abrazo.
Después llegaron los paramédicos.
Mientras revisaban a Valeria, Salgado encontró una segunda habitación.
Dentro había cámaras, medicamentos, documentos falsificados y una carpeta con el nombre de Valeria.
Pero lo peor estaba al final.
Una póliza de seguro de vida.
Cinco años atrás, Mauricio había cobrado una enorme suma después de declarar legalmente muerta a su esposa.
Valeria no había sido encerrada por una discusión familiar.
Había sido convertida en una muerta legal para que Mauricio pudiera quedarse con dinero, propiedades y cuentas que estaban a su nombre.
Rebeca había ayudado a mantenerla escondida.
Y cada vez que Valeria intentaba escapar, aumentaban la medicación.
Horas después, Mauricio y Rebeca fueron trasladados bajo custodia.
Pero antes de subir a la ambulancia, Valeria pidió hablar con Salgado.
—Hay algo que ellos no saben —susurró.
Elena se acercó.
—¿Qué cosa?
Valeria miró hacia la casa.
—Hace dos semanas logré entrar al cuarto donde Mauricio guardaba sus documentos.
—¿Encontraste algo?
Valeria asintió.
—Una lista.
—¿De qué?
Su expresión cambió.
—De otras mujeres.
Elena sintió un escalofrío.
—¿Qué mujeres?
Valeria apretó la mano de su madre.
—Mujeres que también fueron declaradas muertas.
Salgado quedó inmóvil.
Valeria añadió:

—Y junto a cada nombre había una dirección.
Aquella noche Elena recuperó a su hija.
Pero mientras la policía revisaba la lista, comprendieron que Mauricio y Rebeca quizá no habían construido una sola cárcel.
Habían construido muchas.