El auto negro desapareció detrás de las puertas de la mansión.
Lucas permaneció inmóvil.
—¿Quién era ese hombre? —preguntó.
Marta tardó demasiado en responder.
Lucas se volvió hacia ella.
—Te hice una pregunta.
—Adrián Reed.
El apellido lo golpeó primero.
—¿Reed?
—El hermano mayor de la señora Sofia.
Lucas soltó una risa incrédula.
—Sofia no tiene familia.
Marta lo miró con una tristeza que casi parecía desprecio.
—Eso es lo que usted creyó.
Lucas sintió una punzada de irritación.
Durante tres años había dado por hecho que Sofia era una mujer sin respaldo. La conoció trabajando como traductora en una recepción empresarial. Vestía sencillo, vivía en un apartamento pequeño y jamás hablaba de su familia.
Por eso su madre siempre decía que Sofia había tenido suerte al casarse con un Hart.
Lucas también terminó creyéndolo.
Hasta que su asistente llamó veinte minutos después.
—Señor Hart, encontré información sobre Adrián Reed.
—Habla.
Hubo un silencio.
—Es presidente de Reed Capital.
Lucas dejó de respirar por un instante.
Conocía ese nombre.
Todo el mundo financiero lo conocía.
Reed Capital administraba fondos internacionales, infraestructura y participaciones en decenas de empresas.
Entre ellas…
Hart Industries.
—¿Cuánto poseen de nuestra compañía?
—Directamente, 11%. Pero mediante fondos asociados…
El asistente tragó saliva.
—Casi 23%.
Lucas apretó el teléfono.
—Eso es imposible.
—Hay algo más.
—¿Qué?
—Sofia Reed aparece como beneficiaria de uno de los fideicomisos familiares.
Lucas miró hacia la puerta por donde ella acababa de marcharse.
La mujer a la que había preguntado cuánto dinero quería para dejar de hacer un “berrinche” podía haber comprado aquella mansión varias veces.
Pero Sofia nunca le había pedido nada.
Ni siquiera cuando él controló sus tarjetas.
Ni cuando su madre se burló de su ropa.
Ni cuando Bianca ocupaba un lugar en su vida que nunca debió tener.
Entonces recordó los papeles.
Corrió hacia la sala.
La demanda de divorcio seguía sobre la mesa.
Debajo había un segundo documento.
Lucas comenzó a leer.
Sofia no reclamaba la mansión.
No reclamaba sus vehículos.
No pedía acciones.
No quería pensión.
Solo exigía recuperar sus pertenencias personales y terminar legalmente el matrimonio.
Aquello lo enfureció más que cualquier demanda millonaria.
Porque significaba que no quería nada de él.
Ni siquiera su dinero.
Su teléfono vibró.
Bianca.
—Lucas, cariño, escuché que Sofia finalmente se fue.
Él guardó silencio.
Bianca rio suavemente.
—Quizá fue lo mejor. Ahora podemos dejar de escondernos.
Lucas miró la transferencia de tres millones que Sofia le había mostrado.
Por primera vez, aquella cifra le produjo vergüenza.
—Devuelve el dinero.
Silencio.
—¿Qué?
—Los tres millones.
—Lucas, tú me los regalaste.
—Devuélvelos.
Bianca cambió inmediatamente de tono.
—¿Todo esto porque Sofia hizo una escena?
Lucas cerró los ojos.
—Ella estuvo en cirugía aquel día.
Bianca no respondió.
—Tú lo sabías, ¿verdad?
Otra pausa.
Demasiado larga.
Lucas abrió los ojos.
—Bianca.
—Tu madre me dijo que no era grave.
La sangre se le heló.
—¿Mi madre?
Entonces comprendió algo todavía peor.
Su madre sabía.
Bianca sabía.
Él había elegido no saber.
Aquella noche fue a buscar a Sofia.
No encontró una mujer destrozada escondiéndose de él.
La encontró entrando en la sede de Reed Capital con Adrián a su lado.
Lucas intentó acercarse.
Seguridad lo detuvo.
—Soy su esposo.
Sofia se giró.
—Por poco tiempo.
—Necesito hablar contigo.
—Yo ya dije todo.
Lucas miró a Adrián.
—Déjanos solos.
Adrián ni siquiera se movió.
—Mi hermana pasó tres años sola cuando estaba casada contigo. Ahora puedes aprender cómo se siente.
Lucas perdió el control.
—¡Esto es entre Sofia y yo!
—No —respondió ella—. Lo nuestro terminó cuando convertiste mi dolor en una obligación.
Lucas se quedó callado.
Sofia continuó:
—No me fui con otro hombre, Lucas. Me fui con mi hermano.
—Y tampoco regresé con mi familia para vengarme de ti.
Hizo una pausa.
—Regresé porque finalmente entendí que no necesitaba seguir castigándome para demostrar que te amaba.
Sacó una pluma.
Firmó la última página del acuerdo.
Luego se la entregó.
—Firma.
Lucas miró su nombre.
—¿Y si no quiero?
Adrián colocó una carpeta sobre la mesa.
—Entonces los abogados se encargarán.
Lucas ni siquiera la abrió.
Seguía mirando a Sofia.
—Puedo cambiar.
Ella negó lentamente.
—Quizá.
Por primera vez, sus ojos mostraron emoción.
Pero no amor.
—Solo que ya no tienes que cambiar por mí.
Eso terminó de destruirlo.
Semanas después, Lucas firmó.
Y cuando Hart Industries comenzó una reestructuración financiera, Reed Capital retiró a Sofia de cualquier decisión relacionada con la empresa de su exmarido.
Ella no quiso destruirlo.
No quiso quedarse con su fortuna.
Ni siquiera quiso verlo caer.
Simplemente dejó de sostener una vida en la que siempre había sido la única sacrificada.
Meses después, Sofia volvió a trabajar.
Recuperó sus cuentas.
Su apellido.
Sus amigos.
Su libertad.
Una tarde, Adrián la encontró mirando la lluvia desde la ventana.
—¿Te arrepientes?
Sofia pensó en Lucas.
En Bianca.
En aquella mansión.
En todas las veces que confundió obediencia con amor.
Después sonrió.
—Sí.

Adrián frunció el ceño.
Sofia tomó su abrigo.
—Me arrepiento de haber tardado tres años.
Y salió bajo la lluvia sin mirar atrás.