PARTE 2: LA AUDITORÍA

Sebastián dejó de mirar a los guardias.

Toda su atención cayó sobre aquella cifra.

187 millones.

Camila fue la primera en reaccionar.

—Yo no sé nada de eso.

Sebastián giró hacia ella.

—Cállate.

Demasiado tarde.

El tío Robert sacó varios documentos del maletín.

—Durante tres años se desviaron fondos mediante empresas proveedoras ficticias, contratos inflados y cuentas vinculadas a terceros.

Colocó una hoja sobre la mesa.

—Una de esas empresas pertenece a Camila Fuentes.

Ella retrocedió.

—Sebastián me pidió abrirla. ¡Me dijo que era por impuestos!

—¡Cállate! —gritó él.

Lo miré.

Ocho años viviendo con aquel hombre y nunca lo había visto realmente asustado.

Hasta ahora.

Robert continuó:

—Además, encontramos algo interesante. El capital con el que Sebastián fundó la empresa no fue una aportación personal.

Sacó el contrato original.

Reconocí inmediatamente mi firma.

Años atrás había vendido las joyas de mi madre y entregado aquel dinero creyendo que estaba ayudando a mi esposo.

Pero mi madre había insistido en una condición.

El dinero no sería un regalo.

Sería una inversión.

Y las acciones adquiridas quedarían bajo un fideicomiso familiar.

Sebastián siempre había pensado que aquel documento era una simple formalidad.

No lo era.

—Elena conserva la participación de control —dijo Robert—. Cincuenta y dos por ciento.

Camila miró a Sebastián.

—Me dijiste que eras dueño de toda la compañía.

No pude evitar sonreír.

Primero descubrió que la casa no era de él.

Ahora descubría que la empresa tampoco.

Sebastián se acercó.

—Elena, podemos hablar.

—Llevamos ocho años hablando.

—No destruyas todo por una infidelidad.

—Esto dejó de tratarse de tu amante cuando encontré 187 millones desaparecidos.

Bajó la voz.

—Puedo devolverlo.

—¿Con qué dinero?

Silencio.

Robert respondió por él.

—Parte fue utilizada para adquirir propiedades y realizar inversiones a nombre de Camila.

Ella se quedó blanca.

—¿Qué propiedades?

Sebastián cerró los ojos.

Entonces comprendí algo.

Camila tampoco conocía toda la verdad.

Él había engañado a las dos.

A mí me había hecho creer que construíamos una empresa juntos.

A ella le había hecho creer que estaba construyendo una nueva vida para ambos.

En realidad, Sebastián solo construía escondites para el dinero.

Tomé mi teléfono.

—La junta extraordinaria empieza dentro de cuarenta minutos.

Sebastián levantó la cabeza.

—¿Qué junta?

—La que convocó la accionista mayoritaria.

Su expresión se quebró.

—No puedes destituirme.

—En cuarenta minutos descubriremos si tienes razón.

Los guardias comenzaron a acompañarlos hacia la puerta.

Camila se resistió.

—¡Mis cosas siguen dentro!

—Se las entregarán después.

—¡Elena!

Me miró con odio.

—¡Sebastián te dejó porque nunca pudiste darle un hijo!

La habitación quedó en silencio.

Sebastián palideció.

Yo simplemente la observé.

Luego Robert sacó otro documento.

—Curioso que mencione al bebé.

Camila bajó lentamente la mano de su vientre.

Sebastián se giró.

—¿Qué significa eso?

Robert me miró, esperando autorización.

Asentí.

—Durante la auditoría investigamos también los pagos personales realizados desde las cuentas corporativas —explicó—. Entre ellos encontramos varias transferencias a una clínica privada.

Camila comenzó a temblar.

—Eso es privado.

—Lo sería si hubiera pagado con su propio dinero.

Robert deslizó una copia hacia Sebastián.

—Pero utilizó fondos de la compañía.

Sebastián tomó el documento.

Leyó.

Volvió a leer.

—¿Prueba prenatal de paternidad?

Camila intentó quitarle la hoja.

Él apartó la mano.

Su rostro perdió todo color.

—¿Por qué te hiciste una prueba de paternidad sin decírmelo?

Ella no respondió.

Sebastián pasó a la segunda página.

Entonces se quedó completamente inmóvil.

No necesité preguntar qué decía.

La respuesta estaba en su cara.

El bebé no era suyo.

Camila empezó a llorar.

—Puedo explicarlo.

Qué ironía.

Era exactamente la frase que Sebastián habría utilizado conmigo.

Los guardias los acompañaron hasta el ascensor mientras discutían entre ellos.

Diez minutos antes habían entrado en mi dormitorio creyéndose una nueva familia.

Ahora salían sin casa, sin confianza y a punto de perder mucho más.

Pero yo todavía no había terminado.

Aquella tarde, la junta suspendió a Sebastián de todas sus funciones ejecutivas mientras avanzaba la investigación financiera.

Las cuentas vinculadas a las operaciones sospechosas quedaron congeladas.

Los contratos bajo investigación fueron entregados a los abogados y auditores correspondientes.

Y yo recuperé el control operativo de la empresa que había ayudado a construir.

Sebastián llamó cuarenta y tres veces esa noche.

No contesté.

A la mañana siguiente apareció frente al edificio.

—Elena, fueron ocho años.

Lo miré a través de la puerta de cristal.

—Exactamente.

—¿Y vas a tirar ocho años por la borda?

Negué.

—Tú los tiraste.

Luego señalé el informe que llevaba bajo el brazo.

—Yo solo estoy haciendo la contabilidad.

Las puertas se cerraron entre nosotros.

Durante años pensé que mi mayor error había sido ayudar demasiado al hombre que amaba.

No.

Mi verdadero error había sido creer que gratitud y lealtad eran la misma cosa.

Sebastián quiso quedarse con mi dormitorio.

Camila quiso convertirme en su sirvienta.

Al final, no tuvieron ni diez minutos para disfrutar de su victoria.

Porque mientras ellos planeaban ocupar mi cama…

yo ya estaba recuperando todo lo que habían construido con mi dinero.

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