PARTE 2: LA CARPETA QUE NUNCA DEBIÓ SALIR DEL DESPACHO

El silencio cayó sobre la sala VIP.

Gustavo dejó de respirar durante un instante.

Renata sostuvo con más fuerza el asa de su maleta.

Mauricio observó la pantalla de su tableta antes de volver a levantar la vista.

—La maleta fue seleccionada durante la revisión de seguridad porque contiene documentación corporativa con restricciones de salida.

Isabela no se movió.

Ya conocía la respuesta.

Solo necesitaba que todos la escucharan.

—¿Qué documentos? —preguntó Gustavo, intentando recuperar la calma.

Mauricio respondió con absoluta profesionalidad.

—Una carpeta marcada como “Proyecto L-27. Confidencial”.

El color desapareció del rostro de Gustavo.

Doña Elvira dio un paso hacia su hijo.

—¿Qué significa eso?

Nadie contestó.

Fue Isabela quien rompió el silencio.

—Significa que alguien sacó documentos del consejo sin autorización.

Renata intentó intervenir.

—Yo no sabía lo que había dentro.

Isabela la miró por primera vez desde que comenzó todo.

No había rabia.

Solo decepción.

—Claro que no lo sabías.

Hizo una pausa.

—Porque esos documentos nunca debieron llegar a tus manos.

Mauricio entregó una carpeta gris a uno de los abogados de Grupo Ledesma que acababa de entrar al hangar.

El hombre revisó apenas la primera hoja.

Después levantó la vista.

—Señora Ledesma…

Su tono había cambiado.

—Aquí aparecen las actas originales de la próxima adquisición del grupo.

Los dos consejeros intercambiaron una mirada alarmada.

Aquella operación llevaba meses preparándose.

Solo cinco personas conocían todos los detalles.

Gustavo era una de ellas.

Isabela también.

El abogado pasó la siguiente página.

—Y aquí hay copias de las autorizaciones bancarias.

Miró directamente a Gustavo.

—Con su firma.

Él tragó saliva.

—Eso…

Intentó hablar.

No encontró palabras.

Renata dio un paso atrás.

—Gustavo, dijiste que solo eran papeles de un viaje.

Él no respondió.

Doña Elvira comenzó a comprender.

—¿Qué hiciste?

Isabela permanecía completamente serena.

Sacó lentamente el teléfono.

Abrió una carpeta de audio.

Pulsó reproducir.

La voz de Gustavo llenó el silencio del hangar.

“Renata, cuando la compra se cierre, moveremos los activos antes de que Isabela revise los estados financieros.”

Después otra frase.

“Ella firma todo. Nunca lee los anexos.”

Los consejeros quedaron inmóviles.

Pablo dejó caer las llaves del coche.

Renata miró a Gustavo como si acabara de descubrir a un desconocido.

—Me dijiste que ella conocía todo.

Isabela negó despacio.

—No.

Miró a todos los presentes.

—Conocía el matrimonio.

No el delito.

El abogado cerró lentamente la carpeta.

—Hay algo más.

Sacó un contrato de consultoría.

El mismo que Isabela había encontrado semanas atrás.

—Ocho millones de pesos transferidos a la empresa de la señorita Renata Valle.

Ella abrió mucho los ojos.

—Yo nunca vi esa cantidad.

El abogado pasó la última página.

—Porque el dinero salió de la empresa…

Hizo una breve pausa.

—Pero terminó en otra cuenta.

Gustavo cerró los ojos.

Sabía lo que venía.

El abogado colocó un estado bancario sobre la mesa.

El beneficiario final no era Renata.

Era una sociedad extranjera registrada apenas cuatro meses antes.

Y el representante legal era Gustavo Arriaga.

Renata sintió que las piernas dejaban de sostenerla.

—¿Me utilizaste?

Él intentó acercarse.

—Déjame explicarte.

Ella retrocedió.

—¡Dijiste que todo esto era para empezar una vida juntos!

Isabela observó la escena sin pronunciar una palabra.

Ya no necesitaba hacerlo.

Ellos mismos estaban desmontando todas sus mentiras.

En ese momento sonó el teléfono de Mauricio.

Escuchó durante unos segundos.

Después miró directamente a Isabela.

—Señora…

Ella asintió.

—Dígalo.

—El consejo extraordinario acaba de terminar.

Los dos consejeros presentes entendieron inmediatamente de qué hablaba.

Mauricio respiró hondo.

—La votación fue unánime.

Gustavo levantó lentamente la cabeza.

—¿Qué votación?

Uno de los consejeros respondió con voz firme.

—Su destitución como director general.

La sala quedó completamente inmóvil.

Pero Isabela aún no había terminado.

Sacó un sobre blanco del bolso.

Lo dejó frente a Gustavo.

Él reconoció inmediatamente su contenido.

Era el mismo expediente que ella llevaba preparando durante dos meses.

En la portada solo había una frase escrita con tinta azul.

“No perdí un asiento en el jet.”

Debajo, otra línea.

“Tú acabas de perder todo lo que creías controlar.”

Justo en ese instante, dos agentes de la Unidad de Delitos Económicos entraron al hangar mostrando sus credenciales.

El mayor de ellos pronunció una única frase.

—Señor Gustavo Arriaga, necesitamos que nos acompañe.

Y por primera vez desde que comenzó aquella mañana, Gustavo comprendió que el viaje a Los Cabos nunca había sido cancelado por un asiento.

Había sido detenido por una investigación que llevaba meses esperándolo.

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