PARTE 2: LA MUJER DE LA HABITACIÓN 1818

El guardia congeló la imagen.

Vanessa seguía mirando la pantalla como si quisiera convencerse de que estaba equivocada.

—¿La conoce? —pregunté.

No respondió.

—Vanessa.

Finalmente tragó saliva.

—Sí.

Señaló a la mujer de la gabardina.

—Es Natalie Reed. Trabajó aquí hasta hace dos meses.

—¿Trabajó?

—Supervisaba recepción.

Sentí un escalofrío.

—Entonces sabe cómo funciona el sistema.

Vanessa asintió.

—Y sabe cómo acceder a las habitaciones.

El guardia amplió la tarjeta que Natalie llevaba en la mano.

—Parece una llave maestra antigua.

Vanessa tomó inmediatamente el teléfono.

—Bloqueen todos los accesos del edificio. Nadie borra ninguna grabación.

Entonces me miró.

Ya no había arrogancia en su rostro.

—Señorita Harper, necesito preguntarle algo. ¿Conoce a Natalie?

—Nunca la había visto.

Eso empeoraba todo.

Revisamos las cámaras desde el momento en que yo había regresado a mi habitación.

A las 10:42 p. m. entré sola.

A las 10:51 apareció Natalie.

Se quedó frente a mi puerta casi un minuto.

Después se marchó.

Volvió a las 12:58.

Esta vez abrió con la tarjeta.

Entró.

Mi estómago se cerró.

—Yo estaba dormida.

Nadie respondió.

Natalie permaneció dentro diecinueve minutos.

Salió a la 1:17.

Pero las cámaras mostraban algo todavía más extraño.

La primera bandeja había sido recibida mientras Natalie seguía dentro.

La segunda llegó después de que ella se marchara.

—Entonces ¿quién abrió la puerta la segunda vez? —pregunté.

El guardia cambió de cámara.

A la 1:21, Natalie había bajado al piso 16.

Entró en otra habitación.

Vanessa se llevó una mano a la boca.

—No puede ser.

—¿Qué hay en esa habitación?

No respondió.

Abrió el sistema de reservas.

Cuando apareció el nombre del huésped, entendí su reacción.

Richard Harper.

Mi padre.

El hombre al que no veía desde hacía nueve años.

—Eso es imposible —susurré.

Vanessa giró la pantalla.

—¿Es familiar suyo?

No pude contestar inmediatamente.

Mi padre había desaparecido de mi vida cuando yo tenía diecinueve años.

Después del divorcio de mis padres, dejó de llamar.

Dejó de escribir.

Dejó de existir.

O eso creía.

—¿Sigue hospedado aquí?

El guardia negó con la cabeza.

—La habitación está vacía.

—¿Cuándo hizo check-out?

Tecleó.

Su expresión cambió.

—Nunca hizo check-in.

Silencio.

La reserva había sido creada usando su nombre.

Pero nadie había presentado identificación.

Entonces llegó la policía.

Mientras revisaban registros y cámaras, Vanessa recibió una llamada del departamento de sistemas.

Escuchó durante veinte segundos.

Luego me miró.

—Las cenas no fueron cargadas manualmente por el restaurante.

—¿Entonces?

—Alguien entró en nuestro sistema con credenciales antiguas de Natalie y creó los pedidos bajo su habitación.

Ya no parecía una estafa para conseguir comida gratis.

Alguien quería dejar un rastro.

Mi nombre.

Mi habitación.

El nombre de mi padre.

Todo conectado.

Entonces uno de los agentes regresó con una pequeña bolsa transparente.

—Encontramos esto en la habitación 1612.

Dentro había una fotografía.

La reconocí inmediatamente.

Yo tenía seis años.

Estaba sentada sobre los hombros de mi padre.

Detrás había una frase escrita a mano:

“Pregúntale a tu madre qué ocurrió realmente aquella noche.”

Sentí que las piernas me fallaban.

—¿Qué noche?

El agente sacó un segundo objeto.

Un sobre.

En el frente estaba escrito mi nombre completo.

Emily Harper.

La letra era de mi padre.

Abrí el sobre con manos temblorosas.

Dentro no había una carta.

Había un recibo bancario antiguo.

Una transferencia de 250.000 dólares realizada nueve años atrás.

Destinataria:

Margaret Harper.

Mi madre.

Y debajo había una referencia:

Acuerdo confidencial. Caso Natalie Reed.

Levanté lentamente la mirada hacia Vanessa.

—Dijiste que Natalie trabajó aquí hasta hace dos meses.

Vanessa asintió.

—¿Por qué la despidieron?

Esta vez tardó demasiado en responder.

—Porque la encontraron accediendo a archivos privados de huéspedes.

—¿Qué archivos?

Vanessa miró a los policías.

Después a mí.

—Los suyos.

El aire pareció desaparecer de la habitación.

Entonces mi teléfono sonó.

Mamá.

No había hablado con ella desde antes del viaje.

Contesté.

—¿Emily?

Su voz estaba aterrada.

—¿Dónde estás?

—En el hotel.

Silencio.

—Mamá, ¿quién es Natalie Reed?

La respiración al otro lado se detuvo.

Y esa reacción me dio la respuesta antes que sus palabras.

—Emily, sal de ese hotel.

—¿Por qué?

—Ahora.

—¿Qué ocurrió hace nueve años?

Mi madre empezó a llorar.

—Hay cosas que tu padre y yo hicimos para protegerte.

—¿De Natalie?

Otro silencio.

Entonces escuché algo detrás de mi madre.

Una puerta.

Pasos.

Mi madre dejó de llorar.

—Emily…

Su voz se convirtió en un susurro.

—Natalie acaba de entrar en mi casa.

La llamada se cortó.

Miré a los agentes.

—Es mi madre.

Uno de ellos ya estaba pidiendo una unidad para su dirección.

Yo seguía sujetando el teléfono cuando el guardia dijo:

—Señorita Harper…

Señaló otra pantalla.

La cámara del estacionamiento mostraba a Natalie.

Pero la grabación no era de la madrugada.

Era en directo.

Natalie estaba allí.

A pocos metros del hotel.

Mirando directamente hacia una cámara.

Después levantó una carpeta.

Sobre ella había escrito dos palabras:

PARA EMILY.

Y debajo, una fecha.

La misma fecha de hacía nueve años en que mi padre supuestamente nos había abandonado.

Solo que ahora comenzaba a comprender algo.

Quizá mi padre nunca había abandonado a nuestra familia.

Quizá alguien había pagado para que yo creyera que sí.

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