Emma asintió muy despacio.
—Sí, señor.
Su voz era tan pequeña que apenas competía con el ruido de la lluvia golpeando los ventanales de la mansión.
Lucas la observó durante unos segundos.
—¿Viniste caminando?
La niña negó con la cabeza.
—Tomé dos autobuses.
Harold, el jefe de seguridad, frunció el ceño.
—¿Sola?
Emma volvió a asentir.
—Mamá me enseñó cuál debía tomar.
Lucas sintió una presión extraña en el pecho.
En su mundo nadie enviaba a un niño solo a una mansión vigilada por hombres armados.
Pero aquella niña no estaba allí porque fuera valiente.
Estaba allí porque no tenía otra opción.
Lucas extendió lentamente la mano.
—¿Puedo ver el currículum?
Emma colocó con cuidado la hoja sobre su palma.
No era solo un currículum.
Había otra hoja doblada detrás.
Una carta.
Escrita a mano.
Lucas la abrió.
“Señor Blackwood:”
“Perdone que mi hija haya tenido el atrevimiento de venir hasta su casa. Me llamo Sarah Carter. Esta mañana desperté con fiebre muy alta y no pude asistir a la entrevista. Emma insistió en llevarle esta carta porque cree que todavía puedo conseguir el trabajo.”
Lucas siguió leyendo en silencio.
“No busco compasión. Solo una oportunidad para trabajar limpiando. Llevo cuatro meses buscando empleo y el alquiler vence esta semana. Si considera que enviar a mi hija fue una falta de respeto, toda la responsabilidad es mía.”
La última línea estaba escrita con tinta temblorosa.
“Solo le pido que no se enfade con ella. Ella únicamente intentó ayudar a su madre.”
Lucas dobló lentamente la carta.
Durante muchos años había leído amenazas.
Contratos.
Informes de inteligencia.
Órdenes de ejecución.
Nunca una carta como aquella.
Miró nuevamente a Emma.
La niña permanecía inmóvil.
Empapada.
Esperando un veredicto como si toda su vida dependiera de él.
Y probablemente era cierto.
Lucas respiró hondo.
—¿Has cenado?
Emma dudó unos segundos.
—Sí.
Su estómago gruñó con tanta fuerza que todos en la habitación lo escucharon.
La niña bajó inmediatamente la cabeza.
—Perdón…
Harold apartó la mirada.
Varios escoltas hicieron lo mismo.
Lucas sintió algo que no experimentaba desde hacía muchos años.
Vergüenza.
No por ella.
Por sí mismo.
Presionó el intercomunicador.
—Que preparen la cocina.
Harold lo miró sorprendido.
—¿Señor?
—Ahora.
Cinco minutos después, Emma estaba sentada en una enorme mesa de madera frente a un plato de sopa caliente.
Sujetaba la cuchara con las dos manos.
Comía despacio.
Como alguien acostumbrado a que la comida pudiera terminarse en cualquier momento.
Lucas permanecía de pie observándola desde la puerta.
No recordaba la última vez que había compartido una cena con alguien.
Su propia mesa llevaba años sirviendo únicamente para reuniones de negocios y mapas de operaciones.
Emma levantó la vista.
—¿Usted no come?
Lucas sonrió apenas.
—Más tarde.
La niña partió un pequeño trozo de pan.
Lo envolvió cuidadosamente en una servilleta.
Lucas frunció el ceño.
—¿Qué haces?
Ella respondió con absoluta naturalidad.
—Es para mamá.
La habitación quedó en silencio.
Lucas giró lentamente hacia Harold.
—¿Ya localizaron la dirección?
—Sí, señor.
—¿Y?
Harold respiró profundamente.
—Nuestros hombres encontraron el edificio.
Hizo una pausa.
—Pero hay algo extraño.
Lucas levantó la vista.
—¿Qué ocurre?
—Nadie ha visto salir a la señora Carter desde hace tres días.
Emma dejó la cuchara sobre el plato.
—Porque está muy enferma.
Harold continuó.
—El vecino del apartamento dijo que escuchó una discusión hace dos noches.
Lucas sintió que todos sus sentidos se activaban.
—¿Con quién?
—Con dos hombres que llegaron preguntando por alguien llamado Michael Carter.
Emma levantó la cabeza de inmediato.
—Ese era mi papá.
Lucas observó cuidadosamente a la niña.
—¿Dónde está ahora?
Ella bajó la mirada.
—Mamá dice que papá está viajando desde hace mucho tiempo.
Harold intercambió una mirada con otro escolta.
Lucas lo notó.
—Habla.
Harold sacó una fotografía del bolsillo.
La colocó sobre la mesa.
Era un hombre de unos treinta y cinco años.
Emma sonrió apenas al verlo.
—Es él.
Lucas tomó la fotografía.
La sangre pareció detenerse en sus venas.
Reconocía perfectamente aquel rostro.
No como un trabajador cualquiera.
Sino como alguien que había trabajado para su organización ocho años atrás.
Michael Carter.
Uno de sus mejores contadores.
Desaparecido después de denunciar que alguien desviaba millones de dólares de las empresas de Blackwood.
Todos habían dicho que huyó con el dinero.
Lucas nunca encontró pruebas suficientes para demostrar lo contrario.
Hasta ahora.
Harold habló en voz baja.

—Señor…
Lucas seguía mirando la fotografía.
—Michael Carter no robó ese dinero.
La habitación quedó inmóvil.
—Entonces…
Lucas levantó lentamente la vista.
—Alguien lo hizo desaparecer.
Emma observaba la conversación sin comprender.
Solo abrazaba el trozo de pan que había guardado para su madre.
Lucas volvió a arrodillarse frente a ella.
—Emma.
Ella levantó los ojos.
—Vamos a ir a buscar a tu mamá.
La niña sonrió con alivio.
Como si aquella fuera la respuesta que había esperado todo el día.
Pero Harold no compartía esa tranquilidad.
Se acercó a Lucas y habló tan bajo que Emma no pudiera escucharlo.
—Señor… hay otro problema.
—¿Cuál?
Harold entregó una hoja recién impresa.
Era el informe del vehículo que había seguido a Emma hasta la mansión.
Lucas leyó la matrícula.
Después cerró lentamente los ojos.
Porque pertenecía exactamente al mismo grupo de hombres que había colocado la bomba bajo su Bentley siete días antes.
Y por primera vez comprendió que aquella niña no había llegado a su puerta por casualidad.
Alguien más sabía perfectamente quién era Emma Carter.
Y también la estaba buscando.