Carmen lloró frente al espejo durante casi un minuto.
No intenté detenerla.
Cuando finalmente levantó la mirada, sonrió.
—Laura va a enfadarse conmigo.
—¿Por qué?
—Porque seguramente llorará y arruinará su maquillaje.
Las dos nos reímos.
Cuando intentó pagarme, cerré suavemente sus dedos alrededor del dinero.
—Hoy no.
—Ni hablar.
—Considérelo mi regalo para la novia.
Carmen me observó con esa seriedad que solo tienen algunas abuelas.
—Los regalos se agradecen. No se discuten.
Guardó el dinero, pero antes de marcharse tomó mi mano.
—Entonces gracias por devolverme un poquito de mí.
La vi alejarse por la acera.
Pensé que ahí terminaría nuestra historia.
Me equivoqué.
A las cuatro y doce de la tarde sonó mi teléfono.
Era un número desconocido.
—¿Es la peluquería?
—Sí.
Al otro lado escuché una respiración temblorosa.
—Soy Laura Ruiz. La nieta de Carmen.
Mi corazón se encogió.
—¿Está bien?
Hubo un silencio.
—Sí. Está aquí conmigo.
Después Laura comenzó a llorar.
—Solo quería darle las gracias.
Me contó que cuando Carmen entró en el ayuntamiento, todos se quedaron mirándola.
No porque pareciera más joven.
Sino porque caminaba erguida.
Orgullosa.
Con su vestido lila y aquella pequeña perla brillando junto al rostro.
Laura corrió hacia ella.
—Abuela…
Carmen levantó un dedo.
—Hoy no me mires con pena.
—No puedo evitarlo.
—Pues inténtalo. Hoy te casas.
Laura la abrazó.
—Pensé que no vendrías.
—Te prometí que estaría.
Durante la ceremonia, Carmen se sentó en primera fila.
Cuando llegó el momento de las fotografías, rechazó la silla que alguien quiso acercarle.
—Puedo estar de pie unos minutos.
Se colocó junto a Laura.
Y cuando el fotógrafo pidió que sonrieran, Carmen le susurró:
—Mírame como cuando tenías ocho años y acababas de robarme croquetas de la cocina.
Laura soltó una carcajada.
La cámara capturó ese instante.
No una despedida.
Una abuela y su nieta riéndose juntas.
—Hay algo más —dijo Laura por teléfono.
—¿Qué?
—Mi abuela quiere volver mañana.
Carmen regresó a las once.
Esta vez llevaba una caja pequeña.
—No vengo a peinarme.
La abrió.
Dentro había una horquilla antigua de perlas.
—Era la que llevaba en mi boda.
Miré la pieza y luego la horquilla que yo le había prestado el día anterior.
—Son casi iguales.
—Por eso quiero que recuperes la tuya.
La retiró cuidadosamente de su cabello y la dejó sobre mi palma.
Después puso la antigua junto a ella.
—Y esta quiero que la guardes también.
Negué inmediatamente.
—Carmen, no puedo aceptar esto.
—Sí puedes.
—Es un recuerdo de su marido.
—Precisamente.
Cerró mis dedos alrededor de la horquilla.
—Las cosas importantes no deberían quedarse encerradas en cajones esperando que alguien muera para decidir qué hacer con ellas.
Me quedé sin palabras.
Carmen sonrió.
—Algún día entrará aquí otra mujer que necesite recordar quién es.
Señaló mi mano.
—Úsala entonces.
Antes de marcharse, me pidió una última cosa.
—Cuando Laura venga, no le cuentes que tuve miedo.
—¿Por qué?
—Porque ella ya sabe que voy a morir.
Sus ojos se humedecieron, pero su voz permaneció firme.
—Lo que necesita recordar es que fui a su boda.
Tres semanas después, Laura entró en mi peluquería.
No necesitó decir nada.
Traía la fotografía de la boda entre las manos.
Carmen había muerto dos noches antes.
Me senté junto a ella.
En la imagen, Laura reía con la cabeza apoyada contra su abuela.
Carmen miraba a la cámara.
Vestido lila.
Ondas blancas.
Una perla sobre la oreja.
—Fue su fotografía favorita —dijo Laura—. La tenía junto a la cama.
Luego me entregó un sobre.
Dentro había una nota escrita con letra temblorosa:
“Gracias por no peinar a una enferma. Gracias por peinar a Carmen.”
Tuve que dejar el papel sobre la mesa porque ya no podía verlo entre las lágrimas.
Laura me abrazó.
—¿Sabe qué me dijo aquella noche?
Negué.
—Que durante meses todos habían entrado en su habitación preguntándole cuánto le dolía, si había tomado las medicinas o si necesitaba acostarse.
Laura sonrió entre lágrimas.
—Pero usted fue la primera persona en mucho tiempo que le preguntó cómo quería verse.
Miré las dos horquillas guardadas junto al espejo.
Desde entonces permanecen allí.
Una sencilla.
Otra antigua.

Y algunas veces, cuando entra una mujer que ha pasado demasiado tiempo cuidando a otros, sobreviviendo a algo difícil o sintiendo que ya no reconoce a la persona del espejo, saco una de aquellas perlas.
Entonces recuerdo a Carmen.
Ella había entrado en mi peluquería pidiéndome que su nieta no la viera morir.
Al final comprendí que nunca se trató de esconder la muerte.
Se trataba de hacer visible, una última vez, toda la vida que había antes de ella.