El segundo camino era mucho más difícil.
Dejar que siguiera adelante.
Que creyera que había ganado.
Miré la fotografía de Ernesto sobre el escritorio.
—¿Qué harías tú?
Por supuesto, no respondió.
Pero conocía la respuesta.
Siempre decía lo mismo cuando algún cliente intentaba aprovecharse de nosotros.
“La verdad pesa más cuando quien miente ya no puede retroceder.”
Tomé el teléfono.
No llamé a Diego.
Llamé a otra persona.
—Licenciado Ortega.
Mi abogado respondió al primer tono.
—Doña Teresa.
—Necesito que mañana venga al Club Mirador del Pacífico.
—¿Ocurrió algo?
—Mi hijo acaba de vender un inmueble que no podía vender.
Del otro lado hubo un silencio.
—Entiendo.
—Y quiero que todo quede documentado.
—¿Desea denunciarlo?
Miré nuevamente el mar.
—Todavía no.
Primero quiero darle la oportunidad de decir la verdad.
…
A la mañana siguiente amaneció despejado.
Puerto Vallarta parecía ignorar que una familia estaba a punto de romperse.
Llegué al club media hora antes de la ceremonia.
No llevaba vestido negro.
No iba de luto.
Vestía un traje color marfil.
El mismo que había usado cuando Ernesto y yo firmamos la compra de nuestra primera panadería.
Quería recordar quién era antes de convertirme en madre.
El abogado llegó pocos minutos después.
Traía un portafolio de cuero.
Dentro estaban las escrituras originales.
Los estatutos de Villaseñor Patrimonio.
Los registros notariales.
Y algo más.
Una copia certificada del supuesto contrato de compraventa que Diego había firmado.
Lo abrí.
Mi firma aparecía al final.
Perfecta.
Demasiado perfecta.
Sonreí.
—No es la mía.
El abogado asintió.
—El perito ya confirmó que fue reproducida digitalmente.
Guardé nuevamente los documentos.
No sentía rabia.
Solo una tristeza inmensa.
…
La ceremonia comenzó al atardecer.
Vanessa caminó hacia el altar rodeada de cámaras.
Cada paso parecía pensado para las redes sociales.
Diego sonreía orgulloso.
Cuando terminó el intercambio de votos, levantó la copa.
—Quiero agradecer especialmente a mi madre.
Todos voltearon hacia mí.
—Gracias por enseñarme a construir patrimonio.
Escuché varios aplausos.
Después continuó.
—Y gracias por regalarnos el departamento donde empezaremos nuestra nueva vida.
Vanessa sonrió emocionada.
Los invitados aplaudieron otra vez.
Esperaban que yo dijera unas palabras.
Me puse de pie lentamente.
Tomé el micrófono.
—Claro que tengo algo que decir.
El salón quedó completamente en silencio.
Miré primero a mi hijo.
Después a Vanessa.
Finalmente al notario que acababa de casar a la pareja.
—Diego.
¿Podrías enseñarme la escritura del departamento que acabas de agradecer?
Sonrió con confianza.
Sacó una carpeta elegante.
La levantó frente a todos.
—Aquí está.
Le hice un gesto al abogado.
Él caminó hasta el escenario.
Pidió el documento.
Lo revisó durante unos segundos.
Luego abrió su portafolio.
Sacó otra escritura.
Idéntica.
Solo que llevaba un sello rojo enorme.
ORIGINAL
El abogado habló con absoluta calma.
—El documento que el señor Diego Villaseñor acaba de mostrar no acredita propiedad alguna.
El salón quedó inmóvil.
Vanessa dejó de sonreír.
Diego frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
El abogado colocó ambas escrituras sobre la mesa.
—Que el departamento jamás fue suyo.
Jamás perteneció a la señora Teresa como persona física.
Y jamás pudo venderse mediante el poder que usted utilizó.
El murmullo comenzó inmediatamente.
Vanessa miró a Diego.
—¿Qué está diciendo?
Él intentó responder.
No pudo.
El abogado continuó.
—Legalmente, el inmueble pertenece a Villaseñor Patrimonio S. de R.L.
Su administradora vitalicia es la señora Teresa Villaseñor.
Nadie más tiene facultades para venderlo.
Ni siquiera su único heredero.
Vi cómo el rostro de mi hijo perdía lentamente el color.
Por primera vez entendió lo que había hecho.
—Mamá…
Lo interrumpí levantando una mano.
—Todavía falta.
Saqué otra carpeta.
Más delgada.
Dentro había los movimientos de la cuenta que él había vaciado.
—También retiraste cuarenta y ocho mil setecientos treinta pesos de mi cuenta personal.
Él tragó saliva.
—Pensé que…
—Pensaste que era toda mi fortuna.
Algunos invitados comenzaron a intercambiar miradas.
Vanessa parecía completamente desorientada.
—Diego…
¿No era verdad?
Él bajó la cabeza.
No contestó.
Entonces sonó un teléfono.
Era el celular del abogado.
Escuchó durante unos segundos.
Su expresión cambió.
Me miró inmediatamente.
—Doña Teresa…
Acaba de ocurrir algo.
—¿Qué pasó?
Colgó lentamente.
—Los compradores del departamento fueron detenidos hace diez minutos.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué?
El abogado respiró hondo.
—Porque no eran compradores.
Eran agentes encubiertos de la Unidad de Delitos Patrimoniales.

El salón entero quedó en silencio.
Diego levantó la cabeza de golpe.
—¿Qué?
El abogado abrió una última carpeta.
—Hace tres meses comenzaron a investigar una red dedicada a vender propiedades utilizando poderes notariales alterados.
Miró directamente a Diego.
—Y el hombre que convenció al señor Diego de usar ese supuesto procedimiento…
Ya fue detenido esta mañana.
Vanessa retrocedió un paso.
—¿Quién?
El abogado pronunció un nombre que nadie esperaba escuchar.
—El notario que preparó todos los documentos.
Era el padrino de bautizo de Diego.
Y llevaba más de quince años utilizando a hijos para despojar a sus propios padres sin que ellos supieran que estaban participando en un fraude.