PARTE 2: LA TÍA

Natalia sintió que los pequeños dedos de Camila le temblaban entre la mano.

No era rabia.

Era pánico.

Abajo, los tacones siguieron avanzando sobre el mármol.

Tac.

Tac.

Tac.

Una voz femenina llenó el recibidor.

—¿Dónde están mis niñas? Les traje regalos.

Ninguna respondió.

Las seis permanecieron inmóviles detrás de Natalia.

Como un solo cuerpo.

Como si hubieran aprendido que, cuando aquella mujer aparecía, lo único seguro era permanecer juntas.

Javier levantó la vista desde la entrada.

—¿Qué hacen ahí arriba?

Camila apenas pudo hablar.

—No queremos bajar.

Marcela sonrió.

Era una mujer elegante, de unos cuarenta años, perfectamente maquillada, con un vestido color marfil y un perfume demasiado intenso.

—Ay, Camila. ¿Todavía enojada conmigo?

La niña dio un paso hacia atrás.

Natalia lo notó.

Todas retrocedieron exactamente al mismo tiempo.

Era un movimiento aprendido.

Instintivo.

Como animales que reconocen un depredador.

Marcela levantó una bolsa llena de cajas envueltas.

—Traje chocolates.

Las gemelas comenzaron a llorar.

Muy bajito.

Sin hacer ruido.

Natalia recordó inmediatamente la nota escondida.

“Paula y Mía se ríen cuando quieren gritar.”

Ahora ni siquiera podían fingir una sonrisa.

Solo tenían miedo.

Javier suspiró con cansancio.

—Niñas, basta de groserías.

Su tía solo vino a ayudarnos.

Natalia giró lentamente hacia él.

—¿Siempre reaccionan así cuando ella viene?

Él dudó.

—Desde… desde que murió Lucía.

Marcela respondió antes que él pudiera continuar.

—Perdieron a su mamá. Es normal que estén sensibles.

Natalia observó los rostros de las niñas.

No veía tristeza.

Veía terror.

Esa tarde comenzó a limpiar el cuarto de juegos.

Había juguetes rotos por todas partes.

Pero algo llamó su atención.

Detrás de un librero encontró una pequeña casita de muñecas.

El techo estaba desprendido.

Dentro había seis muñecas infantiles.

Y una séptima.

Vestida completamente de negro.

Con la cabeza arrancada.

En la pared interior alguien había escrito con crayón rojo.

“NO LA DEJES ENTRAR.”

Natalia sintió un escalofrío.

En ese momento escuchó pasos.

Julia apareció en la puerta.

Tenía los ojos llenos de lágrimas.

—No le digas a papá.

—¿Qué cosa?

La niña señaló la casita.

—Eso.

—¿Quién lo escribió?

Julia bajó la cabeza.

—Mamá.

Natalia dejó de respirar.

—¿Tu mamá?

La pequeña asintió.

—Antes de enfermarse.

Aquella noche, mientras todos cenaban, Marcela ocupó el lugar que antes pertenecía a Lucía.

El mismo asiento.

La misma copa.

Incluso llevaba puesto uno de los antiguos pañuelos de seda de la difunta.

Natalia observó cómo las niñas apenas probaban la comida.

Javier parecía no notar nada.

Solo intentaba mantener una conversación normal.

Marcela sonrió dulcemente.

—He pensado que podría mudarme una temporada.

Ayudar con las niñas.

El tenedor de Camila cayó al plato.

Renata dejó de comer.

Isabela comenzó a rascarse desesperadamente las manos.

Julia volvió a mojar su pantalón.

Las gemelas se abrazaron debajo de la mesa.

Javier suspiró.

—No sé si sea buena idea.

Marcela tomó su brazo con suavidad.

—Lo hago por ustedes.

Natalia recordó otra frase de la lista.

“Si algún adulto insiste demasiado en quedarse… escucha primero a las niñas.”

Levantó lentamente la mirada.

Marcela la estaba observando.

Sonriendo.

Pero había algo extraño en aquella sonrisa.

No llegaba a los ojos.

Más tarde, mientras recogía la cocina, Natalia abrió uno de los cajones buscando bolsas para basura.

Encontró un manojo de llaves antiguas.

Todas tenían etiquetas.

Bodega.

Archivo.

Jardín.

Y una última.

Cuarto de Lucía.

Frunció el ceño.

Javier le había dicho que esa habitación permanecía cerrada desde el funeral.

Miró alrededor.

No había nadie.

Subió lentamente las escaleras.

La puerta seguía cerrada.

Introdujo la llave.

Giró con suavidad.

La habitación conservaba el perfume de alguien que había amado aquella casa.

Todo permanecía exactamente igual.

La cama.

Los libros.

La bata colgada detrás de la puerta.

Y sobre el escritorio…

Un cuaderno azul.

Abierto.

Como si alguien hubiera estado escribiendo pocos minutos antes.

Natalia se acercó.

La última página tenía fecha de apenas tres días antes de la muerte de Lucía.

Leyó la primera línea.

Y sintió que el corazón dejaba de latir por un instante.

“Si algún día yo falto, no crean que fue el cáncer quien se llevó mi voz. Hay alguien dentro de esta casa que lleva demasiado tiempo esperando quedarse con mis hijas.”

Las manos comenzaron a temblarle.

Pasó la página.

Había nombres.

Fechas.

Fotografías pegadas con cinta.

Y una carpeta marcada con una sola palabra.

Marcela.

Antes de poder abrirla, escuchó un clic detrás de ella.

La puerta acababa de cerrarse.

Muy despacio.

Natalia giró.

Marcela estaba de pie al otro lado de la habitación.

Seguía sonriendo.

Pero ahora sostenía la única llave que podía abrir esa puerta desde afuera.

—Lucía siempre fue demasiado curiosa —dijo con una calma inquietante—.

Y ahora tú acabas de cometer exactamente el mismo error.

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