PARTE 2: EL MANANTIAL

Nadie habló hasta que los caballos desaparecieron entre la oscuridad.

El viento volvió a llenar el patio.

Cale fue el primero en romper el silencio.

—Ya es tarde para arreglar nada.

El ranchero seguía mirando el camino.

—El banco no espera.

Ella dejó el trapo sobre la mesa.

—Entonces nosotros tampoco.

Los dos hombres la miraron.

—¿Qué piensa hacer? —preguntó Cale con evidente incredulidad.

Ella caminó hasta el viejo mapa del rancho que colgaba junto a la chimenea.

La tinta estaba desgastada.

Las esquinas amarillas.

Pero todavía podían distinguirse los límites de los potreros, el arroyo estacional y una pequeña marca hecha a mano.

Un círculo.

Con una palabra escrita encima.

Manantial.

—¿Quién dibujó esto?

El ranchero levantó la vista.

—Mi padre.

—¿Cuándo fue la última vez que alguien caminó hasta ahí?

Silencio.

Cale respondió al final.

—Quince años.

—¿Por qué dejaron de usarlo?

—Porque dejó de dar agua.

Ella negó lentamente.

—No.

Los dos fruncieron el ceño.

—Un manantial rara vez desaparece de un día para otro.

Se tapa.

Se desvía.

O alguien lo desvía.

El ranchero sintió un escalofrío.

Nunca había pensado en esa posibilidad.

Ella tomó una lámpara.

—Mañana al amanecer quiero verlo.

—No sirve de nada —gruñó Cale.

—Entonces perderemos unas horas.

Pero si sirve…

Miró por la ventana.

—Podemos salvar cientos de cabezas.

Todavía era de noche cuando salieron.

El aire cortaba la respiración.

Las botas se hundían en el barro endurecido.

Después de casi una hora llegaron a una hondonada cubierta de maleza.

El viejo cauce seguía allí.

Seco.

Ella se agachó.

Hundió la mano en la tierra.

Seguía húmeda.

Muy húmeda.

Demasiado para un arroyo muerto.

—Traigan las palas.

Cale soltó una carcajada.

—Vamos a cavar por un presentimiento.

Ella no respondió.

Solo empezó a retirar piedras.

El ranchero la imitó.

Con desgano al principio.

Después con más fuerza.

Media hora más tarde apareció la primera corriente.

Un hilo delgado.

Cristalino.

Cale dejó de cavar.

—No puede ser…

Ella siguió retirando tierra.

Entonces encontraron el problema.

Tres enormes troncos atravesaban el nacimiento del agua.

No habían caído solos.

Estaban colocados cuidadosamente.

Sujetos con alambre oxidado.

El ranchero quedó inmóvil.

—Alguien hizo esto.

Cale pasó la mano por uno de los amarres.

—Lleva años aquí.

Ella observó el corte limpio de la madera.

No era obra del tiempo.

Era trabajo humano.

Entre los tres comenzaron a retirar los troncos.

Cuando el último cayó cuesta abajo…

El suelo empezó a vibrar.

Primero fue un murmullo.

Luego un rugido.

Y finalmente el agua.

Fría.

Limpia.

Potente.

La corriente salió disparada por el viejo cauce con tanta fuerza que en pocos minutos comenzó a llenar los primeros bebederos abandonados.

El ranchero permanecía inmóvil.

Con lágrimas silenciosas deslizándose por su rostro.

No recordaba haber visto correr tanta agua desde que su padre vivía.

Cale dejó caer la pala.

—Dios mío…

Ella sonrió por primera vez desde que llegó al rancho.

—Ahora el ganado tiene una oportunidad.

Pero mientras regresaban a la casa…

Vieron humo.

Mucho humo.

El granero.

Los tres echaron a correr.

Las llamas comenzaban a subir por uno de los costados.

Los caballos relinchaban desesperados.

El ranchero tomó un balde.

Cale empezó a abrir las puertas.

Ella corrió hacia el depósito de herramientas.

Algo llamó su atención.

La cerradura estaba rota.

No por el fuego.

Por una barreta.

Entró.

Las herramientas seguían allí.

Excepto una.

Faltaba una lata de queroseno.

En el piso encontró unas huellas recientes.

Botas nuevas.

No eran de Cale.

No eran del ranchero.

Se agachó.

Recogió un pequeño pedazo de cuero desprendido de una espuela.

Tenía grabadas dos letras.

B. H.

Guardó el fragmento en el bolsillo.

Cuando lograron apagar el incendio ya había amanecido.

El granero seguía en pie.

Pero una parte del forraje se había perdido.

El ranchero respiraba con dificultad.

—No fue un accidente.

Ella negó.

—No.

Miró hacia las colinas del oeste.

Justo donde se encontraba el rancho más grande del territorio.

El mismo hombre que esperaba comprar aquellas tierras por una miseria.

En ese instante apareció un jinete.

Traía un sombrero negro.

Montaba un caballo alazán impecable.

Sonrió desde la distancia.

—Qué suerte tuvieron.

Escuché que el agua volvió a correr.

Y veo que el fuego tampoco terminó el trabajo.

El ranchero apretó los puños.

—¿Qué quiere, Barrett?

El hombre sonrió todavía más.

—Solo vine a ofrecerle una última oportunidad.

Compro todo hoy.

O dentro de diez días…

El banco me lo entregará igual.

Ella observó las botas del visitante.

Brillaban.

Nuevas.

Y en la espuela derecha faltaba exactamente el mismo pequeño trozo de cuero que ahora descansaba dentro de su bolsillo.

Todavía no dijo una sola palabra.

Porque acababa de comprender algo mucho más peligroso.

Barrett no esperaba la ruina del rancho.

Llevaba años fabricándola.

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