A las once con siete minutos de la noche, Mauricio Salazar seguía conectado por videollamada desde la sala de crisis de Grupo De la Vega Holdings.
En las pantallas aparecían bancos, contratos, servidores y un tablero donde decenas de indicadores cambiaban de verde a rojo uno tras otro.
—Primera orden ejecutada —informó—. Las tarjetas vinculadas al fideicomiso ya están bloqueadas.
Valeria observó el lago desde el ventanal.
No respondió.
—Segunda orden: cancelación de poderes bancarios temporales.
Otro silencio.
—Tercera orden: suspensión de acceso al sistema financiero para cualquier usuario autorizado por Sebastián Montemayor.
Valeria respiró profundamente.
—Continúa.
A cuarenta kilómetros de allí, el Aston Martin negro entró al estacionamiento subterráneo del edificio donde vivía Camila Herrera.
Sebastián bajó del automóvil con una botella de vino en una mano y una caja pequeña de terciopelo en la otra.
Sonreía.
Creía haber dejado atrás una esposa demasiado orgullosa para aceptar la realidad.
Creía que al día siguiente bastaría con un par de llamadas para que todo volviera a girar alrededor de él.
El elevador se abrió.
Camila apareció descalza, con una bata de seda color marfil.
Lo abrazó apenas cruzó la puerta.
—Sabía que ibas a venir.
Sebastián dejó el vino sobre la barra.
—Siempre voy a elegirte.
Ella sonrió.
—¿Y Valeria?
Él soltó una risa.
—Seguramente sigue llorando entre flores blancas.
Camila lo besó.
En ese mismo instante, el teléfono de Sebastián vibró.
Transacción rechazada.
Frunció el ceño.
Volvió a guardarlo.
Segundos después llegó otra notificación.
Tarjeta corporativa suspendida.
Luego otra.
Acceso denegado.
Camila levantó la vista.
—¿Pasa algo?
—Problemas del banco.
Intentó restarle importancia.
Abrió la aplicación bancaria.
La pantalla tardó unos segundos.
Después apareció un mensaje que jamás había visto.
“Usuario sin autorización.”
Sebastián parpadeó.
Volvió a intentar ingresar.
El mismo mensaje.
Marcó inmediatamente al director financiero de Montemayor Construcciones.
Nadie respondió.
Intentó con el gerente de operaciones.
Buzón.
Después llamó a Mauricio.
La llamada fue rechazada al primer tono.
Camila comenzó a inquietarse.
—¿Seguro que todo está bien?
Sebastián sonrió con esfuerzo.
—Sí.
Pero ya no estaba tan seguro.
Mientras tanto, en la suite presidencial, Valeria abrió una carpeta marcada con una sola palabra.
Montemayor.
Dentro había fotografías.
Contratos.
Copias de correos.
Reportes internos.
Y una memoria USB.
Mauricio habló desde la pantalla.
—Hay algo más que debes ver.
—¿Qué ocurre?
—Encontramos el registro de todas las reuniones privadas de Sebastián durante los últimos dieciocho meses.
Valeria permaneció inmóvil.
—¿Con Camila?
—No solamente.
Mauricio abrió un archivo.
En la pantalla aparecieron nombres.
Constructores.
Notarios.
Empresas proveedoras.
Despachos jurídicos.
Y uno resaltado en rojo.
Grupo Ferrer Capital.
Valeria sintió un pequeño escalofrío.
Ese nombre no debía estar allí.
Grupo Ferrer era el principal competidor de la familia De la Vega desde hacía más de veinte años.
—¿Qué hacía Sebastián reuniéndose con ellos?
Mauricio amplió otro documento.
—Eso todavía no lo sabemos.
Pero había algo aún peor.
Sobre la mesa apareció un contrato de confidencialidad firmado meses atrás.
No llevaba la firma de Valeria.
Llevaba una firma muy parecida.
Demasiado parecida.
Ella tomó la hoja.
Observó cada trazo.
Cada curva.
Cada inicial.
Luego cerró lentamente los ojos.
—No…
Mauricio comprendió inmediatamente.
—¿La falsificó?
Valeria abrió nuevamente el documento.
—No.
Negó con absoluta calma.
—La practicó.
Conocía demasiado bien su propia escritura.
Aquello no era una imitación improvisada.
Alguien había dedicado meses a aprender cada movimiento de su mano.
Mientras analizaban el contrato, el teléfono de Mauricio volvió a sonar.
Respondió.
Escuchó apenas unos segundos.
Después levantó la vista hacia Valeria.
—Acaba de ocurrir.
—¿Qué cosa?
—Sebastián intentó retirar cinco millones de una cuenta de inversión.

Ella permaneció inmóvil.
—¿Y?
Mauricio sonrió apenas.
—La cuenta ya no existe para él.
Valeria caminó lentamente hasta el escritorio.
Tomó la copa de champaña que seguía intacta desde la boda.
No brindó.
Solo observó las burbujas subir lentamente.
—¿Cómo reaccionó?
Mauricio revisó otro reporte.
—Golpeó el mostrador del banco privado.
Exigió hablar con el director.
Dijo que era el esposo de la presidenta.
Valeria dejó la copa nuevamente sobre la mesa.
—¿Y qué respondió el director?
Mauricio no pudo evitar sonreír.
—Que el matrimonio no otorga acceso a patrimonios protegidos.
En ese instante, el celular de Valeria vibró.
Era un mensaje de Sebastián.
“Tenemos que hablar. Hay un problema con los bancos.”
Ella ni siquiera abrió la conversación.
Cinco segundos después llegó otro.
“¿Qué hiciste?”
Después otro.
“Valeria, contesta.”
Mauricio la observó.
—¿Vas a responder?
Ella bloqueó el número.
—No esta noche.
A varios kilómetros de allí, Sebastián comenzaba a perder la calma.
Intentó usar otra tarjeta.
Rechazada.
Una tercera.
Rechazada.
Incluso la llave digital del Aston Martin dejó de funcionar.
El automóvil seguía allí.
Pero legalmente ya no le pertenecía.
Camila lo observaba cada vez más confundida.
—Sebastián…
Él golpeó la mesa con fuerza.
—¡Esto lo está haciendo ella!
Camila retrocedió un paso.
Era la primera vez que lo veía perder completamente el control.
El hombre elegante, seguro y calculador comenzaba a resquebrajarse.
Pero todavía ignoraba lo peor.
En la suite, Mauricio recibió un último archivo cifrado.
Su expresión cambió de inmediato.
—Valeria…
Ella levantó la vista.
—¿Ahora qué?
Mauricio abrió el documento lentamente.
Era un informe preparado por el departamento de auditoría interna.
En la primera página aparecía una sola frase.
“Posible filtración de información estratégica desde la presidencia ejecutiva.”
Debajo había un listado de reuniones confidenciales que solo cuatro personas conocían.
Valeria.
Mauricio.
El director jurídico.
Y Sebastián.
Cada una de esas reuniones había sido seguida, días después, por movimientos casi idénticos realizados por Grupo Ferrer Capital.
No era casualidad.
Alguien había vendido información.
Valeria tomó aire lentamente.
Durante meses creyó que Sebastián solo había usado su apellido para enriquecerse.
Pero aquel informe revelaba algo mucho más grave.
No estaba robando únicamente dinero.
Estaba entregando los secretos de toda la familia De la Vega.
Y justo cuando comprendía la magnitud de la traición, Mauricio recibió una llamada directa del jefe de seguridad corporativa.
Contestó.
Escuchó unos segundos.
Su rostro perdió todo color.
—Valeria…
Ella se puso de pie.
—¿Qué pasó?
Mauricio habló muy despacio.
—Acaban de revisar las cámaras de la bóveda privada donde tu abuelo guardaba los contratos históricos del grupo.
Hubo un silencio pesado.
—¿Y?
Mauricio tragó saliva.
—Las grabaciones muestran que Sebastián nunca entró solo.
Valeria sintió que el corazón se detenía.
—¿Quién estaba con él?
Mauricio giró lentamente la pantalla.
Congeló un fotograma.
Junto a Sebastián aparecía una mujer con el rostro parcialmente cubierto por un sombrero de ala ancha.
Pero había algo imposible de confundir.
El collar de esmeraldas heredado por cuatro generaciones de las mujeres De la Vega.
El collar que llevaba guardado en la caja fuerte familiar.
Y que solo una persona, además de ella, tenía autorización para tocar.
Su propia tía, Isabel de la Vega.