PARTE 2: EL PRECIO DE ABANDONARME

Cuando el autobús llegó a la siguiente parada, ya había dos vehículos negros esperándome.

Mi padre había tardado doce minutos.

Un hombre de seguridad subió, tomó mi bolso con cuidado y miró a Toby dormido contra mi pecho.

—Señora Robertson, su padre está esperando.

Por primera vez desde que salí del hospital, sentí que podía respirar.

No regresamos al apartamento.

Fuimos directamente a una propiedad de mi padre, donde una enfermera privada ya esperaba para revisar mi incisión y ayudarme con el bebé.

Mientras ella atendía a Toby, mi padre entró.

Finnley Robertson no levantó la voz.

Nunca lo hacía cuando estaba realmente furioso.

Se sentó frente a mí.

—¿Desde cuándo te trata así?

Bajé la mirada.

—Desde hace demasiado tiempo.

—¿Y la camioneta?

—La que me regalaste.

Su mandíbula se tensó.

—Entiendo.

Tomé su mano.

—Papá, no quiero que destruyas a Jasper.

—No necesito hacerlo.

Me miró fijamente.

—Solo voy a dejar de sostenerlo.

Aquella frase no la comprendí completamente hasta dos horas después.


Jasper estaba terminando el almuerzo cuando recibió la primera llamada.

Uno de sus principales inversores suspendía la siguiente ronda de financiación.

Después llamó otro.

Y otro.

No estaban retirándose porque mi padre hubiera ordenado arruinarlo.

Simplemente acababan de enterarse de que mi separación significaba que Robertson Global ya no tenía ninguna relación indirecta con su empresa.

La confianza que Jasper creía haber ganado solo con su brillantez empezó a evaporarse.

Entonces llegó el segundo golpe.

El restaurante informó que la tarjeta corporativa vinculada a una cuenta subsidiaria había sido rechazada.

Priscilla llamó indignada.

—¡Hailey! ¿Qué hiciste?

Yo estaba alimentando a Toby.

—Nada.

—Jasper está perdiendo inversores.

—Entonces debería hablar con sus inversores.

—¡Tu padre está detrás de esto!

—Mi padre dejó de ayudar.

Hice una pausa.

—Hay una diferencia.

Colgué.


A las cinco de la tarde, Jasper apareció en la propiedad.

Seguridad no le permitió entrar.

Salí únicamente porque quería terminar aquello mirándolo a los ojos.

Llegó conduciendo mi camioneta.

Cuando me vio, levantó las manos.

—Hailey, esto se salió de control.

—Las llaves.

—¿Qué?

Extendí la mano.

—Mi camioneta.

Su expresión se endureció.

—Somos marido y mujer.

—Por poco tiempo.

Jasper me miró incrédulo.

—¿Vas a divorciarte por un viaje en autobús?

—No.

Tomé las llaves cuando finalmente las dejó en mi palma.

—Me divorcio porque necesitaste verme cinco días después de una cirugía, cargando a nuestro hijo recién nacido, para demostrarme exactamente cuánto valíamos para ti.

—Estás exagerando.

—Eso dijiste esta mañana.

Detrás de mí apareció mi padre.

Jasper quedó inmóvil.

Había visto fotografías de Finnley Robertson cientos de veces en revistas financieras.

Pero nunca lo había conocido personalmente.

Miró a mi padre.

Después a mí.

Y finalmente entendió.

—Robertson…

Mi padre no le ofreció la mano.

—La camioneta fue comprada por mí para mi hija.

Jasper tragó saliva.

—Señor Robertson, creo que existe un malentendido.

—No.

Mi padre señaló el vehículo.

—El malentendido fue creer que el apoyo que recibías pertenecía a tu apellido y no al de ella.

Jasper palideció.

—Hailey nunca me dijo…

Lo interrumpí.

—Porque quería saber si podías quererme sin saber quién era mi padre.

—Y ya tengo mi respuesta.


Gillian llamó esa misma noche.

Esta vez no me llamó carga.

Me llamó “querida”.

—Hailey, las familias discuten. No deberías destruir el futuro de Toby por orgullo.

Miré a mi hijo dormido.

—Precisamente estoy pensando en su futuro.

—Jasper será un hombre muy rico.

—Quizá.

—Entonces recapacita.

—Gillian, esta mañana ocupaste mi asiento en una camioneta que era mía mientras yo regresaba del hospital en autobús.

Silencio.

—Podrías haberte ofrecido a cambiar de lugar conmigo.

—Yo no sabía que estabas tan delicada.

—Me viste caminar.

No respondió.

—Adiós, Gillian.

Bloqueé su número.


Una semana después, Jasper recibió los documentos del divorcio.

Intentó disculparse.

Envió flores.

Cartas.

Incluso devolvió públicamente parte de la culpa a su madre y a Priscilla.

Pero había algo que todavía no entendía.

Yo no necesitaba que se arrepintiera después de descubrir que era una Robertson.

Necesitaba que hubiera cuidado a Hailey cuando pensaba que no tenía nada que ofrecerle.

Meses después, salí de una revisión médica llevando a Toby en brazos.

Mi cicatriz finalmente había sanado.

En el estacionamiento esperaba la misma camioneta negra.

Esta vez las llaves estaban en mi mano.

Mi padre sonrió.

—¿Quieres que conduzca?

Negué.

—Puedo hacerlo.

Acomodé a mi hijo con cuidado y me senté al volante.

Jasper había pensado que entregarme un pasaje de autobús demostraría quién tenía el control.

En realidad, solo me había entregado una salida.

Y aquella fue la última cosa que recibí de él.

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