A la mañana siguiente llegué a Grupo Zhou a las nueve en punto.
No fui sola.
A mi lado caminaba mi abogado.
Detrás de nosotros, dos especialistas en auditoría corporativa cargaban carpetas con copias certificadas de los registros originales.
La recepcionista me reconoció inmediatamente.
—Señora Zhou…
Me detuve.
—Lin. Clara Lin.
Su rostro se puso rojo.
—Lo siento.
—No pasa nada. Yo también tardé demasiado en recordar quién era.
Cuando las puertas del ascensor se abrieron en el piso ejecutivo, Adrián ya estaba esperando.
Todavía llevaba el anillo de su boda con Olivia.
—Clara, tenemos que hablar en privado.
—No.
Levanté la carpeta.
—Durante diez años todo lo importante ocurrió en privado. Hoy quiero documentos.
Su expresión se endureció.
—Esas acciones ya no existen como las recuerdas. Hubo ampliaciones de capital, reestructuraciones…
Mi abogado lo interrumpió.
—Precisamente por eso estamos aquí.
Entramos en la sala de juntas.
Olivia estaba dentro.
Me sorprendió verla.
Llevaba a la pequeña Mía en brazos.
Cuando escuché a alguien pronunciar aquel nombre, sentí el golpe de siempre.
Pero esta vez no me derrumbé.
Olivia se levantó.
—Clara, por favor. No hagas esto hoy.
La miré.
—¿Hoy?
—Adrián y yo acabamos de casarnos.
Solté una pequeña risa.
—Yo acababa de perder a mi hija cuando tú publicaste que alguien había pasado toda la noche cuidándote por un corte en la mano.
Su rostro quedó completamente blanco.
Adrián intervino:
—Eso no tiene relación con la empresa.
—Tienes razón.
Abrí la carpeta.
—Hablemos de la empresa.
Mi abogado distribuyó los documentos.
Mi inversión inicial.
El registro de accionistas.
Las actas antiguas.
Y, finalmente, las supuestas cesiones mediante las cuales mi participación había desaparecido de los documentos internos.
—Tenemos un problema —dijo mi abogado—. Varias de estas operaciones requieren la autorización de la señora Lin.
Señaló una firma.
—Y ella sostiene que nunca firmó.
Adrián dejó de moverse.
Miré aquella rúbrica.
Parecía mía.
Pero no lo era.
—¿Falsificaste mi firma?
—Clara, escucha…
—¿La falsificaste?
Olivia abrazó más fuerte a la niña.
Entonces comprendí su miedo.
No estaban preocupados por mi comentario.
Estaban preocupados porque yo empezara a mirar hacia atrás.
Mi abogado continuó:
—Si las cesiones son inválidas, tendremos que reconstruir toda la cadena accionarial y revisar dividendos, votaciones y operaciones aprobadas utilizando una composición societaria incorrecta.
Uno de los directivos presentes cerró lentamente su computadora.
Otro miró a Adrián.
—¿Nos dijiste que Clara había vendido voluntariamente su participación?
Adrián golpeó la mesa.
—¡Esto se resolverá entre ella y yo!
—No —respondí—. Eso es precisamente lo que ya no ocurrirá.
Entonces Olivia comenzó a llorar.
—Clara, ya ganaste. Adrián te dio dinero en el divorcio. ¿Qué más quieres?
La miré durante varios segundos.
—¿Gané?
—Tienes a mi exmarido.
—Tienes mi antiguo puesto.
—Mi propia madre te llama hija.
Mi voz bajó.
—Hasta le diste a tu hija el nombre de la bebé que enterré.
Olivia apartó la mirada.
—El nombre fue idea de Adrián.
Eso dolió.
Pero Adrián cometió el error de responder:
—Olivia siempre quiso ese nombre.
Lo miré.
—Mentiroso.
El silencio fue inmediato.
—Lo elegiste tú.
—La noche que supimos que nuestra hija era una niña.
Adrián abrió la boca.
No salió ninguna palabra.
Entonces uno de los auditores colocó otra carpeta sobre la mesa.
—Señora Lin, encontramos algo más.
Dentro había registros financieros de siete años atrás.
Transferencias.
Bonificaciones.
Pagos extraordinarios.
Todos destinados a Olivia.
Y uno fechado apenas dos días después de que yo abandonara mi puesto.
Concepto:
“Compensación por incorporación estratégica.”
Tres millones de yuanes.
Exactamente la cantidad que yo había invertido originalmente para fundar la empresa.
Miré a Adrián.
—¿Le diste a ella la misma cantidad con la que yo te ayudé a comenzar?
No respondió.
Pero Olivia sí.
—Adrián me dijo que ese dinero era suyo.
Uno de los auditores negó lentamente.
—No salió de una cuenta personal del señor Zhou.
Giró la hoja hacia mí.
—Salió de una cuenta asociada a dividendos que correspondían a su participación, señora Lin.
Hasta Olivia miró a Adrián.
—¿Usaste dinero de Clara?
La habitación se volvió todavía más fría.
Por primera vez entendí la verdadera dimensión de lo ocurrido.
No solo me habían reemplazado.
Habían financiado mi reemplazo con lo que me pertenecía.
Mi abogado cerró la carpeta.
—Solicitaremos inmediatamente una auditoría completa y medidas para impedir cualquier modificación del accionariado hasta determinar la titularidad real.
Adrián se levantó.
—Clara, dime qué quieres.
Lo observé.
Aquel hombre había ignorado mis llamadas cuando perdí a nuestra hija.
Me había hecho creer que el fracaso de nuestro matrimonio era culpa mía.
Había protegido durante siete años a la mujer con la que me engañaba.
Y ahora, finalmente, quería escucharme.
—Quiero exactamente lo que me corresponde.
—Podemos pagarte.
—No estoy vendiendo.
Adrián palideció.
—¿Qué?
—Si ese treinta y cinco por ciento sigue siendo legalmente mío, seguiré siendo accionista.
Olivia se levantó de golpe.
—¡Solo quieres destruir nuestra vida!
Negué.
—No.
Tomé mi bolso.
—Ustedes construyeron su vida encima de la mía.
Caminé hacia la puerta.
Entonces mi teléfono vibró.
Era mi madre.
Había enviado más de veinte mensajes.
Solo abrí el último.
“Clara, no hagas nada contra Adrián. Olivia acaba de tener una hija. Piensa en Mía.”
Me quedé mirando aquellas palabras.
Después escribí:
“Yo también tuve una hija llamada Mía.”
Tres puntos aparecieron inmediatamente.
Mi madre estaba escribiendo.
La bloqueé antes de recibir la respuesta.
Cuando levanté la cabeza, Adrián estaba frente a mí.
—Clara…
—No vuelvas a utilizar mi nombre para pedirme que proteja a las personas que nunca me protegieron.
Las puertas del ascensor se cerraron entre nosotros.
Pero antes de desaparecer, vi algo que jamás había visto en diez años.

Miedo.
Porque Adrián finalmente había comprendido la diferencia entre la mujer que fui y la que acababa de regresar.
La antigua Clara había dedicado diez años a ayudarlo a construir Grupo Zhou.
La nueva acababa de descubrir que todavía poseía el treinta y cinco por ciento.
Y esta vez no pensaba entregárselo a nadie.