PARTE 2: CUANDO VOLVIERON POR MÍ

Gu Yanzhou no se marchó.

Su Hang tampoco.

Yo ya había vuelto a colocar las tijeras sobre el mostrador cuando escuché a mi hermano preguntar:

—¿No quieres saber para quién son las flores?

Levanté la vista.

—No.

Aquella respuesta pareció golpearlo más fuerte de lo que esperaba.

Gu Yanzhou apretó ligeramente el ramo entre los dedos.

—Son para la abuela Su.

Mi mano se detuvo.

Solo un instante.

Después seguí ordenando las cintas.

—Entiendo.

Su Hang dio otro paso.

—Está enferma.

Esta vez sí levanté la cabeza.

—¿Grave?

—El médico dice que quizá no le quede mucho tiempo.

El aire de la floristería pareció hacerse más pesado.

Seis años atrás, cuando toda la familia Su me expulsó de Beicheng, mi abuela había sido la única que intentó detenerlos.

La única.

Pero estaba hospitalizada.

Cuando regresó a casa, yo ya me había marchado.

Durante años había querido llamarla.

Nunca lo hice.

No porque no la quisiera.

Porque temía escuchar una sola pregunta:

“¿Por qué no volviste?”

Su Hang continuó:

—Ella sigue preguntando por ti.

Bajé la mirada.

—Entonces díganle que estoy bien.

—Quiere verte.

—No voy a volver a Beicheng.

—Su Yan…

—Ya compraron las flores.

Señalé la puerta.

—Que tengan buen viaje.


Esa noche no pude dormir.

A las dos de la madrugada bajé a la floristería.

Encendí únicamente la lámpara del mostrador.

La tienda quedó cubierta por una luz amarilla y tranquila.

Sobre una mesa había varias rosas blancas que no había utilizado.

Pensé en mi abuela.

En cómo escondía caramelos en los bolsillos para dármelos cuando mi padre decía que yo estaba demasiado consentida.

En cómo me peinaba cuando era pequeña.

En la única frase que me dijo antes de que todo se derrumbara:

—Yan Yan, aunque nadie te crea, la abuela sí te cree.

Entonces lloré.

No por Gu Yanzhou.

Ni por Su Hang.

Por ella.

A la mañana siguiente cerré la tienda durante tres días.

La señora Zhang me observó mientras colocaba el aviso.

—¿Vas a viajar?

—Sí.

—¿A ver a esos hombres?

Negué.

—A ver a alguien que todavía importa.


Volví a Beicheng seis años después con una maleta pequeña.

Nadie sabía que iba.

Ni Su Hang.

Ni Gu Yanzhou.

Tomé un taxi directamente al hospital.

Mi abuela parecía mucho más pequeña de lo que recordaba.

Cuando entré, estaba dormida.

Me senté junto a su cama.

No dije nada.

Solo tomé su mano.

Sus dedos se movieron.

Después abrió los ojos.

Tardó varios segundos en reconocerme.

Y entonces lloró.

—Yan Yan…

Yo tampoco pude contenerme.

Me incliné sobre ella.

—Abuela.

—Has vuelto.

—Sí.

Me tocó la cara con una mano temblorosa.

—Estás más delgada.

Sonreí entre lágrimas.

—Todos dicen eso últimamente.

Ella me observó durante mucho tiempo.

—¿Te trataron bien estos años?

No supe responder.

Al final dije:

—Aprendí a tratarme bien yo misma.

Mi abuela sonrió.

—Eso es suficiente.


Permanecí con ella toda la mañana.

Hasta que la puerta se abrió.

Su Hang entró primero.

Al verme, se quedó paralizado.

Detrás de él apareció Gu Yanzhou.

Ninguno habló.

Mi abuela frunció el ceño.

—¿Qué hacen ahí plantados? Entren.

Su Hang se acercó lentamente.

—Abuela…

—Tú cállate.

Él obedeció.

Después mi abuela miró a Gu Yanzhou.

—Tú también.

Por primera vez vi al poderoso Gu Yanzhou comportarse como un estudiante regañado.

Mi abuela apretó mi mano.

—Hace seis años todos ustedes dijeron que Yan Yan había robado información de la empresa Su.

Sentí que el pecho se me tensaba.

Ahí estaba.

La razón por la que me habían expulsado.

Un documento confidencial había aparecido en mi ordenador.

Después aquel archivo terminó en manos de una empresa rival.

Mi padre me llamó traidora.

Su Hang me dio una bofetada.

Y Gu Yanzhou rompió nuestro compromiso delante de todos.

Yo repetí una y otra vez que no había sido yo.

Nadie me creyó.

Mi abuela continuó:

—Hace tres meses encontraron al verdadero responsable.

Miré a Su Hang.

Su rostro estaba blanco.

—¿Qué?

Él bajó la cabeza.

—Fue Su Qing.

El nombre me atravesó.

Mi prima.

La hija que mi madrastra había criado como si fuera suya.

—Utilizó tu ordenador —continuó Su Hang—. Tenía acceso porque conocía tu contraseña.

Solté lentamente la mano de mi abuela.

—¿Desde cuándo lo saben?

Silencio.

—Su Hang.

—Tres meses.

Me reí.

—Tres meses.

Él apretó los puños.

—Estábamos buscándote.

—¿Para qué?

—Para traerte de vuelta.

—¿De vuelta dónde?

No pudo responder.

—¿A la casa de la que me echaste?

Su Hang cerró los ojos.

—Me equivoqué.

—Me diste una bofetada.

Su rostro se tensó.

—Lo sé.

—Papá me quitó mis tarjetas.

—Lo sé.

—Me hicieron salir esa misma noche sin dejarme llevar prácticamente nada.

—Lo sé.

—Y él…

Miré a Gu Yanzhou.

—Me dijo que no era digna de él.

Gu Yanzhou palideció.

—Su Yan…

—No.

Me levanté.

—Ahora hablo yo.

Durante seis años había imaginado aquel momento.

Creía que gritaría.

Que exigiría disculpas.

Que disfrutaría viéndolos humillados.

Pero no sentía nada de eso.

Solo cansancio.

—Cuando me fui de Beicheng tenía veintidós años. Tenía ochocientos yuanes, una maleta y ninguna persona a la que llamar.

Su Hang bajó la cabeza.

—Dormí dos noches en una estación porque no podía pagar un hotel.

Mi hermano cerró los ojos.

—Después conseguí trabajo en una tienda de flores.

Miré a Gu Yanzhou.

—Aprendí a distinguir rosas, tulipanes y peonías antes de aprender a dejar de esperar que alguno de ustedes viniera a buscarme.

La habitación quedó en silencio.

—Y ahora que finalmente construí una vida, aparecen con un Maybach y creen que pueden decir “fue un error” y llevarme de vuelta.

Negué.

—No funciona así.


Gu Yanzhou me alcanzó en el pasillo.

—Su Yan.

Seguí caminando.

—Espera.

Me detuve.

—¿Qué?

Sacó algo del bolsillo.

Una pequeña caja.

La reconocí inmediatamente.

Mi antiguo anillo de compromiso.

—Lo conservé.

Lo miré.

—Yo no.

Su mano se quedó suspendida.

—Nunca me casé.

—Eso tampoco tiene que ver conmigo.

—Porque no pude.

Lo miré con calma.

—Pudiste romper nuestro compromiso perfectamente.

Su rostro se endureció de dolor.

—Creí las pruebas.

—Creíste lo que querías creer.

—Me arrepiento cada día.

—Yo ya no.

Aquello lo sorprendió.

—¿No?

—No.

Sonreí ligeramente.

—Si todo aquello no hubiera ocurrido, quizá me habría casado contigo.

Miré el anillo.

—Y probablemente habría pasado el resto de mi vida intentando demostrarte que merecía estar a tu lado.

Di un paso atrás.

—Ahora sé que no necesito demostrarle eso a nadie.

No tomó mi mano.

Esta vez entendió.

Guardó lentamente la caja.


Mi abuela murió dos semanas después.

Me quedé hasta el funeral.

La familia Su intentó convencerme de volver a casa.

Mi padre incluso puso frente a mí los documentos de varias propiedades.

—Todo esto debería haber sido tuyo.

No los toqué.

—Entonces repártalo como quiera.

—Yan Yan, eres mi hija.

—También lo era hace seis años.

Se quedó sin palabras.

Su Hang lloró por primera vez delante de mí.

—Dime qué tengo que hacer para que me perdones.

Pensé mucho antes de responder.

—Aprende a vivir sabiendo que algunas cosas no pueden arreglarse.

Eso fue todo.


Regresé a Luxi.

La señora Zhang me recibió con un cuenco de gelatina fría.

—Pensé que los ricos te secuestrarían y no volveríamos a verte.

Me reí.

—La renta aquí es demasiado barata para abandonarla.

Abrí nuevamente “Sin Problemas”.

Volví a vender rosas.

A regar hortensias.

A envolver ramos de trescientos ochenta yuanes.

La vida siguió.

Solo que Gu Yanzhou empezó a aparecer de vez en cuando.

Nunca entraba sin comprar algo.

Una rosa.

Un cactus.

Un pequeño ramo de margaritas.

Siempre pagaba.

Nunca hablaba del pasado si yo no quería.

Un día preguntó:

—¿Puedo invitarte a cenar?

—No.

—Entiendo.

Y compró un bonsái.

La señora Zhang lo vio marcharse.

—Ese hombre lleva cara de sufrir por amor.

—Problema suyo.

—¿No vas a perdonarlo?

Miré las flores.

—Perdonar no significa volver.


Un año después abrí una segunda floristería.

Luego una tercera.

Mi pequeño negocio dejó de ser tan pequeño.

En la inauguración de la tercera tienda apareció Su Hang.

Traía un ramo.

Lo miré.

—Aquí vendemos flores. No hace falta traerlas.

Sonrió con cierta tristeza.

—Lo sé.

Dejó el ramo sobre el mostrador.

—Solo quería felicitarte.

Asentí.

—Gracias.

No lo llamé hermano.

Todavía no podía.

Pero tampoco le pedí que se fuera.

Quizá aquello era suficiente por ahora.

Antes de marcharse preguntó:

—¿Vas a volver alguna vez a Beicheng?

Miré alrededor.

Mi tienda.

Mis empleados.

Mi nombre sobre el letrero.

—Puedo visitar Beicheng.

Sonreí.

—Pero mi casa está aquí.

Él asintió.

Y por primera vez no intentó convencerme.


Aquel día, cuando Gu Yanzhou y Su Hang llegaron a mi floristería, creyeron que habían encontrado a la pobre Su Yan que habían expulsado seis años atrás.

Una mujer escondida en un pueblo.

Sin apellido.

Sin familia.

Sin futuro.

Se equivocaron.

La mujer a la que expulsaron ya no existía.

Aquella mujer había llorado en una estación de autobuses con ochocientos yuanes en el bolsillo.

Había tenido miedo.

Había esperado que alguien regresara por ella.

Pero nadie regresó.

Así que tuvo que levantarse sola.

Aprender sola.

Sobrevivir sola.

Y seis años después, cuando finalmente aparecieron quienes la habían abandonado, ya no necesitaba que vinieran a rescatarla.

Por eso pude sonreír.

Por eso pude envolver aquellas rosas con absoluta calma.

Y por eso, cuando el hombre que una vez me dijo que no era digna de él pagó trescientos ochenta yuanes por un ramo, no sentí victoria.

Solo paz.

Porque al final descubrí algo mucho más valioso que demostrarles que se habían equivocado:

Ya no necesitaba que ellos lo admitieran para saber cuánto valía.

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