—¿Qué ocurre? —preguntó Niko.
—Nada.
Su expresión se endureció.
—No me mientas.
Solté una risa nerviosa.
—Curioso. Hace unas horas parecías convencido de saber absolutamente todo sobre mí.
Niko guardó silencio.
—Las fiestas —continué—. Las fotografías. Los titulares. Los hombres que aparecían a mi lado.
—¿Qué pasa con ellos?
—Que nunca preguntaste si eran verdad.
Por primera vez, pareció incómodo.
Me quité los pendientes y los dejé sobre la cómoda.
—Nunca he estado con nadie, Niko.
Sus ojos se clavaron en mí.
—¿Qué?
—Lo has oído.
No hubo burla.
Ni aquella frialdad del altar.
Solo sorpresa.
—Entonces todos esos hombres…
—Compañeros. Amigos. Gente colocada estratégicamente para las fotografías de una hija de político.
Tragué saliva.
—Mi padre descubrió hace años que una hija aparentemente superficial atraía menos preguntas que una hija interesada en sus negocios.
Niko permaneció inmóvil.
Después tomó su saco.
—Duerme.
Parpadeé.
—¿Eso es todo?
—No voy a tocar a una mujer que está aterrada de mí.
Caminó hacia la puerta.
—Y nuestro matrimonio puede ser obligatorio. Lo demás no.
Aquella fue la primera cosa que Niko Santoro hizo que no esperaba.
La segunda ocurrió diez minutos después.
Alguien golpeó la puerta.
Niko abrió.
Uno de sus hombres le entregó una carpeta.
—Encontramos esto en el automóvil del senador Shaw.
Mi corazón se detuvo.
Niko abrió el expediente.
Su expresión cambió inmediatamente.
—¿Qué pasa?
No respondió.
Le arrebaté la primera hoja.
Eran movimientos bancarios.
Transferencias.
Empresas fantasma.
Pagos realizados desde cuentas vinculadas a la campaña de mi padre.
Pero el último documento era diferente.
Una fotografía mía saliendo de la universidad.
Tomada desde lejos.
Debajo aparecía una fecha.
Y una cantidad:
DOS MILLONES — ENTREGA DESPUÉS DE LA BODA.
Levanté la mirada.
—¿Entrega de qué?
Niko cerró la puerta.
—De ti.
Sentí frío.
Entonces finalmente me explicó la verdad.
Mi padre no había negociado aquel matrimonio para pagar una deuda con los Santoro.
Había acudido a ellos buscando protección.
Durante meses, otra organización había estado utilizando sus negocios políticos para mover dinero.
Cuando Arthur intentó retirarse, comenzaron las amenazas.
Primero contra él.
Después contra mí.
—Tu padre vino a verme hace tres semanas —dijo Niko—. Me pidió que te protegiera.
—¿Y tu solución fue casarte conmigo?
—Mi apellido convierte atacarte en una declaración de guerra.
—Podías haberme dicho la verdad.
—Tu padre insistió en que no supieras nada.
Me reí amargamente.
—Qué considerado.
Entonces recordé algo.
—¿Por eso conocían mis medidas?
Niko asintió.
—Llevábamos semanas vigilándote.
Aquello debería haberme tranquilizado.
No lo hizo.
—¿Y por qué aceptaste?
Niko tardó en responder.
—Porque hace doce años tu padre salvó la vida de mi hermano.
La historia que yo había creído comprender acababa de cambiar por completo.
Pero faltaba algo.
—Entonces, ¿por qué me trataste como si me despreciaras?
Niko apartó la mirada.
—Porque investigué a Elena Shaw.
—¿Y?
—Encontré ciento cuarenta fotografías de fiestas, siete incidentes publicados por la prensa y suficientes rumores para llenar una carpeta.
—Pero ninguna condena.
—No.
—Ningún arresto.
—No.
—Ninguna denuncia.
Niko comprendió.
—Juzgué antes de conocerte.
—Exactamente.
Por primera vez, el hombre más temido de aquella habitación hizo algo inesperado.
—Me equivoqué.
Tres palabras.
Sin excusas.
Sin justificarlo.
Entonces sonó su teléfono.
Niko contestó.
Su rostro se endureció.
—¿Cuándo?
Escuchó.
—Que nadie salga.
Colgó.
—¿Qué ocurre?
Me miró.
—Tu padre ha desaparecido.
Sentí que las piernas se debilitaban.
—¿Qué?
—Su conductor apareció inconsciente dentro del automóvil. Arthur no estaba.
Entonces mi teléfono vibró.
Un mensaje.
Número desconocido.
Había una fotografía.
Mi padre estaba sentado en una silla.
Debajo aparecía una sola frase:
“TU MATRIMONIO NO CANCELÓ LA DEUDA.”
Niko tomó el teléfono.
Leyó.
Y algo cambió en sus ojos.
—Quédate aquí.
—No.
—Elena.
—Es mi padre.
—Precisamente.
Caminé hacia él.
—Estoy estudiando Derecho, Niko. Durante años he visto documentos de mi padre que jamás debí ver. Conozco nombres, empresas y cuentas.
Su expresión cambió.
—¿Qué estás diciendo?
—Que quizá sé por qué lo quieren.
Fui hasta mi bolso y saqué una pequeña memoria USB.
La había llevado conmigo incluso a la boda.
Niko la observó.
—¿Qué contiene?
—La razón por la que mi padre quería que pareciera una niña rica que solo pensaba en fiestas.
Conectamos la memoria a su computadora.
Aparecieron cientos de archivos.
Contratos.
Transferencias.
Fotografías.
Grabaciones.
Niko dejó de respirar durante un instante.
—¿Tú recopilaste esto?
—Durante dos años.
—¿Tu padre lo sabe?
Negué.
—Nadie lo sabe.
Niko me miró de una forma completamente diferente.
La mujer que había llevado al altar no existía.
Nunca había existido.
Entonces abrí el último archivo.
Y ambos vimos el mismo nombre.
Uno que hizo que Niko se levantara inmediatamente.
—Imposible.
—¿Lo conoces?
Su mandíbula se tensó.
—Es mi tío.
Ahí entendimos la verdadera dimensión del matrimonio.
Mi padre no me había entregado simplemente a los Santoro para protegerme.
Me había colocado dentro de la única familia desde la que podía descubrirse quién estaba detrás de todo.
Y alguien dentro de aquella familia acababa de secuestrarlo.
Niko tomó su teléfono.
Antes de llamar, me miró.
—Esta noche cometí dos errores contigo.
—¿Cuáles?
—Creer los rumores.
Hizo una pausa.
—Y pensar que eras la persona que necesitaba ser protegida.
Miré los archivos de la pantalla.
—¿Y ahora?

Por primera vez, Niko Santoro sonrió.
No con desprecio.
Con respeto.
—Ahora creo que quien organizó esto debería empezar a preocuparse por los dos.