—¿Qué estás haciendo? —preguntó Lu Guifang, mirando el plato de papel como si fuera una ofensa.
Tan Zheng respondió con tranquilidad:
—Facilitando las cosas. Así, cuando terminemos, nadie tendrá que lavar tantos platos.
La expresión de Lu Guifang cambió.
—¿Qué quieres decir con “nadie”? Yudong siempre los lava. ¿Qué problema hay?
La mesa quedó en silencio.
Meng Yudong bajó la mirada. Durante dos años había preferido callar para mantener la paz, pero aquella frase le dolió más de lo esperado.
Tan Zheng respiró hondo.
—Precisamente ese es el problema, tía. Parece que todos dan por hecho que mi esposa debe cocinar para siete personas y después limpiar sola.
Sun Xiaorong dejó los palillos.
—Somos familia. ¿Ahora vas a contar hasta quién lava un plato?
—Si somos familia —respondió Tan Zheng—, entonces deberíamos ayudarnos como familia.
Lu Guifang soltó una risa incómoda.
—Ay, Xiaozheng, estás exagerando. Además, nosotros siempre traemos cosas.
Tan Zheng miró las costillas que ella había llevado.
—Sí. Algunas veces.
El tono fue tranquilo, pero todos entendieron lo que quería decir.
Tan Jianguo carraspeó.
—Ya está. Estamos comiendo. No conviertan una tontería en una pelea.
Parecía que el asunto terminaría allí.
Entonces Tan Bao, que seguía concentrado en buscar el último trozo de carne, levantó la cabeza.
—Pero abuela, tú dijiste que venimos aquí todos los sábados porque así mamá no tiene que cocinar y podemos ahorrar dinero.
Los palillos de Lu Guifang se detuvieron en el aire.
Nadie habló.
Tan Bao continuó inocentemente:
—También dijiste que la tía Yudong cocina, lava los platos y nunca se atreve a decir nada porque quiere quedar bien con ustedes.
—¡Tan Bao! —exclamó Sun Xiaorong.
El niño dio un pequeño sobresalto.
—¿Qué? Eso dijiste tú también, mamá…
Ahora el silencio era absoluto.
Meng Yudong levantó lentamente la cabeza.
Durante dos años había soportado comentarios, críticas y montañas de platos porque creía que estaba cuidando una relación familiar.
Resultaba que, a sus espaldas, su paciencia era considerada debilidad.
Lu Guifang se puso roja.
—¡Los niños dicen cualquier cosa! ¿Cómo pueden tomarlo en serio?
Tan Zheng soltó los palillos.
—Los niños pueden confundirse con muchas cosas, tía. Pero difícilmente inventan conversaciones enteras.
—¿Entonces qué quieres? —replicó ella—. ¿Echarnos de tu casa por unos cuantos platos?
—No.
Tan Zheng señaló los platos de papel.
—Quiero cambiar las reglas.
Todos lo miraron.
—A partir de hoy, quien venga a comer ayuda. Uno cocina, otro recoge la mesa, otro limpia. Y si alguien quiere venir únicamente a sentarse, criticar la comida y marcharse dejando todo sucio, entonces puede comer en su propia casa.
El rostro de Lu Guifang se endureció.
—¡Tan Zheng! ¡Soy tu tía!
—Precisamente por eso he tardado dos años en decirlo.
Aquella respuesta la dejó sin palabras.
Tan Zheng miró después a su esposa.
—Yudong no es la criada de esta familia.
Los ojos de Meng Yudong se humedecieron ligeramente.
Esta vez no le pidió que se callara.
Lu Guifang se levantó bruscamente.
—¡Perfecto! Si nuestra presencia molesta tanto, nos vamos.
Sun Xiaorong también se levantó.
Tan Lei guardó rápidamente el teléfono, mientras Tan Jianguo permaneció sentado unos segundos, claramente avergonzado.
Antes de marcharse, miró a Tan Zheng.
—Tu tía tiene mal carácter. Pero… en esto quizá ustedes tengan razón.
Lu Guifang lo fulminó con la mirada.
—¡¿De qué lado estás?!
Tan Jianguo suspiró.
—Del lado del sentido común.
Nadie volvió a hablar.
La familia salió apresuradamente.
Cuando la puerta se cerró, Tan Zheng regresó al comedor.
La mesa estaba desordenada.
Había restos de comida, servilletas arrugadas y platos de papel por todas partes.
Pero por primera vez en dos años, Meng Yudong no corrió hacia la cocina.
Simplemente se sentó.
Tan Zheng comenzó a recoger.
Ella lo observó y finalmente sonrió.
—¿Sabes qué es lo más gracioso?
—¿Qué?
Meng Yudong tomó su plato de papel, lo dobló y lo dejó dentro de la bolsa de basura.
—Que probablemente estos sean los mejores platos que has comprado desde que nos casamos.
Tan Zheng soltó una carcajada.
El sábado siguiente dieron las cinco.
Luego las cinco y media.
Después las seis.
Nadie llamó a la puerta.
Meng Yudong preparó únicamente dos platos sencillos para ellos.
Comieron tranquilamente y, cuando terminaron, Tan Zheng tardó menos de cinco minutos en recogerlo todo.

A las siete recibió un mensaje de su tío:
“Tu tía sigue enfadada. Déjala unos días. La próxima vez que vayamos, yo lavaré los platos.”
Tan Zheng mostró el teléfono a Meng Yudong.
Ella sonrió.
—Entonces la próxima vez podemos volver a usar los platos de porcelana.
Tan Zheng negó lentamente con la cabeza.
—Todavía no.
—¿Por qué?
Miró el paquete de platos de papel que quedaba sobre la encimera.
—Primero quiero comprobar si tu tío realmente cumple su palabra.
Meng Yudong comenzó a reír.
Aquella noche comprendieron algo que habían tardado demasiado tiempo en aprender:
poner límites no destruye a una familia.
Solo revela quién estaba disfrutando de que no existieran.