Sentí que el rostro me ardía.
El director carraspeó.
—Creo que voy a dejarlos solos.
—No —dije inmediatamente.
—Sí —respondió Adrián al mismo tiempo.
La puerta se cerró.
Me crucé de brazos.
—Eso que acabas de decir fue inapropiado.
Adrián arqueó una ceja.
—Durante catorce meses fingiste ser Isabella Vargas, casi te casas conmigo para infiltrarte en una organización criminal y ahora quieres hablarme de lo apropiado.
—Era mi trabajo.
—Precisamente.
Se acercó al escritorio y dejó una carpeta frente a mí.
Reconocí mi expediente.
CLARA HAYES.
Mi verdadera vida.
—Lo leí —dijo.
Tragué saliva.
—Entonces ya sabes que no soy hija de Vargas.
—Lo sé.
—Y que nunca quise utilizar lo que pasó con tu padre.
—También.
Esperé.
—¿Entonces por qué estás aquí?
Adrián guardó silencio.
Después preguntó:
—¿Desde cuándo me conocías?
Ahí estaba la pregunta que no quería contestar.
—Desde la academia.
—Yo me gradué antes de que tú entraras.
—Lo sé.
Sus ojos se estrecharon.
—¿Me seguías?
—No exageres. Te admiraba.
—¿Cuánto?
—Adrián…
—Clara.
Suspiré.
—Mucho.
Por primera vez perdió aquella expresión impenetrable.
—Entonces aquello tampoco era completamente falso.
No contesté.
Adrián se acercó otro paso.
—Yo pasé meses intentando odiarte.
Levanté la mirada.
—Creía que eras su hija. Cada vez que te miraba recordaba a mi padre.
Su voz se volvió más baja.
—Por eso al principio acercarme a ti formaba parte del trabajo.
Aquello dolió aunque ya lo supiera.
—Después dejaste de ser una misión.
Mi corazón dio un vuelco.
—No digas eso.
—¿Por qué?
—Porque ahora sabes quién soy. Es fácil reinterpretarlo todo.
Adrián negó lentamente.
—Tres noches antes de la operación final, Vargas sospechó de ti.
Me quedé inmóvil.
Yo nunca había sabido aquello.
—Ordenó que te vigilaran —continuó—. Podía haber protegido mi cobertura entregándote.
—Pero no lo hiciste.
—No.
—¿Por qué?
Me sostuvo la mirada.
—Porque para entonces ya había decidido que prefería perder la operación antes que perderte.
No supe qué responder.
Todo aquel tiempo yo había interpretado su distancia como rechazo.
Él había estado librando una guerra completamente distinta.
—¿Y los tres meses de terapia? —pregunté.
Su mandíbula se tensó.
—No fueron porque me diera asco haber estado contigo.
Bajé los ojos.
Había acertado exactamente con el pensamiento que nunca había confesado.
—Fueron porque pasé catorce meses enamorándome de alguien que creía que no debía amar. Después la vi desaparecer durante la operación y pensé que había muerto.
Lo miré.
—¿Pensaste que estaba muerta?
—Durante diecinueve horas.
Adrián respiró lentamente.
—Cuando finalmente me dijeron que Isabella Vargas nunca había existido y que tú eras Clara Hayes, no sentí alivio inmediatamente.
—¿Qué sentiste?
—Rabia.
Eso sí podía entenderlo.
—Toda nuestra relación estaba construida sobre secretos.
Asentí.
—Lo siento.
—Yo también te mentí.
—Era nuestro trabajo.
—Exactamente.
Entonces comprendí lo absurdo.
Los dos habíamos estado enamorados.
Los dos habíamos pensado que el otro fingía.
Y los dos habíamos utilizado nuestras identidades falsas para ocultar sentimientos verdaderos.
Adrián tomó la carpeta.
—Hay otra cosa.
—¿Qué?
—El hombre que tu madre quiere presentarte.
Casi me atraganté.
—¿Cómo sabes eso?
—El director habla demasiado.
—Eso no es asunto tuyo.
—Lo sé.
Se dirigió hacia la puerta.
Sentí una decepción ridícula.
Entonces se detuvo.
—Por eso vine antes de que se convierta en asunto de otro.
Lo miré.
—¿Qué quieres, Adrián?
Esta vez no hubo agente encubierto.
Ni capitán.
Ni hija de un capo.
Solo él.
—Una oportunidad para conocerte sin nombres falsos.
Sentí que algo dentro de mí finalmente se aflojaba.
—¿Una cita?
—Una.
—¿Y después?
—Después decides tú.
Sonreí.
—¿Sin micrófonos?
—Sin micrófonos.
—¿Sin expedientes?
—Sin expedientes.
—¿Sin fingir que estamos enamorados?
Adrián me miró durante varios segundos.
—Esa parte nunca necesité fingirla.
Seis meses después volvimos al lugar donde había comenzado nuestra falsa relación.
El restaurante había cambiado de dueño.
Nosotros también habíamos cambiado.
Ya no éramos Isabella Vargas y el hombre que pretendía seducirla.
Éramos Clara y Adrián.
Dos personas aprendiendo cosas absurdamente normales el uno del otro.
Descubrí que odiaba las aceitunas.
Él descubrió que yo cantaba fatal mientras conducía.
Discutíamos.
Nos reconciliábamos.
Y por primera vez ninguna conversación estaba diseñada para engañar a alguien.
Un año después, Adrián me llevó frente a la antigua academia.
—Aquí empezó todo para ti —dijo.
—Tú ni siquiera sabías que existía.
—Ese fue mi primer error.
Sacó una pequeña caja.
Lo miré horrorizada.
—Cole.
—Hayes.

—Como esto sea otra operación encubierta, te arresto personalmente.
Se rio.
Después se arrodilló.
Aquella vez no había criminales observándonos.
No había cámaras ocultas.
No había un capo esperando una alianza.
Y cuando me preguntó si quería casarme con él, descubrí finalmente cuál había sido la mentira más grande de toda nuestra misión.
Nunca fue Isabella Vargas.
Nunca fue nuestra relación falsa.
Fue aquella frase que pronuncié delante del director:
“Todo fue una actuación.”
Porque de todas las cosas que fingí durante aquellos catorce meses…
amar a Adrián Cole había sido la única que siempre fue verdad.