PARTE 2: La Verdad Que Nadie Esperaba

La habitación quedó en silencio.

Solo se escuchaba la respiración entrecortada de Mateo y el tic-tac del viejo reloj del pasillo.

Alicia sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—Explícame… ahora mismo —dijo con una voz que ya no sonaba como la de una madre, sino como la de una jueza.

Mateo tardó varios segundos en responder.

—Hace tres años… Mariana estaba embarazada.

Alicia abrió los ojos.

—¿Qué?

—Nunca se lo dije a nadie.

Ramiro también se quedó inmóvil.

—Ella tenía dos meses cuando desapareció.

Las palabras golpearon el cuarto como piedras.

Alicia recordó aquellos días. Mateo dejó de comer, renunció a proyectos importantes y pasó meses encerrado. Todos pensaban que solo sufría porque su novia lo había abandonado sin dar explicaciones.

Pero aquello era mucho peor.

—Íbamos a casarnos —continuó Mateo—. Ya teníamos un departamento apartado… incluso habíamos escogido el nombre del bebé.

Valeria, desde el cuarto de visitas, alcanzó a escuchar cada palabra. Su cuerpo seguía temblando, pero algo en su expresión comenzó a cambiar.

No era miedo.

Era desconcierto.

—Una semana antes de desaparecer —continuó Mateo—, Mariana empezó a trabajar en la empresa donde estaba Valeria.

Alicia frunció el ceño.

—¿Y eso qué tiene que ver?

Mateo apretó los puños.

—Todo.

Sacó lentamente su celular del bolsillo del pantalón.

La pantalla estaba rota.

Buscó una carpeta llena de capturas de pantalla.

Correos.

Mensajes.

Fotografías.

Los puso sobre la cama.

—Esto fue lo único que encontré después de meses investigando.

Ramiro tomó uno de los documentos.

Era una conversación entre dos empleadas.

Una de ellas tenía el nombre de Valeria.

Alicia leyó en voz baja.

—”Si Mariana habla, las dos nos quedamos sin trabajo.”

Más abajo aparecía otro mensaje.

—”Haz que renuncie antes de que Recursos Humanos descubra todo.”

Alicia sintió que las manos le temblaban.

Volteó hacia la puerta.

Valeria ya estaba ahí.

Había escuchado suficiente.

—Eso no prueba nada —dijo con la voz quebrada.

Mateo la miró fijamente.

—Todavía no termino.

Abrió otro archivo.

Era un reporte interno de la empresa.

Una auditoría.

Había desaparecido una fuerte cantidad de dinero de un proyecto.

El responsable oficial había sido…

Mariana.

—Ella jamás robó un peso —dijo Mateo—. La acusaron para cubrir a los verdaderos culpables.

Valeria respiró profundamente.

Negó con la cabeza.

—No…

—Sí.

—No fue así.

—Entonces explícalo.

Las lágrimas comenzaron a correr por el rostro de la joven.

—Yo… yo no sabía que la iban a culpar.

El silencio volvió a apoderarse de la casa.

Alicia sintió un vacío en el estómago.

—¿Qué acabas de decir?

Valeria cerró los ojos.

—Solo me pidieron firmar unos documentos.

—¿Quién?

Ella tardó varios segundos en contestar.

—Mi jefe.

Mateo dio un paso al frente.

—Y por esa firma… Mariana perdió el trabajo.

Otro paso.

—Perdió su reputación.

Otro más.

—Perdió a nuestro hijo.

Alicia sintió que el aire le faltaba.

—¿Qué… qué estás diciendo?

Mateo ya no podía contener el llanto.

—Cuando salió huyendo de la empresa… tuvo un accidente.

Ramiro dejó caer los papeles.

Valeria quedó completamente pálida.

—No…

—Perdió al bebé.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire.

Valeria comenzó a llorar desconsoladamente.

—¡Yo no sabía!

—¡Nunca quise eso!

Mateo apretó la mandíbula con tanta fuerza que parecía romperse los dientes.

—Durante tres años soñé con este momento.

Alicia sintió miedo al escuchar a su propio hijo.

Nunca lo había visto así.

—¿Por eso te casaste con ella?

Mateo bajó la mirada.

Las lágrimas seguían cayendo.

—Quería que sintiera el mismo terror que Mariana sintió cuando entendió que todos le habían dado la espalda.

Valeria cayó de rodillas.

—Yo fui una cobarde…

—Tenía veinticuatro años.

—Mi jefe dijo que, si hablaba, también me destruirían.

—Firmé…

—Y desde ese día vivo arrepentida.

Alicia permanecía inmóvil.

Durante dos años había querido a Valeria como a una hija.

Durante toda la vida había creído conocer a Mateo.

Ahora comprendía que ninguno de los dos era quien ella imaginaba.

Uno había cometido un grave error por miedo.

El otro había convertido su dolor en una obsesión.

Entonces sonó el timbre de la casa.

Tres golpes secos.

Todos voltearon al mismo tiempo.

Óscar fue a abrir.

A los pocos segundos regresó con el rostro completamente desencajado.

—Hay una mujer afuera…

Mateo levantó la cabeza.

—¿Quién?

Óscar tragó saliva.

—Dice que se llama… Mariana.

El celular de Mateo cayó al piso.

Y el corazón de Alicia estuvo a punto de detenerse.

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