La licenciada Montes tardó apenas un segundo en responder.
—¿Contra quién, señor?
Don Arturo observó cómo las puertas del quirófano se cerraban detrás de la camilla de Sofía.
Respiró hondo.
Y dijo con una calma que daba más miedo que cualquier grito:
—Contra Diego Villanueva.
Del otro lado de la línea no hubo preguntas.
Solo una respuesta inmediata.
—Entendido.
La llamada terminó.
Raúl, el jefe de escoltas, conocía demasiado bien esa expresión en el rostro de su patrón.
Era la misma con la que había negociado adquisiciones millonarias, enfrentado intentos de extorsión y salvado empresas enteras de la quiebra.
Pero aquella noche era diferente.
Esta vez no defendía un negocio.
Defendía a su hija.
—¿Qué necesita, patrón?
Arturo no apartó la vista del quirófano.
—Que antes del amanecer ese hombre descubra lo que significa quedarse sin piso.
Raúl asintió.
Mientras tanto, a más de ochocientos kilómetros de distancia, el ambiente en el yate era completamente distinto.
La música seguía sonando.
Las copas chocaban.
Las luces reflejaban destellos sobre el mar de Nuevo Vallarta.
Diego levantó una botella de champaña francesa y sonrió para una fotografía junto a una mujer de vestido blanco que no dejaba de abrazarlo.
—Por nosotros —brindó ella.
Diego bebió un largo trago.
Por un instante creyó que todo estaba saliendo exactamente como lo había planeado.
Si Sofía no sobrevivía, él heredaría una parte importante del patrimonio familiar.
Eso era lo que repetía una y otra vez en su cabeza.
Lo que ignoraba era que don Arturo jamás había construido un imperio confiando únicamente en la buena fe.
A las doce con dieciocho minutos de la madrugada sonó el primer teléfono.
Era el director financiero de la constructora de Diego.
—Licenciado, tenemos un problema.
—Estoy ocupado.
—Acaban de cancelar la línea de crédito principal.
Diego frunció el ceño.
—¿Cómo que la cancelaron?
—El banco dice que cambió la evaluación de riesgo y suspendió todos los desembolsos.
—Arréglalo mañana.
Colgó sin darle importancia.
Cinco minutos después volvió a sonar.
Esta vez era su contador.
—Diego, necesito hablar contigo.
—¿Qué pasa ahora?
—Los inversionistas acaban de retirarse del proyecto de Monterrey.
Diego se incorporó.
—Eso es imposible.
—Recibieron información de que el grupo Garza rompió toda relación comercial contigo.
La sonrisa desapareció de su rostro.
Miró el mar por primera vez con verdadera inquietud.
La mujer que lo acompañaba notó el cambio.
—¿Todo bien?
—Sí.
Mintió.
Pero ya no sonaba convincente.
El tercer golpe llegó apenas diez minutos después.
Su asistente hablaba casi sin aliento.
—Señor… Recursos Humanos acaba de avisar que varios directores están presentando su renuncia.
—¿Todos al mismo tiempo?
—Dicen que no quieren verse involucrados.
—¿Involucrados en qué?
Hubo un silencio incómodo.
—Nadie lo explica.
Diego apretó el teléfono con fuerza.
Empezaba a comprender.
Aquello no era una casualidad.
Era una operación perfectamente coordinada.
En el hospital, el neurocirujano salió finalmente del quirófano.
Arturo se puso de pie antes de escuchar una sola palabra.
—¿Mi hija?
El médico dejó escapar un largo suspiro.
—La cirugía fue extremadamente delicada.
Arturo sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
—Pero logramos estabilizarla.
Por primera vez en toda la noche, el empresario cerró los ojos.
No lloró.
Nunca lo hacía delante de otros.
Solo inclinó la cabeza unos segundos.
—Gracias, doctor.
—Las próximas cuarenta y ocho horas serán decisivas.
Arturo asintió.
Luego volvió a sacar el celular.
La licenciada Montes contestó al primer tono.
—Informe.
—El Protocolo está en marcha.
—Detalles.
—Se congeló toda negociación entre las empresas Garza y las sociedades vinculadas al señor Villanueva. También notificamos a nuestros bancos, aseguradoras y principales proveedores.
Arturo permaneció en silencio.
Ella continuó.
—Además…
—¿Sí?
—Encontramos algo interesante.
Arturo levantó lentamente la vista.
—Hable.
—La póliza de seguro de vida de la señora Sofía fue modificada hace apenas tres semanas.
El pasillo quedó en silencio.
—¿Quién hizo el cambio?
—El beneficiario principal ahora es Diego Villanueva.
Arturo cerró la mano alrededor del teléfono.
—¿Monto?
—Doscientos millones de pesos.
Raúl dio un paso hacia él.
Había escuchado suficiente para comprender.
La licenciada añadió una última frase.
—Y hay algo todavía más delicado.
—¿Qué encontró?
—La modificación fue solicitada el mismo día en que su hija acudió al hospital por una supuesta caída doméstica.
Arturo abrió lentamente los ojos.
Todo empezaba a encajar.
No era un accidente aislado.
Era una secuencia.
Demasiadas coincidencias.
Demasiado dinero.
Demasiado interés en retrasar la cirugía.
Mientras tanto, en el yate, Diego ya no podía disfrutar la fiesta.
Su teléfono vibraba sin descanso.
Un socio.
Otro banco.
Dos clientes.
Su abogado.
La pantalla parecía incendiarse de tantas llamadas perdidas.
Finalmente decidió devolver una.

—¿Qué demonios está pasando?
Su abogado respondió con una voz que nunca antes le había escuchado.
—Diego… ¿Dónde estás?
—Eso no importa.
—Importa mucho.
—Habla.
—Necesitas regresar inmediatamente.
Diego sintió un escalofrío.
—¿Por qué?
Hubo unos segundos de silencio.
—Porque Arturo Garza acaba de mover todas sus piezas.
Diego tragó saliva.
—¿Qué significa eso?
—Significa que nadie quiere hacer negocios contigo.
Miró alrededor.
Las risas seguían.
La música continuaba.
Pero él ya no escuchaba nada.
Solo el sonido acelerado de su propia respiración.
—¿Y Sofía?
El abogado hizo una pausa.
—Sobrevivió a la cirugía.
Diego cerró los ojos.
No por alegría.
Sino porque entendió que el único obstáculo entre él y la fortuna seguía con vida.
Y que el hombre más poderoso al que había intentado engañar acababa de descubrirlo todo.
En el hospital, Arturo volvió a mirar las luces rojas del quirófano.
Después levantó la vista hacia Raúl.
—Mañana al amanecer quiero ese yate de regreso en puerto.
—Sí, patrón.
—Y cuando Diego pise tierra…
Raúl esperó la orden.
Arturo habló con una serenidad escalofriante.
—Que descubra que perder dinero era apenas el principio.
Porque lo verdaderamente costoso…
Sería responder por todo lo que intentó hacerle a mi hija.