Jiang Tầm se detuvo frente a nosotros.
Durante unos segundos, no miró mi rostro.
Solo miró a Dou Dou.
El bolígrafo que sostenía cayó al suelo.
—Doctor Jiang… —la enfermera lo llamó, sorprendida.
Él reaccionó de inmediato.
Volvió a convertirse en aquel médico sereno que yo recordaba.
—Llévenlo al consultorio.
Entré detrás de él con Dou Dou en brazos.
Jiang Tầm examinó al niño con cuidado, hizo varias preguntas y pidió las pruebas necesarias. Su voz permaneció profesional, pero cada vez que Dou Dou fruncía el ceño, sus dedos se tensaban.
—¿Desde cuándo tiene fiebre?
—Esta tarde estaba un poco caliente. Empeoró por la noche.
—¿Ha comido bien?
—Sí.
—¿Alguna alergia?
—Ninguna.
Entonces levantó la mirada.
—¿Cinco años?
Sabía perfectamente qué estaba preguntando en realidad.
Lo miré sin apartar los ojos.
—Cinco años.
El silencio entre nosotros se volvió insoportable.
Jiang Tầm hizo un cálculo mental.
Nos habíamos divorciado hacía cinco años.
—Fang Nian…
—Ahora eres su médico —lo interrumpí—. Primero atiende a mi hijo.
Su expresión cambió.
Mi hijo.
No dije nuestro hijo.
Una hora después, la fiebre comenzó a bajar.
Dou Dou abrió lentamente los ojos y encontró a Jiang Tầm sentado junto a la cama.
—Mamá…
Corrí hacia él.
—Estoy aquí.
El pequeño señaló a Jiang Tầm.
—¿Quién es ese tío?
Antes de que pudiera responder, Jiang Tầm dijo:
—Soy tu médico.
Dou Dou lo observó detenidamente.
—Eres muy guapo.
La enfermera soltó una risa.
Yo cerré los ojos.
Jiang Tầm, en cambio, sonrió.
Y aquello me desconcertó más que cualquier otra cosa.
Durante nuestro matrimonio, conseguir una sonrisa suya había sido casi imposible.
Pero Dou Dou lo había logrado en diez segundos.
Pensé que todo terminaría aquella noche.
Me equivoqué.
Tres días después, Jiang Tầm apareció en mi edificio.
—Dou Dou necesita una revisión.
—Existe algo llamado cita médica.
—Estaba cerca.
Miré el hospital situado a cuarenta minutos de allí.
—Qué casualidad.
No respondió.
La semana siguiente volvió.
Traía frutas.
Después apareció con un menú infantil cuidadosamente escrito.
Luego con vitaminas que el pediatra había recomendado.
Siempre tenía una excusa.
Y Dou Dou empezó a esperarlo.
—¡Tío Jiang!
Corría hacia él cada vez que lo veía.
Jiang Tầm, aquel hombre incapaz de recordar nuestro aniversario, aprendió en pocas semanas qué dibujos animados veía Dou Dou, qué verduras odiaba y cuál era su juguete favorito.
Una tarde encontré a uno de los médicos más respetados del hospital sentado en el suelo de mi sala reparando el brazo roto de Ultraman.
—¿Puedes arreglarlo? —preguntó Dou Dou.
—Puedo intentarlo.
—Pero eres médico.
—Los médicos también sabemos aprender.
Dou Dou pensó unos segundos.
—Entonces eres bastante útil.
Casi me atraganté con el té.
Jiang Tầm levantó la cabeza.
Estaba sonriendo.
Fue entonces cuando comprendí que algo peligroso estaba sucediendo.
No conmigo.
Con Dou Dou.
Mi hijo empezaba a quererlo.
Esa noche, después de acostarlo, enfrenté a Jiang Tầm en la puerta.
—Deja de venir.
Su sonrisa desapareció.
—¿Por qué?
—Porque sé lo que estás haciendo.
—Entonces también sabes que tengo derecho a conocer la verdad.
Sentí que algo dentro de mí se endurecía.
—¿Derecho?
—Fang Nian, las fechas coinciden.
—Las fechas no demuestran nada.
—Entonces mírame y dime que Dou Dou no es mi hijo.
Lo miré.
Quise hacerlo.
Pero durante cinco años había guardado aquella verdad demasiado profundamente.
—¿Y si lo fuera?
Jiang Tầm quedó inmóvil.
—¿Por qué no me lo dijiste?
Solté una risa amarga.
—¿De verdad quieres preguntar eso?
El silencio respondió por él.
Cinco años atrás, nuestro matrimonio había sido una casa fría.
Jiang Tầm vivía para el hospital.
Yo podía pasar días sin recibir una llamada.
Cuando le dije que quería divorciarme, solo respondió:
—Si eso quieres, firmaré.
Ni siquiera preguntó por qué.
Dos semanas después descubrí que estaba embarazada.
Y decidí que no volvería a pedirle a un hombre indiferente que eligiera quedarse.
—Pensé que no querías una familia —dije.
Su rostro se volvió pálido.
—Yo pensaba que tú ya no me querías a mí.
Aquella respuesta me dejó sin palabras.
Jiang Tầm respiró profundamente.
—Fui un esposo terrible. Creía que trabajar y darte estabilidad era suficiente. Cuando pediste el divorcio, pensé que retenerte sería egoísta.
Me miró directamente.
—Pero si hubiera sabido que estabas embarazada, jamás habría desaparecido de la vida de mi hijo.
—Eso ya no puede cambiarse.
—Lo sé.
Su respuesta fue sorprendentemente tranquila.
—Por eso no voy a pedirte que vuelvas conmigo.
Fruncí el ceño.
—¿Entonces qué quieres?
Miró hacia la habitación donde dormía Dou Dou.
—La oportunidad de ser su padre.
No ocurrió inmediatamente.
Puse límites.
Muchos.
Jiang Tầm los aceptó todos.
No intentó comprar el cariño de Dou Dou.
No intentó utilizarlo para acercarse a mí.
Simplemente estuvo allí.
Cuando Dou Dou enfermaba, aparecía.
Cuando tenía una actividad escolar, pedía permiso para asistir.
Cuando el niño quería pollo frito, aquel médico obsesionado con la alimentación saludable terminaba haciendo cola en KFC con una expresión de absoluta derrota.
Hasta que una tarde escuché voces desde la cocina.
—Tío Jiang.
—¿Sí?
—¿Puedo preguntarte algo secreto?
—Claro.
Dou Dou bajó la voz.
—¿Tú eres mi papá?
Todo quedó en silencio.
Me detuve detrás de la puerta.
Jiang Tầm tardó varios segundos en contestar.
—¿Por qué piensas eso?
—Porque tengo una foto vieja de mamá.
Sentí que mi corazón se detenía.
—Sales tú.
Dou Dou continuó:
—Y mamá te estaba mirando como las princesas miran al príncipe antes de besarlo.
Jiang Tầm tosió.
—No creo que tu madre esté de acuerdo con esa descripción.
—Entonces… ¿eres mi papá?
Jiang Tầm no mintió.
—Sí.
Dou Dou guardó silencio.
Después preguntó:
—¿Y por qué tardaste tanto en venir?
Aquella pregunta atravesó la habitación.
Jiang Tầm bajó la cabeza.
—Porque cometí muchos errores.
—¿Vas a irte otra vez?
—No.
Su respuesta fue inmediata.
—Mientras tú quieras que esté, no volveré a desaparecer.
Dou Dou extendió su pequeña mano.
—Promesa.
Jiang Tầm entrelazó el meñique con el suyo.
—Promesa.
Entonces Dou Dou sonrió.
—Está bien, papá.
Jiang Tầm se quedó completamente inmóvil.
Vi cómo aquel hombre que podía enfrentarse a una sala de urgencias sin pestañear tuvo que apartar el rostro.
Yo regresé silenciosamente a mi habitación.
Y cerré la puerta.
Porque aquella vez fui yo quien necesitó esconder las lágrimas.
Un año después, Jiang Tầm seguía entrando y saliendo de nuestra casa.
Pero ya no necesitaba inventar revisiones médicas.
Era el padre de Dou Dou.
Respecto a nosotros…
Eso fue diferente.
No regresamos al pasado.
Construimos algo nuevo.
Despacio.
Sin promesas grandiosas.
Sin fingir que cinco años podían borrarse.
Una noche, mientras Dou Dou dormía, Jiang Tầm estaba cambiando una bombilla en la cocina.
Lo miré desde la puerta.
—Doctor Jiang.
—¿Sí?
—Mañana estoy libre.
Bajó lentamente de la escalera.
—¿Y?
—Podríamos cenar.
Me miró como si acabara de escuchar el diagnóstico más inesperado de su carrera.
—¿Los tres?
Negué con la cabeza.

—Los dos.
Por primera vez vi al imperturbable Jiang Tầm completamente perdido.
—¿Eso es una cita?
Sonreí.
—No te emociones. Es una cena.
Desde el dormitorio apareció una cabecita despeinada.
—¡Papá, mamá te está invitando a una cita!
—¡Fang Dou Dou!
El pequeño desapareció corriendo entre carcajadas.
Jiang Tầm me miró.
Y esta vez también se rio.
Entonces comprendí algo.
Hay personas que llegan demasiado tarde.
Y hay personas que, después de equivocarse, aprenden finalmente a llegar cuando importa.
No sabía si algún día volvería a llamarlo esposo.
No necesitaba saberlo todavía.
Porque mientras Jiang Tầm corría detrás de Dou Dou por el pasillo y mi hijo gritaba entre risas:
—¡Papá, sálvame!
vi al hombre frío que había conocido tantos años atrás desaparecer para siempre.
Dou Dou tenía razón desde el principio.
Su Ultraman roto necesitaba un superhéroe.
Solo que al final…
el que necesitaba aprender a ser uno era su propio padre.