La mujer de blanco sonrió en cuanto Adrian se acercó.
—Sabía que vendrías.
Él no respondió.
Yo seguía dentro del auto.
Por primera vez no sentí celos.
Sentí cansancio.
Tres años esperando que aquel hombre me eligiera habían sido suficientes.
Abrí la puerta.
—Elena.
Adrian se volvió inmediatamente.
La mujer también me miró.
Era hermosa. Elegante. Segura.
—Así que tú eres Elena —dijo—. Soy Victoria Hale.
No necesitaba presentación.
—La llamada era tuya.
Victoria sonrió.
—Supongo que Adrian todavía no te ha explicado nuestra historia.
—No hace falta.
Miré a Adrian.
—Ya estamos divorciados.
Aquellas palabras parecieron irritarlo más que cualquier reproche.
—Deja de repetirlo.
—¿Por qué? Es la verdad.
Victoria entrelazó su brazo con el de Adrian.
Él lo retiró inmediatamente.
Ella se quedó rígida.
—Adrian…
—¿Por qué estás aquí?
—Porque volví por ti.
Victoria abrió su bolso y sacó una pequeña caja.
Dentro había un viejo anillo.
—Me dijiste que si algún día regresaba…
—Eso fue hace cinco años.
Su voz fue cortante.
Victoria palideció.
Entonces entendí algo.
Adrian había pedido el divorcio después de su regreso.
Pero eso no significaba necesariamente que hubiera planeado volver con ella.
Aun así, ya no importaba.
Subí al auto que acababa de llegar.
Adrian caminó hacia mí.
—¿Adónde vas?
—Al hospital.
—Voy contigo.
—No.
Sus ojos bajaron hacia mi vientre.
—Acabas de decir que no conservarás al bebé.
—Es una decisión médica que debo discutir con mi doctora.
Adrian sujetó la puerta antes de que pudiera cerrarla.
—También es mi hija.
Lo miré fijamente.
—Hace veinticuatro horas decidiste que yo ya no era tu esposa.
—No puedes divorciarte de mí y seguir reclamando los privilegios de un marido.
Su mano cayó lentamente.
Me marché.
Dos horas después estaba sentada frente a mi obstetra.
Y lloré.
No porque quisiera perder a mi hija.
Precisamente porque no quería.
Nunca había solicitado ningún procedimiento.
Había mentido.
Quería saber si Adrian deseaba realmente a aquella niña o simplemente pretendía limpiar su conciencia antes de comenzar una nueva vida.
La respuesta que obtuve solo me había confundido más.
Cuando salí del hospital, Adrian estaba esperando.
No pregunté cómo me había encontrado.
Tenía suficientes contactos para descubrirlo.
—¿Lo hiciste? —preguntó.
Su voz temblaba.
Lo dejé sufrir unos segundos.
—No.
Cerró los ojos.
El alivio en su rostro fue tan intenso que me sorprendió.
—Pero voy a marcharme.
Abrió los ojos.
—¿Adónde?
—A otra ciudad.
—¿Con mi hija?
—Con nuestra hija.
—No.
Casi sonreí.
—Ya firmaste.
—Te di propiedades. Acciones. Dinero. Una casa.
—Exactamente.
—Entonces ¿por qué necesitas irte?
Ahí estaba el verdadero problema.
Adrian creía que había pagado por una separación cómoda.
No había comprendido que yo quería una vida.
—Porque no quiero seguir esperando a que decidas cuándo merezco tu atención.
Su rostro se endureció.
—Victoria no significa lo que crees.
—No me importa Victoria.
Aquello lo dejó completamente callado.
—Durante tres años desayuné sola, cené sola y fui sola a casi todas mis consultas.
—Aprendí tus horarios para no molestarte.
—Memoricé qué comida te gustaba.
—Esperaba despierta cuando viajabas.
Respiré profundamente.
—Y esta mañana, después de divorciarnos, me abriste la puerta del auto por primera vez.
Adrian parecía incapaz de mirarme.
—Elena…
—No quiero que seas amable conmigo porque ahora te sientes culpable.
Pasé junto a él.
—Quiero que seas un buen padre. Nada más.
Durante las siguientes semanas, Adrian empezó a hacer algo que jamás había hecho durante nuestro matrimonio.
Buscarme.
Flores.
Comida.
Medicinas.
Mensajes preguntando si había comido.
Un conductor esperando fuera de mi edificio.
Rechacé casi todo.
Entonces llegó Victoria.
Apareció una tarde mientras yo empaquetaba mis pertenencias.
—Tienes que dejar de utilizar al bebé para retenerlo.
Me reí.
—Estoy intentando marcharme.
—Precisamente. Sabes que eso hará que te persiga.
Sacó el teléfono.
—Adrian se casó contigo porque su abuelo lo obligó.
—Lo sé.
—Pero hay algo que no sabes.
Me mostró mensajes antiguos.
Conversaciones entre ella y Adrian.
En una, escrita años antes de nuestro matrimonio, él decía:
“Si alguna vez vuelves, terminaré cualquier relación que tenga.”
Sentí una punzada.
Victoria sonrió.
—Volví.
—Y al día siguiente te pidió el divorcio.
No discutí.
Porque los hechos parecían darle la razón.
Esa noche terminé las maletas.
A las seis de la mañana siguiente salí hacia el aeropuerto.
No le dije nada a Adrian.
Ya había dejado instrucciones a mi abogado sobre custodia, visitas y responsabilidades.
No quería desaparecer con nuestra hija.
Solo quería desaparecer de su vida sentimental.
Cuando anunciaron mi vuelo, recibí una llamada.
Adrian.
La rechacé.
Volvió a llamar.
Otra vez.
Entonces llegó un mensaje.
“No subas al avión.”
Apagué el teléfono.
Me levanté.
Y escuché mi nombre.
—¡Elena!
Adrian apareció corriendo entre la multitud.
Sin chaqueta.
Sin corbata.
Completamente fuera de control.
—¿Qué haces aquí?
Se detuvo frente a mí.
—Victoria falsificó parte de esos mensajes.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué?
—La conversación existió. Pero eliminó mis respuestas posteriores.
Sacó su teléfono.
Había recuperado una copia de seguridad antigua.
Después de aquella promesa juvenil aparecía otro mensaje, enviado meses más tarde:
“Lo que tuvimos terminó. No vuelvas esperando encontrarme esperando.”
Levanté la mirada.
—Entonces ¿por qué pediste el divorcio justo después de que regresara?
Adrian permaneció callado.
Demasiado tiempo.
—Dímelo.
Finalmente habló.
—Porque recibí un informe sobre tu embarazo.
Sentí frío.
—¿Qué informe?
—Uno que decía que continuar el embarazo podía ponerte en grave riesgo.
Fruncí el ceño.
—Mi doctora jamás dijo eso.
Adrian palideció.
—El documento llevaba su firma.
—Nunca existió ese diagnóstico.
Durante varios segundos ninguno habló.
Entonces comprendimos lo mismo.
Alguien había falsificado un informe médico.
Alguien había convencido a Adrian de que divorciarse y alejarme de la familia Sterling me protegería.
Y alguien había hecho regresar a Victoria exactamente en el mismo momento.
—¿Quién te entregó ese informe? —pregunté.
Adrian bajó lentamente el teléfono.
Su respuesta me dejó helada.
—Mi abogado.
El mismo hombre que había entrado aquella noche en nuestra habitación con el acuerdo de divorcio perfectamente preparado.
Adrian me miró.
—No pedí el divorcio para casarme con Victoria.
Su voz se quebró.
—Lo pedí porque me hicieron creer que permanecer conmigo podía costarte la vida.
Lo observé durante mucho tiempo.
Después tomé mi maleta.
—Entonces averigua quién destruyó nuestro matrimonio.
Adrian intentó acercarse.
Levanté una mano.
—Pero no confundas descubrir la verdad con recuperarme.
Pasé junto a él hacia la salida del aeropuerto.
Esta vez no subí al avión.
Pero tampoco regresé a su casa.
Porque Adrian todavía tenía que aprender algo mucho más difícil que encontrar al responsable.
Podía demostrar que lo habían engañado.

Podía castigar a Victoria.
Podía despedir a su abogado.
Pero para volver a ser mi esposo tendría que demostrar que, por primera vez en su vida, era capaz de elegirme sin necesitar estar a punto de perderme.