PARTE 2: CUANDO ÉL EMPEZÓ A ROGAR

Alexander no me siguió aquella noche.

Su orgullo todavía era más grande que su miedo.

Pensó que volvería.

Siempre volvía.

Pero tres días después, cuando llamó al hospital buscando mis nuevas recetas, descubrió que había retirado mi autorización para compartir información con él.

Al cuarto día, mi abogado le entregó una nueva copia del divorcio.

Al quinto, Alexander encontró mi armario vacío.

Y al sexto descubrió algo que finalmente lo hizo entrar en pánico.

Mi anillo de bodas seguía sobre la mesa.

Junto a él había una nota:

“Ya no necesito que me elijas.”

Me había marchado al pequeño pueblo para el que compré aquel boleto semanas antes.

Alquilé una habitación sobre una antigua panadería y volví a dibujar.

Al principio apenas podía sostener el lápiz durante veinte minutos.

Después una hora.

Luego una tarde completa.

También continué mi tratamiento con profesionales lejos del mundo de Alexander.

No estaba mágicamente bien.

Pero por primera vez, mi recuperación ya no dependía de conseguir que un hombre me quisiera.

Dos semanas después, mi abogada llamó.

—Alexander está bloqueando el divorcio.

—Que lo intente.

—También contrató investigadores para encontrarte.

Cerré mi cuaderno.

—Entonces recuérdale que sus abogados deben comunicarse contigo, no conmigo.

Aquella noche alguien golpeó la puerta.

Cuando abrí, Alexander estaba allí.

Sin chófer.

Sin asistente.

Sin Sofía.

Parecía no haber dormido.

—Te encontré.

—Eso parece.

Intentó entrar.

No me moví.

Por primera vez comprendió que ya no tenía derecho a cruzar una puerta solo porque yo estuviera detrás de ella.

—Maya… vuelve conmigo.

—No.

La respuesta fue tan rápida que perdió el hilo de lo que había preparado.

—Puedo cambiar.

—No vine aquí para que cambiaras.

—Entonces dime qué quieres.

Lo miré.

Durante tres años había esperado esa pregunta.

Ahora llegaba demasiado tarde.

—Quiero que firmes.

Su mandíbula se tensó.

—¿Todo esto es por Sofía?

Negué.

—Ese es tu problema, Alexander. Todavía crees que otra mujer destruyó nuestro matrimonio.

Abrí la puerta un poco más y lo miré directamente.

—Lo destruiste tú cada vez que convertiste mi dolor en un berrinche.

Él palideció.

—Yo no sabía que estabas tan mal.

—Los diagnósticos estaban sobre la mesa.

No respondió.

—Las recetas estaban en nuestra habitación.

Silencio.

—Te llamé durante mis crisis.

Alexander bajó los ojos.

Ya no podía decir que no sabía.

Solo podía admitir que no había querido mirar.

—La orquídea… —murmuró—. Encontré un especialista. Quizá pueda salvarla.

Sentí una tristeza extrañamente tranquila.

—Déjala morir.

Levantó la cabeza.

—Era importante para ti.

—Sí.

Hice una pausa.

—Por eso debía haber sido importante para ti también.

Entonces cerré la puerta.

Un mes después presenté mi primera colección de ilustraciones.

La llamé “Raíces expuestas”.

La obra principal mostraba una orquídea quebrada que, desde una raíz aparentemente muerta, producía un pequeño brote.

La exposición recibió una invitación de una galería importante.

Aquella noche, mientras hablaba con la directora, escuché una voz conocida detrás de mí.

—Maya.

Alexander.

Pero no estaba mirando mis cuadros.

Me estaba mirando a mí.

Y comprendí inmediatamente qué lo había llevado hasta allí.

Sofía estaba unos metros detrás de él.

Llorando.

—Díselo —ordenó Alexander.

Ella apretó las manos.

—El viaje al mar… el saco… el llavero…

Tragó saliva.

—Yo quería que usted los viera.

Alexander cerró los ojos.

—Sofía llevaba meses provocando situaciones para hacerte creer que teníamos una relación.

Lo observé sin emoción.

—¿Y eso cambia algo?

Él quedó desconcertado.

—Maya, significa que nunca te engañé.

—Alexander, yo no me divorcio porque Sofía quisiera quitarme a mi marido.

Mi voz permaneció tranquila.

—Me divorcio porque cuando estaba enferma, mi marido me hizo sentir que mi enfermedad era una molestia.

Sofía dejó de llorar.

Alexander también dejó de defenderse.

Entonces saqué un documento de mi bolso.

La sentencia preliminar del divorcio.

Se la entregué.

—Solo falta tu firma.

Por primera vez vi verdadero miedo en sus ojos.

No miedo de perder su reputación.

Ni su fortuna.

Ni su empresa.

Miedo de perder algo que siempre había creído que estaría esperándolo.

A mí.

—Maya…

Negué lentamente.

—Cuando lloraba, pensabas que jamás tendría fuerzas para marcharme.

Le puse el bolígrafo en la mano.

—Ahora que dejé de llorar, eres tú quien tiene miedo.

Y esta vez, cuando me alejé, Alexander no intentó detenerme.

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