PARTE 2: EL ANILLO QUE NUNCA VI

Me quedé mirando a Alexander.

—¿Un anillo?

—El contrato terminaba esa noche —respondió—. Iba a pedirte que te quedaras sin él.

Sentí que algo se quebraba dentro de mí.

—Llegaste oliendo a perfume de Sophia.

—Porque coincidimos en la gala. Ella intentó besarme. La aparté.

Alexander sacó el teléfono y abrió una fotografía antigua.

Era una pequeña caja de terciopelo sobre la mesa de nuestra antigua habitación.

—Cuando regresé, tú ya no estabas.

Su voz se volvió más baja.

—Te busqué durante tres años.

No quería creerle.

Entonces Noah salió de detrás de mí.

—Mamá, ¿quién es?

Alexander se agachó lentamente.

Por primera vez vi miedo en aquel hombre.

—¿Cuántos años tienes?

Noah levantó tres dedos.

Alexander cerró los ojos.

Cuando volvió a mirarme, estaban enrojecidos.

—¿Es mi hijo?

—Biológicamente, sí.

Su respiración se cortó.

—¿Y pensabas no decírmelo nunca?

—Nuestro contrato decía que no debía enamorarme de ti. No decía que tú tuvieras derecho a aparecer tres años después reclamando una familia.

Alexander no respondió.

Noah tiró de mi falda.

—Mamá, quiero helado.

—Vamos.

Tomé su mano.

Alexander no intentó detenernos.

Solo preguntó:

—Emily… ¿puedo conocerlo?

Me giré.

—Eso dependerá de cómo te comportes, no de cuánto dinero tengas.

Entonces apareció otro automóvil frente a la cafetería.

Sophia bajó.

Mi cuerpo se tensó inmediatamente.

Pero ella no miró a Alexander.

Me miró a mí.

—Emily, necesitamos hablar.

Alexander se puso de pie.

—Sophia, no.

—Ya ha pasado demasiado tiempo.

Sacó un sobre de su bolso.

—La noche que desapareciste, Alexander iba a terminar públicamente cualquier rumor sobre nosotros.

Me entregó varias fotografías.

Una mostraba a Sophia intentando acercarse a él.

Otra mostraba a Alexander apartándola.

Y detrás de ellos aparecía alguien que reconocí inmediatamente.

Su asistente.

El mismo hombre que me había enviado aquel mensaje diciéndome que Alexander no volvería a casa.

Sophia tragó saliva.

—Él sabía lo del anillo.

Alexander endureció el rostro.

—¿Qué estás diciendo?

—Que alguien quería que Emily se marchara antes de que pudieras pedirle que se quedara.

Sentí frío.

Entonces recordé la prueba de embarazo.

La había tirado en el baño de la mansión.

Alexander me miró.

—Nunca encontré ninguna prueba.

Sophia palideció.

—Porque alguien entró en esa habitación después de que Emily salió.

Alexander giró lentamente hacia ella.

—¿Quién?

Sophia dejó otro documento sobre la mesa.

—Tu madre.

El silencio fue absoluto.

Y entonces comprendí que quizá yo nunca había sido simplemente la sustituta de Sophia.

Quizá alguien había tenido miedo de que Alexander dejara de verme como una sustituta… y empezara a verme como la mujer que realmente quería.

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