Adrian no apartaba los ojos de la mano de Marcus sobre mi cintura.
Sophia fue la primera en romper el silencio.
—Marcus… no sabía que conocías a Emma.
Él finalmente me soltó, aunque mantuvo una mano sobre mi hombro.
—La conozco mejor de lo que imaginas.
La sonrisa de Sophia desapareció.
Adrian avanzó.
—Emma.
—Señor Hayes.
Otra vez aquel tratamiento formal.
Su mandíbula se tensó.
—¿Desde cuándo tú y Marcus son tan cercanos?
Lo miré, sorprendida por la pregunta.
—No veo por qué tendría que explicártelo.
Marcus soltó una risa breve.
—Buena respuesta.
Adrian lo fulminó con la mirada.
—Esto no tiene nada que ver contigo.
Entonces Marcus dejó de sonreír.
—Tiene mucho que ver conmigo.
Sentí un escalofrío.
—Marcus…
Él me miró.
—Ya esperé demasiado.
Sophia palideció.
Y aquello no pasó desapercibido.
Marcus sacó el teléfono.
—Hace tres años, cuando te enviaron al extranjero, intenté encontrarte. Tu familia se negó a decirme dónde estabas.
Mi pecho se cerró.
—¿Me buscaste?
—Durante meses.
Adrian frunció el ceño.
—¿Por qué?
Marcus se volvió hacia él.
—Porque dos días después del incidente del pastel recibí las grabaciones de seguridad de la casa.
El restaurante pareció quedarse sin aire.
Sophia dejó caer su copa.
El cristal golpeó la mesa.
Adrian la miró.
Después miró a Marcus.
—¿Qué grabaciones?
Marcus abrió un video en su teléfono.
—Las que demuestran que Emma decía la verdad.
Sentí que mis piernas perdían fuerza.
Tres años.
Tres años esperando que alguien pronunciara esas palabras.
Marcus colocó el teléfono sobre la mesa.
En la pantalla aparecía la cocina de mi antigua casa.
Yo preparaba el pastel.
Lo guardaba.
Me marchaba.
Minutos después, Sophia entraba sola.
Abría el refrigerador.
Sacaba el pastel.
Y comenzaba a comerlo.
Nadie se lo ofrecía.
Nadie la obligaba.
No había ninguna trampa.
Adrian se quedó inmóvil.
—Eso… no demuestra que Emma no supiera de su alergia.
Marcus levantó la mirada.
—Todavía no termina.
El video continuó.
Sophia recibió una llamada.
El audio era débil, pero suficientemente claro.
Su propia voz llenó el teléfono:
—Sí, sé que tiene mango. Solo comeré un poco. Adrian estará aquí en veinte minutos.
Sophia se levantó bruscamente.
—¡Apágalo!
Demasiado tarde.
Adrian parecía mirar a una desconocida.
—Tú sabías lo que contenía.
—Puedo explicarlo.
—Me dijiste que Emma te lo había dado.
Sophia tragó saliva.
—Tenía miedo.
—¿Miedo?
Marcus golpeó suavemente la pantalla.
—Continúa escuchando.
La voz de Sophia regresó.
—Si termino en el hospital, Adrian finalmente entenderá hasta dónde puede llegar Emma por celos.
Sentí náuseas.
No por sorpresa.
Por comprender finalmente que mis peores años habían comenzado con una mentira deliberada.
Adrian retrocedió.
—No.
Sophia intentó tocarlo.
—Adrian, yo era joven…
Él apartó la mano.
Entonces me miró.
Y por primera vez vi culpa auténtica en su rostro.
—Emma…
—No.
Mi voz salió tranquila.
—No pronuncies mi nombre como si ahora tuvieras derecho a sentirte mal.
—Yo no sabía.
—No quisiste saber.
Aquello lo silenció.
—Te dije exactamente lo que había ocurrido. Me llamaste mentirosa. Convenciste a mis padres de enviarme lejos y después continuaste con tu vida.
Adrian bajó la mirada hacia mis brazos.
Una cicatriz sobresalía bajo la manga.
—¿Qué te ocurrió allí?
Instintivamente cubrí mi brazo.
Marcus dio un paso hacia mí.
—Eso tampoco te corresponde preguntarlo.
Adrian apretó los puños.
—Emma es asunto mío.
Lo miré.
—Dejé de serlo el día que decidiste castigarme sin escucharme.
No respondió.
Sophia comenzó a llorar.
—Adrian, por favor. Nuestra boda es dentro de nueve días.
Él la miró.
—¿Nuestra boda?
Sacó lentamente el anillo que llevaba preparado para la ceremonia y lo dejó sobre la mesa.
—No habrá boda.
Sophia perdió el color del rostro.
Pero yo no sentí satisfacción.
Solo cansancio.
Tomé mi bolso.
—Chloe, vámonos.
Cuando pasé junto a Adrian, me sujetó suavemente de la muñeca.
Me detuve.
Marcus también.
—Suéltame.
Adrian lo hizo inmediatamente.
—Solo dime una cosa —susurró—. Si hubiera sabido la verdad hace tres años… ¿habrías vuelto conmigo?
Lo pensé.
La antigua Emma habría dicho que sí sin dudar.
Pero aquella Emma ya no existía.
—Quizá.
Sus ojos se iluminaron apenas.
Entonces terminé:
—Pero el hombre del que estaba enamorada habría confiado en mí.
Su expresión se quebró.
Salí del restaurante con Marcus.
Apenas llegamos a la acera, respiré profundamente.
—Gracias por guardar ese video.
Marcus permaneció en silencio.
—¿Qué pasa?
—Hay algo que no viste.
Sacó de su chaqueta un sobre.
Mi nombre estaba escrito en él.
—Encontré las grabaciones hace tres años, Emma.
—Ya lo dijiste.
—No. No entiendes.
Su voz cambió.
—Intenté enviárselas a Adrian inmediatamente.
Sentí un extraño frío.
—¿Y?
Marcus me entregó el sobre.
Dentro había copias de correos electrónicos.
Todos dirigidos a Adrian.
Todos enviados tres años atrás.
Todos contenían el mismo asunto:
PRUEBAS SOBRE SOPHIA LIN — URGENTE.

Miré a Marcus.
—¿Los recibió?
—Sí.
Mi corazón comenzó a golpear con fuerza.
—Entonces ¿por qué nunca…?
Marcus sacó una última hoja.
Era una confirmación del servidor.
El archivo había sido abierto.
Desde la cuenta personal de Adrian.
Dos días antes de que mi familia me enviara al extranjero.
Levanté la mirada lentamente.
—Eso significa…
Marcus asintió.
—Adrian pudo haber conocido la verdad antes de que te marcharas.
En ese momento escuchamos abrirse la puerta del restaurante.
Adrian salió.
Nuestros ojos se encontraron.
Apreté entre mis dedos la prueba de que había abierto aquel correo.
Y por primera vez comprendí que quizá Sophia no era la única persona que llevaba tres años mintiéndome.