Alexander volvió a leer el correo.
«Hay un pequeño detalle administrativo que olvidé mencionarte en el aeropuerto: antes de que despegaras, entregué a las autoridades una copia completa de los archivos que escondías.»
Su rostro cambió.
Khloe se acercó.
—¿Qué archivos?
Alexander bloqueó el teléfono.
—Ninguno.
—Alexander, ¿por qué congelaron tus cuentas?
—¡He dicho que no pasa nada!
Pero sí pasaba.
Y yo sabía exactamente cuánto.
Mientras ellos discutían en Maui, yo estaba sentada en mi apartamento de Manhattan frente a Ethan Cole, el investigador privado que había contratado semanas antes de la boda.
Sobre la mesa había fotografías, registros bancarios y una carpeta que llevaba mi nombre.
—Necesito que vuelvas a preguntártelo —dijo Ethan—. ¿Estás segura de que quieres seguir adelante?
Miré la carpeta.
—Me casé con un hombre que planeaba destruirme. Sí.
Ethan abrió el expediente.
Todo había comenzado cuando descubrí que Alexander había contratado, sin decírmelo, una póliza relacionada conmigo poco antes de nuestra boda.
Después aparecieron transferencias sospechosas.
Documentos falsificados.
Y finalmente, aquella mañana, Ethan había conseguido la pieza que faltaba.
Alexander había preparado un plan para hacerme aparecer como responsable de movimientos financieros ilegales realizados desde una de sus empresas.
La luna de miel era perfecta para él.
Mientras yo estuviera lejos de Nueva York, alguien utilizaría mis credenciales.
Cuando regresáramos, las pruebas apuntarían hacia mí.
Y Alexander sería el marido sorprendido que afirmaría no saber nada.
—Hay algo peor —dijo Ethan.
Deslizó una fotografía hacia mí.
Khloe aparecía entrando en una oficina privada dos días antes de nuestra boda.
A su lado estaba Marcus Hale.
El director financiero de Alexander.
—Marcus preparó los documentos —explicó Ethan—. Khloe consiguió acceso a tus datos. Alexander iba a quedarse con las manos limpias.
Sentí un escalofrío.
—¿Por qué casarse conmigo entonces?
Ethan permaneció callado unos segundos.
—Porque necesitaban tu firma.
Aquellas palabras dolieron más que descubrir la aventura.
Yo no había sido una esposa.
Había sido una pieza.
Mi teléfono vibró.
ALEXANDER.
Rechacé la llamada.
Volvió a llamar.
La rechacé otra vez.
Entonces llegó un mensaje.
¿QUÉ HICISTE?
Sonreí sin alegría.
Respondí únicamente:
Lo mismo que tú. Prepararme.
En Maui, Alexander perdió el control.
—¡Tenemos que regresar a Nueva York ahora! —le gritó a Khloe.
Pero cuando intentó comprar dos boletos, descubrió que otras tarjetas también estaban bloqueadas.
Khloe retrocedió.
—Dijiste que Sophia no sabía nada.
—No debería saberlo.
—¿Y si encontró los documentos?
Alexander la miró.
Por primera vez, Khloe pareció comprender que quizá tampoco ella estaba a salvo.
—Alexander… ¿qué había realmente en aquella carpeta?
Él no respondió.
Y ese silencio fue suficiente.
Khloe agarró su maleta.
—No pienso ir a prisión por ti.
—Tú participaste.
—Porque me dijiste que solo querías proteger los activos durante el divorcio.
Alexander soltó una risa amarga.
—¿Divorcio?
Khloe se quedó inmóvil.
—¿De qué estás hablando?
—Sophia nunca iba a volver de Maui siendo mi esposa.
Khloe palideció.
En Nueva York, Ethan recibió una llamada.
Contestó, escuchó durante unos segundos y después me miró.
—Tenemos un problema.
—¿Qué ocurrió?
—Las autoridades revisaron los archivos.
—¿Y?
—Alexander no empezó este plan contigo.
Fruncí el ceño.
Ethan abrió otra carpeta.
Dentro había tres fotografías.
Tres mujeres diferentes.
—Todas estuvieron relacionadas sentimentalmente con Alexander durante los últimos ocho años —dijo—. Las tres terminaron perdiendo dinero, propiedades o empresas después de separarse de él.
Miré las fotografías.
Entonces reparé en la mujer del centro.
La conocía.
—Espera…
Tomé la imagen.
—Ella estuvo en nuestra boda.
Ethan asintió lentamente.
—Se llama Victoria Bennett.
Recordé perfectamente su rostro.
Había permanecido al fondo de la iglesia, observándome mientras caminaba hacia el altar.
En aquel momento pensé que estaba emocionada.
Ahora entendía aquella mirada.
No era emoción.
Era miedo.
—Tenemos que encontrarla.
Ethan negó con la cabeza.
—Ya lo hice.
—¿Dónde está?
—Abajo.
Sentí que se me aceleraba el corazón.
Minutos después llamaron a la puerta.
Ethan comprobó la cámara antes de abrir.
Victoria entró.
Parecía agotada.
No dijo hola.
No preguntó cómo estaba.
Simplemente sacó de su bolso un sobre viejo y lo dejó frente a mí.
Mi nombre estaba escrito en él.
SOPHIA.
—¿Qué es esto? —pregunté.
Victoria me sostuvo la mirada.
—La razón por la que fui a tu boda.
Abrí el sobre.
Dentro había una copia de un documento firmado meses antes de que Alexander y yo nos conociéramos.
Leí la primera página.
Después la segunda.
En la tercera aparecía mi nombre completo.
Sentí que se me helaban las manos.
—Esto es imposible.
Victoria negó lentamente.
—Alexander no te conoció por casualidad, Sophia.
Se inclinó hacia mí.
—Te eligió.
Antes de que pudiera preguntar por qué, el teléfono de Ethan sonó.
Contestó.
Su expresión cambió de inmediato.
—¿Cuándo?
Silencio.
—Entendido.
Colgó.
—¿Qué pasa? —pregunté.
Ethan miró hacia la ventana.
—Alexander acaba de conseguir un vuelo de regreso.
—¿Y?
—No viene solo.
Me mostró una fotografía enviada hacía apenas unos minutos desde el aeropuerto de Maui.
Alexander caminaba hacia la puerta de embarque.
A su lado no estaba Khloe.
Era Marcus Hale.

Y Marcus llevaba en la mano una carpeta idéntica a la que estaba sobre mi mesa.
Victoria se levantó de golpe.
—Sophia, tienes que salir de aquí.
—¿Por qué?
Su respuesta convirtió mi miedo en terror.
—Porque si Marcus tiene esa carpeta, Alexander ya sabe que descubriste la verdad.
Miró el documento que llevaba mi nombre.
—Y ahora sabe exactamente dónde encontrarte.