—Sí —repetí al teléfono—. Quiero que procedas hoy.
Edward se puso de pie.
—Mamá, ¿qué estás haciendo?
Colgué lentamente.
—Protegiendo mi casa.
Linda soltó una risa nerviosa.
—¿De qué estás hablando?
La miré.
—Gabriella es mi abogada.
La sonrisa desapareció de su rostro.
Edward palideció.
—Mamá…
—Hace tres años, después de la muerte de tu padre, dejé preparada toda la documentación de esta propiedad.
Linda frunció el ceño.
—¿Qué documentación?
—La que confirma que esta casa sigue siendo exclusivamente mía y que nadie puede establecer residencia permanente aquí sin mi autorización escrita.
El silencio cayó sobre la mesa.
Linda intentó recuperarse.
—Somos familia.
—Eso pensé cuando les abrí la puerta.
Me acerqué a la encimera y tomé un sobre que había guardado allí desde la tarde.
—Pero también encontré esto en mi escritorio.
Edward cerró los ojos.
Linda dejó de respirar.
Dentro había una solicitud de cambio de dirección, documentos de servicios públicos y un formulario en el que Linda había intentado añadirse como residente principal.
—Solo estaba organizando las cosas —dijo rápidamente.
—Con mi firma falsificada.
Edward levantó la cabeza.
—¿Qué?
Lo miré.
—Tu esposa intentó transferir dos facturas a su nombre esta mañana.
Linda se volvió hacia él.
—No es lo que parece.
—Entonces explícame por qué imitaste la firma de mi madre.
Ella se quedó callada.
Por primera vez, Edward parecía verla realmente.
Yo continué:
—Gabriella está preparando una notificación formal. Tienen cuarenta y ocho horas para sacar sus pertenencias.
Linda golpeó la mesa.
—¡No puedes echarnos! Tenemos un hijo.
Dylan bajó la mirada.
Mi voz se suavizó.
—Dylan puede quedarse conmigo cuanto necesite.
Linda abrió la boca.
—Pero ustedes dos no.
Edward se pasó una mano por el rostro.
—Mamá, perdí mi trabajo. No tenemos adónde ir.
—Y por eso los recibí.
Lo miré directamente.
—No por eso entregué mi dignidad.
Aquella frase lo hizo bajar la cabeza.
Linda comenzó a llorar.
Pero ya conocía aquellas lágrimas.
Habían aparecido en cumpleaños, Navidades y cenas familiares cada vez que alguien le decía que no.
—Edward, dile algo.
Él tardó varios segundos.
Finalmente respondió:
—Creo que deberíamos irnos.
Linda lo miró horrorizada.
—¿Estás eligiéndola?
—No.
Edward levantó los ojos.
—Estoy admitiendo que esto es su casa.
A la mañana siguiente empezaron a empacar.
Creí que aquello sería el final.
No lo fue.
Gabriella llegó cerca del mediodía con una carpeta.
—Hay algo más.
Nos sentamos en la cocina.
—Revisé los documentos que Linda intentó presentar.
—¿Y?
Gabriella colocó una copia frente a mí.
—La firma falsificada es un problema. Pero mira quién aparece como contacto secundario.
Leí el nombre.
Mi estómago se cerró.
Edward Miller.
Miré hacia las escaleras.
—¿Mi hijo sabía esto?
—No puedo afirmarlo todavía.
En ese momento Edward entró en la cocina.
Vio el documento.
Y su rostro perdió todo color.
—Mamá…
Me levanté lentamente.
—Dime que no sabías nada.
Edward abrió la boca.
Pero antes de que pudiera responder, Linda apareció detrás de él.
Y sonrió.
No como alguien derrotado.
Como alguien que todavía guardaba una carta.
—Pregúntale por qué perdió realmente su trabajo.
Edward se quedó inmóvil.
Linda cruzó los brazos.
—Porque la casa no era lo único que intentábamos conseguir.
Miré a mi hijo.
—¿Qué hiciste?
Edward no pudo sostenerme la mirada.

Y entonces comprendí que echarlos de mi casa había sido la parte fácil.
La verdadera traición apenas estaba empezando.