Adrian soltó una risa nerviosa.
—¿Quién se supone que eres?
Marcus ni siquiera lo miró.
Se agachó frente a Lily, revisó su mano y llamó a uno de sus hombres.
—Que la vea un médico.
Vivian palideció.
—¡Esta es propiedad privada!
Marcus finalmente levantó la mirada.
—Lo sé. Mi familia financió la mitad de las adquisiciones que mantienen vivo al Grupo Cole.
El silencio cayó de golpe.
Adrian me miró.
—¿Qué está diciendo?
Abracé a Lily.
Durante tres años había ocultado que los Hayes no eran una familia pobre.
Mi padre controlaba uno de los mayores fondos privados del país.
Y yo conservaba una participación considerable.
Había renunciado a usar el apellido y el dinero porque quería saber si Adrian podía amarme sin ellos.
Ya tenía mi respuesta.
Marcus dejó una carpeta sobre la mesa.
—A partir de esta noche, Hayes Capital retira todas las garantías y suspende cualquier nueva financiación relacionada con los Cole.
Adrian perdió el color.
—Elena, espera. Podemos hablar.
—Tuviste tres años para hablar.
Miré a Vivian.
—Y tú tuviste tres años para aprender a respetar a mi hija.
Adrian intentó acercarse.
—Somos una familia.
Negué.
—Cuando tu madre llamó ilegítima a Lily, elegiste quién era tu familia.
Le entregué mi anillo.
—Ahora yo elijo la mía.
Tomé a mi hija en brazos y caminé hacia la puerta junto a Marcus.
Detrás de nosotros, Adrian gritó mi nombre.
No me detuve.
Aquella noche no abandoné una mansión.
Abandoné el único lugar donde había tenido que fingir ser menos para que otros pudieran sentirse superiores.
Y cuando amaneció, Adrian recibió dos documentos.
El primero suspendía el respaldo financiero de los Hayes.

El segundo era mi solicitud de divorcio.
Esta vez, quien debía largarse de mi vida era él.