La expresión de Adrian cambió al escuchar Grayhaven.
—¿Por qué quieres volver allí?
—Porque tengo algo pendiente.
—¿Qué cosa?
Lo miré.
—Ya no necesitas saberlo.
Por primera vez desde que Lily regresó, pareció molesto.
—Elena, sigues siendo mi prometida hasta que se celebre la boda.
—No.
Levanté la mano.
Me quité lentamente el anillo que había llevado durante cinco años y lo coloqué sobre la mesa.
—Desde el momento en que le pediste matrimonio a mi hermana, dejé de serlo.
Adrian observó el anillo.
No lo recogió.
Yo tampoco esperé.
Regresé a casa de los Bennett esa misma tarde.
Mi padre estaba furioso.
—¡Cinco años manteniendo esa alianza y ahora vuelves con una maleta!
Lily estaba sentada junto a nuestra madrastra, contemplando su nuevo anillo.
—Papá, no culpes a Elena. Adrian nunca la quiso.
Sonrió.
—Ella siempre supo que solo me estaba reemplazando.
—Tienes razón —respondí.
Lily pareció decepcionada al no verme sufrir.
Subí a mi antigua habitación.
Mis cajas ya estaban allí.
Encontré el viejo oso de peluche que Adrian había mencionado.
Abrí una pequeña costura escondida en su espalda.
Dentro seguía la fotografía.
Dos jóvenes frente al puerto de Grayhaven.
Yo tenía diecinueve años.
El muchacho a mi lado llevaba uniforme de cadete naval y sonreía como si el mundo entero nos perteneciera.
En el reverso había una frase:
“Cuando regrese, cásate conmigo. —Nathan.”
Nathan Cole.
Mi primer amor.
Cinco años atrás, el día antes de que yo huyera con él, mi padre descubrió nuestros planes.
Lily acababa de desaparecer.
La alianza con los Pierce estaba al borde del colapso.
Mi padre me encerró durante dos días.
Cuando finalmente me dejó salir, me dio una elección:
Ocupar el lugar de Lily…
o ver cómo destruía la carrera militar de Nathan antes de que comenzara.
Elegí a Nathan.
Pero no de la forma que él habría querido.
Lo abandoné para protegerlo.
Nunca pude explicárselo.
A la mañana siguiente compré un billete a Grayhaven.
Solo ida.
Cuando el tren comenzó a moverse, apagué mi teléfono.
No vi las diecisiete llamadas de Adrian.
Tampoco los mensajes.
“¿Dónde estás?”
“Los Bennett dicen que saliste con equipaje.”
“Elena, contesta.”
“¿Vas a Grayhaven?”
La última llamada llegó desde el teléfono de Lily.
También la ignoré.
Por primera vez en cinco años, ninguno de ellos tenía derecho a saber dónde estaba.
Grayhaven apareció al atardecer.
El puerto seguía oliendo a sal y combustible.
Caminé hasta una pequeña casa frente al mar que recordaba perfectamente.
Toqué la puerta.
Nada.
Volví a tocar.
Una anciana del edificio vecino me reconoció.
—¿Elena Bennett?
Sentí que el corazón se detenía.
—¿Dónde está Nathan?
Su expresión se volvió extraña.
—¿No lo sabes?
Negué.
—Nathan regresó hace cuatro años.
—¿Regresó?
—Te esperó.
Esas dos palabras me atravesaron.
La mujer señaló hacia el puerto militar.
—Después volvió al servicio. Ahora es comandante de la base naval de Grayhaven.
Me quedé inmóvil.
Nathan no había fracasado.
No había desaparecido.
Había construido exactamente la vida que soñábamos cuando éramos jóvenes.
Solo que sin mí.
Me giré.
Y entonces lo vi.
Al otro lado de la calle había un vehículo militar.
Un hombre acababa de bajar.
Uniforme oscuro.
Hombros rectos.
Rostro más duro.
Una pequeña cicatriz junto a la ceja que no recordaba.
Nathan.
Cinco años desaparecieron en un segundo.
Sus ojos encontraron los míos.
Se quedó inmóvil.
Yo había imaginado aquel reencuentro miles de veces.
Pensaba disculparme.
Explicarlo todo.
Pero Nathan cruzó la calle, se detuvo frente a mí y preguntó:
—¿Por qué has vuelto?
No había ternura en su voz.
—Porque finalmente puedo explicarte por qué no fui contigo.
Su mandíbula se tensó.
—Cinco años tarde.
—Lo sé.
—Esperé seis meses.
Bajé la mirada.
—Lo sé.
—Después recibí una fotografía tuya junto a Adrian Pierce.
Levanté la cabeza.
—¿Una fotografía?
Nathan soltó una risa amarga.
—Con una carta.
Sentí frío.
—Yo nunca te escribí.
Ahora fue él quien se quedó quieto.
—¿Qué dijiste?
—Nunca te envié ninguna carta.
Antes de que pudiera responder, un automóvil negro frenó detrás de nosotros.
Reconocí la insignia militar.
La puerta se abrió.
Adrian bajó.
Todavía llevaba el uniforme de general.
Había conducido hasta Grayhaven.
Sus ojos pasaron de mí a Nathan.
Y algo cambió en su rostro.
—Comandante Cole.
Nathan se colocó automáticamente firme.
—General Pierce.
Adrian ni siquiera respondió al saludo.
Me miró.
—Así que era él.
—¿Qué haces aquí?
—Fuiste mi prometida durante cinco años y desapareciste sin una explicación.
Casi sonreí.
—Curioso.
—¿Qué?
—Lily desapareció cinco años y aun así acabas de pedirle matrimonio.
Adrian quedó en silencio.
Nathan nos observaba.
Entonces Adrian dijo:
—Regresa conmigo.
—No.
—Elena.
—Tu futura esposa es Lily.
—La boda puede esperar.
Nathan frunció el ceño.
Yo también.
—¿Qué significa eso?
Adrian parecía incapaz de responder.
Finalmente miró a Nathan.
—No vuelvas a acercarte a ella.
Nathan soltó una risa seca.
—Con todo respeto, general, eso no parece una orden relacionada con el servicio.
El rostro de Adrian se endureció.
Pero Nathan continuó:
—Además, usted acaba de comprometerse con su hermana.
Silencio.
Saqué la fotografía que llevaba en el bolso y se la mostré a Nathan.
—Quiero ver esa carta.
—La quemé hace años.
Mi corazón cayó.
Pero Nathan añadió:
—Conservé el sobre.
Adrian cambió de expresión.
Fue mínimo.
Un movimiento de sus ojos.
Pero lo vi.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—Nada.
Nathan también lo había notado.
—General Pierce, ¿usted sabe algo de esa carta?
—No.
Demasiado rápido.
Nathan me miró.
Luego volvió a mirar a Adrian.
—El sello militar del sobre pertenecía al complejo Pierce.
El aire pareció desaparecer.
Giré lentamente hacia Adrian.
—¿Qué?
Nathan habló con absoluta claridad.
—La carta que me convenció de que Elena me había abandonado fue enviada desde una oficina administrativa de su familia.
Adrian no respondió.
Y entonces comprendí que mi padre quizá no había sido la única persona que había decidido mi destino cinco años atrás.
Me acerqué a Adrian.
—¿Tú sabías que Nathan existía?
Su silencio fue suficiente.
—Adrian.
Por primera vez desde que lo conocía, el nuevo general de brigada pareció no encontrar palabras.
Finalmente dijo:
—Sabía que ibas a escapar con él.
Nathan dio un paso adelante.
Yo levanté una mano para detenerlo.
—¿Y la carta?
Adrian cerró los ojos.
—Yo no la escribí.
—No pregunté eso.
Lo miré fijamente.
—¿Sabías que existía?
Pasaron varios segundos.
—Sí.
Sentí que algo dentro de mí se rompía.
Pero esta vez no era mi corazón.
Era la última deuda que creía tener con Adrian Pierce.
Él había pasado cinco años diciéndome que yo era una sustituta.
Lo que nunca me contó…
era que antes de convertirme en su sustituta, alguien se había asegurado de que yo perdiera al hombre que realmente amaba.
Nathan abrió la puerta de su vehículo.
—Elena.
Lo miré.
—Vamos a buscar ese sobre.
Adrian dio un paso hacia nosotros.
—No te vayas con él.
Me detuve.
Cinco años atrás, aquellas palabras quizá me habrían importado.
Ahora solo pregunté:
—¿Por qué?
Adrian me miró como si la respuesta acabara de golpearlo demasiado tarde.
Pero ya no esperé a escucharla.
Subí al vehículo de Nathan.
Y mientras nos alejábamos, vi al general Pierce quedarse solo en medio de la calle.
Tres días antes había alcanzado el rango que llevaba toda su vida persiguiendo.

Había recuperado a su primer amor.
Había conseguido exactamente lo que creía querer.
Entonces, ¿por qué parecía un hombre que acababa de perderlo todo?