La auditoría encontró la primera irregularidad antes de medianoche.
Marcus dejó una carpeta frente a mí.
—Hay contratos que llevan tu firma.
Fruncí el ceño.
—Yo no firmé nada.
Habían transferido derechos sobre tres de mis colecciones a una empresa desconocida. También existían pagos por “consultoría” y licencias de diseños que yo jamás había autorizado.
La empresa receptora tenía una representante legal.
Elena Brooks.
Sentí un escalofrío.
Los comentarios aparecieron.
“¡Ahí está! La verdadera protagonista recuperará lo que le pertenece.”
“Esos diseños terminarán financiando su nueva vida con Alexander.”
Cerré la carpeta.
—Marcus, llama al abogado.
—¿Esta noche?
—Esta noche.
Mi teléfono vibró.
Alexander.
“¿Dónde estás?”
Miré la hora.
11:43.
Tres años esperando que me preguntara dónde estaba.
Ahora que había dejado de esperarlo, parecía importarle.
“No volveré temprano.”
Su respuesta llegó inmediatamente.
“Voy por ti.”
Escribí:
“No hace falta.”
Tres minutos después llamó.
No contesté.
Alexander apareció en el estudio cuarenta minutos más tarde.
No venía solo.
Elena Brooks estaba con él.
Era elegante, serena y mucho menos amenazante de lo que mi imaginación había construido.
Alexander entró primero.
—¿Por qué no contestabas?
Levanté la carpeta.
—Estaba trabajando.
Su mirada recorrió el estudio iluminado.
—¿Vas a volver a la empresa?
—Ya volví.
Elena dio un paso adelante.
—Creo que deberíamos hablar.
Dejé la carpeta sobre la mesa.
—Perfecto. Explícame por qué tu nombre aparece en una empresa que posee derechos sobre mis diseños.
Su rostro cambió.
—¿Qué?
Le mostré los documentos.
Elena leyó la primera página.
Después la segunda.
—Yo nunca he visto esto.
Alexander se acercó.
—Déjame verlo.
—No.
Mi respuesta lo detuvo.
—Es mi empresa. Mi abogado se encargará.
Por primera vez, no estaba pidiendo que Alexander solucionara mi problema.
Y por primera vez, él parecía no saber cuál era su lugar.
Elena levantó la cabeza.
—Creo que sé quién hizo esto.
Resultó que la empresa había sido constituida usando copias antiguas de sus documentos.
El administrador real era alguien mucho más cercano a mí.
Mi antiguo director financiero.
Durante mi ausencia había vendido licencias, desviado ingresos y utilizado el nombre de Elena como pantalla.
Los abogados actuaron.
Las cuentas fueron congeladas.
Los contratos cuestionados quedaron bajo investigación.
Y, mientras recuperaba mi empresa, ocurrió algo todavía más extraño.
Alexander empezó a buscarme.
Primero fueron mensajes.
“¿Comiste?”
“¿Cuándo terminas?”
“¿Necesitas que vaya por ti?”
Después comenzó a aparecer en el estudio.
Una noche levanté la mirada de un boceto y lo encontré sentado frente a mí.
—¿Qué haces aquí?
—Esperándote.
Solté el lápiz.
—Yo hice eso durante tres años.
Bajó la mirada.
—Lo sé.
—No. Ahora empiezas a saberlo.
Guardé mis papeles.
—Alexander, ¿amas a Elena?
Me sostuvo la mirada.
—Nunca la amé.
—Entonces ¿qué era el regalo que guardabas?
Su expresión se volvió extraña.
—Era para ti.
Me quedé inmóvil.
Alexander explicó que Elena había trabajado años atrás con un joyero europeo. Él le había pedido ayuda para restaurar un broche que había pertenecido a mi abuela.
Quería regalármelo en nuestro aniversario.
Los comentarios volvieron a aparecer.
“¿Qué?”
“Esto no ocurrió en la historia original.”
Entonces entendí algo.
Aquellas palabras flotantes no eran el futuro.
Eran expectativas.
Una historia que solo podía cumplirse mientras yo siguiera interpretando el papel que otros habían decidido para mí.
—¿Y la cena? —pregunté.
—Elena regresó para ayudarnos con una adquisición internacional. Había inversionistas presentes.
—¿Por qué nunca me lo explicaste?
Alexander tardó demasiado en responder.
—Porque pensé que no necesitaba hacerlo.
Ahí estaba nuestro verdadero problema.
No Elena.
No una supuesta protagonista.
Nosotros.
—Yo te perseguía tanto —dije— que nunca tuviste que preguntarte qué necesitaba.
Su rostro se endureció.
—Eso no significa que no me importaras.
—Pero tampoco basta con que te importe.
Durante los meses siguientes recuperé el control de mi marca.
Volví a diseñar.
Viajé.
Contraté un nuevo equipo.
Mi primera colección después de regresar agotó reservas antes del lanzamiento.
Y Alexander cambió también.
No de repente.
No porque temiera perder una posesión.
Aprendió a preguntar.
A escuchar.
A acercarse sin esperar que yo hiciera siempre el primer movimiento.

Una noche llegué tarde.
Alexander estaba despierto.
—¿Tostadas o avena mañana? —preguntó.
Me reí.
Él también.
Después se acercó, pero se detuvo antes de tocarme.
—Te extrañé.
Era una frase sencilla.
Sin embargo, jamás me la había dicho.
Lo miré.
Los comentarios aparecieron una última vez.
“La antagonista debería conformarse ahora.”
“Todo volverá a la historia original.”
Sonreí.
—No.
Alexander frunció el ceño.
—¿No qué?
—Nada.
Las palabras flotantes comenzaron a desaparecer.
Porque finalmente había comprendido el secreto.
No necesitaba convertirme en la mujer que Alexander eligiera.
Necesitaba volver a ser la mujer que yo había abandonado por elegirlo a él.
Y si nuestro matrimonio sobrevivía, sería porque ambos aprendíamos a caminar uno hacia el otro.
No porque yo volviera a perseguirlo.
Aquella noche, cuando apagué la luz, Alexander fue quien cruzó primero la distancia entre nosotros.
Y por primera vez, no sentí que había ganado su amor.
Sentí algo mucho mejor.
Que ya no necesitaba perderme a mí misma para conservarlo.