PARTE 2: LA CARTA QUE NUNCA LEYÓ

Gabriel se quedó mirando las puertas abiertas del ascensor.

—Sofía, espera.

No lo hice.

Bajé al vestíbulo y salí del edificio con el corazón golpeándome el pecho.

Durante años había pensado que él había leído mi confesión y la había tirado.

Ahora decía que jamás la recibió.

No sabía cuál versión dolía más.


Esa noche Camila me llamó.

—¿Entrevistaste a mi hermano?

—Sí.

—¿Y?

—Nada.

Hubo un silencio sospechoso.

—Camila… ¿qué pasó con mi carta?

Ella dejó de respirar.

Lo supe antes de que hablara.

—Sofía…

—Dímelo.

—Yo la encontré.

Cerré los ojos.

—¿Qué hiciste?

—Tenía diecisiete años. Era una idiota.

—¿Qué hiciste, Camila?

Su voz se quebró.

—La abrí.

Sentí un vacío en el estómago.

—¿La leíste?

—Sí.

—¿Y después?

Silencio.

—La tiré.

Me quedé inmóvil.

—¿Por qué?

Camila empezó a llorar.

—Porque tenía miedo.

—¿De qué?

—De perderte.

Eso no tenía sentido.

—Éramos mejores amigas.

—Precisamente. Yo sabía que si Gabriel se enteraba de que te gustaba, probablemente correspondería.

Mi corazón se detuvo.

—¿Probablemente?

—Sofía, mi hermano preguntaba por ti todo el tiempo.

Me senté lentamente.

Camila continuó:

—Quería saber qué universidades estabas considerando. Preguntaba si salías con alguien. Guardaba los dulces que te gustaban. Yo lo notaba.

—¿Entonces por qué…?

—Porque era egoísta.

Su voz se volvió pequeña.

—Pensé que si ustedes empezaban a salir, todo cambiaría. Tú serías su novia antes que mi amiga. Me convencí de que solo estaba evitando problemas.

Miré la pared.

Años de vergüenza.

Una universidad elegida lejos.

Una historia que jamás ocurrió.

Todo por una carta que alguien decidió tirar.

—Te odié durante años sin saberlo —susurré.

—Lo sé.

—No. No lo sabes.

Colgué.


A la mañana siguiente, Gabriel estaba esperando frente al canal.

No parecía haber dormido.

—Camila me lo contó.

Intenté pasar.

—Sofía.

Me detuve.

—¿Qué quieres que diga?

—Nada.

Sacó del bolsillo una hoja doblada.

—Quiero darte esto.

No la tomé.

—¿Qué es?

—Una respuesta.

Lo miré.

—Quince años tarde.

—Lo sé.

—Y a una carta que nunca leíste.

—Camila recordaba parte de lo que escribiste.

Sonrió con tristeza.

—Y yo recuerdo lo que habría contestado.

Finalmente tomé el papel.

No lo abrí.

—¿Por qué no me buscaste después?

Su expresión cambió.

—Lo hice.

—No.

—Fui a tu casa después de que salieron los resultados universitarios. Tu madre dijo que te habías ido con familiares.

Parpadeé.

—Yo estaba en casa.

—También llamé.

—Nunca recibí nada.

Gabriel bajó la mirada.

—Entonces parece que fuimos muy buenos perdiéndonos.

Aquello me hizo reír a pesar de todo.

Solo un poco.


No nos convertimos en pareja inmediatamente.

Yo necesitaba tiempo.

Y Gabriel, por primera vez, no intentó apresurarme.

Cenamos semanas después.

Después otra vez.

Hablamos como dos adultos que llevaban años construyendo vidas separadas.

Descubrí que él seguía odiando el cilantro.

Él descubrió que yo había dejado de beber café con azúcar.

Cosas pequeñas.

Reales.

Mucho más importantes que cualquier fantasía adolescente.

Camila tardó meses en recuperar mi confianza.

No porque yo quisiera castigarla.

Porque algunas heridas no desaparecen únicamente porque alguien pida perdón.

Ella lo entendió.


Un año después, Gabriel me llevó a la antigua escuela.

El dormitorio seguía allí.

También las escaleras donde él había cargado mi maleta la primera vez que nos conocimos.

—¿Por qué estamos aquí? —pregunté.

Sacó una hoja doblada.

—¿Otra carta?

—Esta sí quiero entregártela correctamente.

La abrí.

Solo había una frase:

“Esta vez no voy a dejar que nadie decida por nosotros antes de que podamos hablar.”

Lo miré.

—Eso es muy poco para una carta de amor.

—Estoy mejorando.

Sonreí.

—Lentamente.

Me ofreció la mano.

La tomé.

No porque hubiera esperado quince años.

Ni porque creyera que estábamos destinados.

Sino porque finalmente nos habíamos conocido fuera de aquella historia adolescente.


Durante años pensé que mi primer amor había terminado junto a un montón de papeles viejos.

Me equivoqué.

Lo que había terminado aquel día no era el amor.

Era una posibilidad.

Y quizá eso fue lo más doloroso de descubrir.

Pero también aprendí algo.

El pasado no podía devolverme los años que perdimos.

No podía convertir a la chica de diecisiete años en alguien que hubiera sido elegida a tiempo.

Lo único que podía hacer era decidir qué quería la mujer que era ahora.

Y esta vez, cuando Gabriel me tendió la mano…

no corrí.

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