A la mañana siguiente, Lucas estaba frente al restaurante de mis padres.
No llevaba uniforme. Tenía los ojos cansados y todavía sostenía aquella carpeta del Registro Civil.
—Tenemos que hablar.
Seguí colocando las sillas de la terraza.
—Habla.
Pareció desconcertado. En mi vida anterior, yo habría corrido hacia él después de verlo esperar toda la noche.
Esta vez ni siquiera dejé lo que estaba haciendo.
—Lo de ayer fue una emergencia —dijo—. No podía abandonar a Maya.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué haces esto?
Lo miré.
—Porque tampoco podías abandonarla en mi cumpleaños. Ni cuando yo estaba enferma. Ni cuando necesitábamos celebrar nuestro aniversario.
Lucas frunció el ceño.
—Estás mezclando cosas.
—No. Por primera vez estoy juntándolas.
Sacó nuestros documentos.
—Podemos volver hoy.
Negué con la cabeza.
—No quiero otra fecha.
—Emily…
—Quiero otro futuro.
Su expresión cambió.
Por primera vez comprendió que aquello no era un berrinche.
Me había perdido.
Entonces un coche se detuvo frente al restaurante.
Maya bajó apresuradamente.
—Lucas.
Él se giró, sorprendido.
—¿Qué haces aquí?
Maya me miró con una expresión culpable.
—Necesito explicar algo.
Sentí inmediatamente que algo no encajaba.
—¿Qué cosa?
Maya apretó su bolso.
—Mi madre nunca estuvo perdida ayer.
Lucas quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Estaba en casa de mi tía.
El silencio fue absoluto.
Lucas dio un paso hacia ella.
—Me dijiste que había desaparecido.
—Yo… tenía miedo.
—¿Miedo de qué?
Maya comenzó a llorar.
—De que después de casarte ya no estuvieras cuando te necesitara.
Lucas la miró como si acabara de descubrir a una desconocida.
Pero yo no estaba sorprendida.
Porque recordaba algo de mi vida anterior.
Después de nuestro divorcio, Maya terminó confesándome una verdad que entonces llegó demasiado tarde:
muchas de sus “emergencias” nunca habían sido emergencias.
Había aprendido que bastaba una llamada para hacer que Lucas me abandonara.
Y Lucas siempre acudía.
—Así que mentiste —murmuró él.
—Porque te amo.
Lucas retrocedió.
Maya continuó desesperadamente:
—Siempre pensé que algún día te darías cuenta de que Emily no era adecuada para ti.
Entonces me señaló.
—¡Ella nunca entendió tu trabajo como yo!
Lucas endureció el rostro.
—Esto no tenía nada que ver con mi trabajo.
—Lucas…
—Vete.
Maya palideció.
—¿Qué?
—Vete.
Por primera vez, él no corrió a consolarla.
Maya me lanzó una mirada llena de resentimiento antes de marcharse.
Lucas permaneció quieto durante varios segundos.
Después se volvió hacia mí.
—Emily, tenías razón.
Solté lentamente el aire.
Aquellas palabras eran exactamente las que había esperado durante años.
Pero ya no significaban nada.
—Ahora podemos arreglarlo —dijo.
—No.
—Pero ahora sé la verdad.
—Ese es el problema, Lucas. Sigues creyendo que Maya destruyó nuestra relación.
Me acerqué.
—Ella llamaba. Tú elegías contestar.
Lucas se quedó sin palabras.
—Cada vez que yo te necesitaba y ella también, tú decidías quién debía esperar.
Bajó la mirada.
—Y siempre fui yo.
Durante las siguientes semanas, reconstruí la vida que había abandonado por Lucas en mi primera existencia.
Volví a trabajar con mis padres.
Retomé el curso de administración que anteriormente había dejado porque Lucas quería comprar una casa y necesitábamos ahorrar.
Y cuando surgió la oportunidad de convertir el pequeño restaurante familiar en un segundo local, esta vez dije que sí.
Lucas continuó escribiéndome.
Al principio diariamente.
Después semanalmente.
Nunca respondí.
Hasta que una tarde apareció nuevamente.
Pero no venía a pedirme matrimonio.
Colocó una pequeña caja sobre la mesa.
Dentro estaba la llave de mi antiguo apartamento.
—He recogido todas mis cosas —dijo.
Lo miré sorprendida.
—¿Por qué?
—Porque entendí algo.
Guardó silencio unos segundos.
—Pasé años creyendo que ser una buena persona significaba rescatar a cualquiera que me necesitara.
Sonrió con tristeza.
—Nunca me pregunté quién estaba pagando el precio.
Esta vez no intentó tocarme.
—No voy a pedirte que vuelvas.
Asentí.
Por primera vez estaba haciendo algo correcto sin esperar una recompensa.
Lucas caminó hacia la puerta.
Antes de salir, se detuvo.
—Espero que algún día puedas perdonarme.
—Ya lo hice.
Se giró.
—Pero perdonar no significa regresar.
Sus ojos se humedecieron.
Después se marchó.
Pensé que aquella sería la última vez que lo vería.
Me equivocaba.
Tres meses después, estaba inaugurando nuestro segundo restaurante cuando un coche patrulla se detuvo frente al local.
Lucas bajó.
Pero no venía solo.
Un hombre mayor salió del asiento del copiloto.
Lo reconocí inmediatamente.
Era el capitán Richard Hayes, superior de Lucas.
Richard entró, estrechó la mano de mi padre y después me entregó un sobre.
—Señorita Carter, creo que esto le pertenece.
Fruncí el ceño.
Dentro había una solicitud.
Mi solicitud.
La que había presentado años atrás para participar en un programa municipal de emprendimiento.
En mi vida anterior jamás recibí respuesta.
—¿Dónde encontró esto?
Richard miró hacia Lucas.
—No lo encontramos.
Mi corazón se detuvo.
—Alguien la retiró.
Miré a Lucas.
Él negó inmediatamente.
—Yo nunca había visto ese documento.
Richard dejó otro papel sobre la mesa.
—Pero conocemos a la persona que firmó para retirarlo.
Observé la firma.

Sentí que se me helaban las manos.
Maya Collins.
No solo había intentado impedir mi boda.
Llevaba años interfiriendo en mi vida.
Y esta vez, yo había regresado con suficiente tiempo para descubrir hasta dónde había llegado.