—¿Entonces por qué estabas con Serena aquella noche?
Julian guardó silencio.
—Respóndeme.
—Porque vino a despedirse.
Solté una risa amarga.
—Tenías su labial en la camisa.
—Me abrazó. Intentó besarme. La aparté.
—Qué conveniente.
Julian sacó su teléfono y abrió una conversación antigua.
El último mensaje de Serena decía:
“Ahora entiendo por qué nunca me miraste como antes. La amas a ella.”
La fecha era la noche anterior a mi partida.
Sentí que el pecho se me cerraba.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Porque nuestro contrato decía que no podías enamorarte de mí.
Me miró fijamente.
—Y fui lo bastante estúpido para pensar que, si te confesaba lo que sentía, creerías que estaba intentando comprarte también el corazón.
Bajé la mirada hacia Noah.
—Entonces, ¿por qué no me buscaste antes?
La expresión de Julian cambió.
—Te busqué durante dos años.
Sacó una carpeta del automóvil.
Había fotografías, informes y copias de solicitudes de búsqueda.
—Tu antiguo número desapareció. Dejaste el apartamento. Tu madre dijo que te habías marchado con alguien.
Me quedé helada.
—Mi madre jamás habría dicho eso.
—Entonces alguien mintió.
Antes de que pudiera responder, Noah extendió una pequeña mano hacia Julian.
—Mamá… ¿quién es?
Julian perdió toda su frialdad.
Se arrodilló lentamente frente a él.
Pero no intentó tocarlo.
—Soy Julian.
Noah lo estudió con curiosidad.
—Tienes mis ojos.
Tuve que girar el rostro.
Julian cerró los ojos durante un instante.
Cuando volvió a levantarse, tenía la voz quebrada.
—No voy a quitarte a Noah.
—¿Entonces qué quieres?
—Una oportunidad para demostrarte la verdad.
Lo miré.
—¿Y si no quiero volver contigo?
Julian asintió lentamente.
—Entonces aprenderé a ser su padre sin obligarte a ser mi pareja.
Aquella respuesta me sorprendió más que cualquier declaración.
Pero antes de poder contestar, su teléfono sonó.
Era Serena.
Julian puso la llamada en altavoz.
—¿La encontraste? —preguntó ella.
—Sí.
Hubo silencio.
Después Serena dijo algo que me dejó inmóvil.
—Entonces dile la verdad completa.
Julian tensó la mandíbula.
—Serena.
—Eleanor merece saberlo.
Mi corazón comenzó a latir más rápido.
—¿Saber qué?
Serena respiró profundamente.
—Que Julian no te eligió porque te parecieras a mí.
—Fui yo quien empezó a copiarte a ti.
Miré a Julian.
—¿Qué?
Serena continuó:
—El cabello. La ropa. Incluso el maquillaje.
—Cuando regresé, descubrí que Julian había llenado su vida de cosas que te gustaban a ti.
Su voz se volvió amarga.
—Yo creía que seguía siendo su primer amor.
—Hasta que comprendí que llevaba años intentando parecerme a la mujer que me había reemplazado.
Julian me miró.

Y por primera vez entendí la verdad.
Durante tres años creí que había vivido como la sombra de Serena.
Pero quizá…
la sombra nunca había sido yo.