PARTE 2: LA TRAMPA DE PAPÁ

Octavio abrió la carta.

—Don Ernesto dejó instrucciones muy claras.

Rodrigo intentó interrumpirlo.

—¡Esto es una farsa!

La mujer de la Fiscalía lo miró.

—Le recomiendo guardar silencio.

Octavio comenzó a leer:

—“Si Rodrigo está presente, seguramente ya habrá acusado a Mariana de robarle.”

Nadie se movió.

—“Por eso dejé pruebas.”

Abrieron el primer sobre.

Había transferencias bancarias.

Millones de pesos habían salido de las cuentas de mi padre durante sus últimos años.

Todos terminaban en empresas vinculadas a Rodrigo.

—Papá me prestó ese dinero —gritó él.

Octavio abrió el segundo sobre.

Contratos.

Firmas falsificadas.

Informes periciales.

El rostro de Rodrigo cambió.

Luego conectaron la memoria USB.

Apareció mi padre sentado frente a una cámara.

Débil.

Pero completamente consciente.

—Rodrigo —dijo en la grabación—, sé que usaste mi enfermedad para sacar dinero.

Mi hermano retrocedió.

—También sé que intentaste hacerme firmar documentos cuando estaba medicado.

Paola dejó de mirarlo.

Mi tío Armando bajó la cabeza.

La grabación continuó:

—Mariana nunca me pidió nada.

—Ella me cuidó.

—Tú esperaste mi muerte.

Rodrigo empezó a gritar.

—¡Apaguen eso!

Dos agentes se acercaron.

Entonces Octavio abrió el último sobre.

—Falta el testamento.

Rodrigo se quedó quieto.

Todavía tenía esperanza.

—Todo el dinero que recibió irregularmente será descontado de su parte hereditaria —leyó Octavio.

Hizo una pausa.

—Como esa cantidad supera lo que le correspondía, Rodrigo Salgado no recibirá ningún bien adicional.

Su rostro quedó completamente blanco.

—¿Y la casa?

Octavio me miró.

—La casa queda para Mariana.

Rodrigo perdió el control.

—¡Ella manipuló a mi padre!

La funcionaria de Fiscalía levantó otra carpeta.

—Eso tendrá oportunidad de explicarlo durante la investigación.

Entonces señaló mi labio herido.

—Y también deberá explicar lo ocurrido esta mañana.

Rodrigo dejó de hablar.

Por primera vez, el hombre que siempre había utilizado gritos, amenazas y el favoritismo familiar para conseguir lo que quería no tenía a nadie que pudiera salvarlo.

Antes de irse, Octavio me entregó una última nota escrita por mi padre.

Solo decía:

“Mariana, perdóname por tardar tanto en ver quién de mis hijos realmente estaba a mi lado.”

Cerré los ojos.

Entonces entendí.

Mi padre no había escondido dinero dentro de aquella caja.

Había escondido la verdad.

Y Rodrigo había hecho exactamente lo que él esperaba:

Quitarse la máscara delante de todos.

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