PARTE 2: EL HOMBRE DE LA CITA
Gabriel me miró durante varios segundos.
—¿Su madre?
—Sí.
—¿Quiere que yo llame?
—Usted movilizó veinte helicópteros. Una llamada debería estar dentro de sus capacidades.
Por primera vez, Gabriel sonrió.
Sacó mi teléfono.
—¿Cuál es el número?
—“Mamá”.
Marcó.
Mi madre contestó inmediatamente.
—¡Isabel! ¿Dónde estás? ¡El hombre de la cita lleva una hora esperándote!
Gabriel frunció el ceño.
—¿Qué hombre?
Yo también.
—¿No se suponía que usted debía explicarlo?
Mi madre escuchó su voz.
Hubo un silencio extraño.
—¿Gabriel?
Él se quedó inmóvil.
—¿Señora Morgan?
Me incorporé lentamente.
—¿Ustedes se conocen?
Mi madre soltó un suspiro.
—Isabel, tu cita de esta noche era con Gabriel Cross.
Miré al hombre frente a mí.
Después los helicópteros.
Luego la sangre seca en su camisa.
Gabriel parecía igual de sorprendido.
—¿Ella era la doctora?
—Sí —respondió mi madre—. Y tú eras el empresario viudo que prometiste conocer.
Viudo.
Giré hacia la habitación donde Amelia acababa de sobrevivir.
—Un momento.
Gabriel cerró los ojos.
—Amelia no es mi esposa.
—Pero usted dijo—
—Nunca lo dije.
Recordé la llamada.
Yo había preguntado si era el padre.
Después asumí el resto.
Gabriel explicó:
—Amelia es mi hermana menor. Su esposo murió hace cinco meses.
Sentí que quería desaparecer dentro del suelo.
—Entonces acabo de amenazar con abrirle el vientre a la hermana del hombre con quien debía tener una cita.
—Exactamente.
Mi madre, todavía en altavoz, añadió:
—Bueno, al menos ya se conocieron.
Colgué.
Gabriel empezó a reír.
No una sonrisa discreta.
Una risa verdadera.
—No le encuentro la gracia.
—Yo sí.
Se acercó.
—Mi madre llevaba meses diciéndome que conociera a una cirujana brillante, insoportable y completamente incapaz de hablar como una persona normal.
—¿Insoportable?
—Su descripción fue bastante precisa.
Antes de que pudiera responder, el director Harris apareció con una carpeta.
—Doctora Morgan, revisamos su suspensión.
Su expresión era incómoda.
—Hay un problema.
—¿Cuál?
Me entregó varios documentos.
La orden que yo había desobedecido meses atrás no había sido simplemente administrativa.
Alguien había intentado retrasar deliberadamente aquella cirugía.
La niña de nueve años que salvé era hija de un testigo clave en una investigación por fraude hospitalario.
Gabriel dejó de sonreír.
—¿Quién firmó la orden?
Harris palideció.
Miré la última página.
Reconocí inmediatamente la firma.
Mi antiguo jefe.
El hombre que había conseguido suspenderme.
Gabriel cerró la carpeta.
—Así que no perdió su carrera por desobedecer.
Me miró.
—La apartaron porque vio algo que no debía ver.
Mi teléfono volvió a sonar.
Número desconocido.
Respondí.
Una voz masculina dijo:
—Doctora Morgan, debería haber dejado morir a esa niña.
La llamada terminó.
Gabriel levantó lentamente la mirada.
Toda diversión desapareció de su rostro.
—Parece que nuestra primera cita tendrá que esperar.
Guardó el teléfono.
—Primero vamos a descubrir quién intentó destruir su carrera.Gabriel me miró durante varios segundos.
—¿Su madre?
—Sí.
—¿Quiere que yo llame?
—Usted movilizó veinte helicópteros. Una llamada debería estar dentro de sus capacidades.
Por primera vez, Gabriel sonrió.
Sacó mi teléfono.
—¿Cuál es el número?
—“Mamá”.
Marcó.
Mi madre contestó inmediatamente.
—¡Isabel! ¿Dónde estás? ¡El hombre de la cita lleva una hora esperándote!
Gabriel frunció el ceño.
—¿Qué hombre?
Yo también.
—¿No se suponía que usted debía explicarlo?
Mi madre escuchó su voz.
Hubo un silencio extraño.
—¿Gabriel?
Él se quedó inmóvil.
—¿Señora Morgan?
Me incorporé lentamente.
—¿Ustedes se conocen?
Mi madre soltó un suspiro.
—Isabel, tu cita de esta noche era con Gabriel Cross.
Miré al hombre frente a mí.
Después los helicópteros.
Luego la sangre seca en su camisa.
Gabriel parecía igual de sorprendido.
—¿Ella era la doctora?
—Sí —respondió mi madre—. Y tú eras el empresario viudo que prometiste conocer.
Viudo.
Giré hacia la habitación donde Amelia acababa de sobrevivir.
—Un momento.
Gabriel cerró los ojos.
—Amelia no es mi esposa.
—Pero usted dijo—
—Nunca lo dije.
Recordé la llamada.
Yo había preguntado si era el padre.
Después asumí el resto.
Gabriel explicó:
—Amelia es mi hermana menor. Su esposo murió hace cinco meses.
Sentí que quería desaparecer dentro del suelo.
—Entonces acabo de amenazar con abrirle el vientre a la hermana del hombre con quien debía tener una cita.
—Exactamente.
Mi madre, todavía en altavoz, añadió:
—Bueno, al menos ya se conocieron.
Colgué.
Gabriel empezó a reír.
No una sonrisa discreta.
Una risa verdadera.
—No le encuentro la gracia.
—Yo sí.
Se acercó.
—Mi madre llevaba meses diciéndome que conociera a una cirujana brillante, insoportable y completamente incapaz de hablar como una persona normal.
—¿Insoportable?
—Su descripción fue bastante precisa.
Antes de que pudiera responder, el director Harris apareció con una carpeta.
—Doctora Morgan, revisamos su suspensión.
Su expresión era incómoda.
—Hay un problema.
—¿Cuál?
Me entregó varios documentos.
La orden que yo había desobedecido meses atrás no había sido simplemente administrativa.
Alguien había intentado retrasar deliberadamente aquella cirugía.
La niña de nueve años que salvé era hija de un testigo clave en una investigación por fraude hospitalario.
Gabriel dejó de sonreír.
—¿Quién firmó la orden?
Harris palideció.
Miré la última página.
Reconocí inmediatamente la firma.
Mi antiguo jefe.
El hombre que había conseguido suspenderme.
Gabriel cerró la carpeta.
—Así que no perdió su carrera por desobedecer.
Me miró.
—La apartaron porque vio algo que no debía ver.
Mi teléfono volvió a sonar.
Número desconocido.
Respondí.
Una voz masculina dijo:
—Doctora Morgan, debería haber dejado morir a esa niña.

La llamada terminó.
Gabriel levantó lentamente la mirada.
Toda diversión desapareció de su rostro.
—Parece que nuestra primera cita tendrá que esperar.
Guardó el teléfono.
—Primero vamos a descubrir quién intentó destruir su carrera.