PARTE 2: LA VERDADERA DUEÑA

—Vanessa, quita la mano.

La sonrisa de la gerente desapareció.

—¿Qué?

Daniel la miró con una frialdad que nunca le había visto.

—Te dije que quitaras la mano.

Vanessa retrocedió.

Entonces Daniel caminó hacia mí.

—Sofía, ¿estás bien?

No respondí.

Señalé los pedazos de la tarjeta en el suelo.

—Pregúntale a tu gerente.

Daniel miró a Vanessa.

—Explícate.

—¡Ella intentó entrar en la suite presidencial! Yo solo protegía el hotel.

Margaret, nuestra abogada, soltó una pequeña risa.

—¿Protegerlo de su propietaria?

Vanessa quedó inmóvil.

—¿Propietaria?

Margaret abrió la carpeta que llevaba.

—El Foster Grand pertenece a una sociedad controlada en partes iguales por Daniel Foster y Sofía Foster.

El capitán de seguridad palideció.

Los empleados comenzaron a mirarse.

Vanessa negó rápidamente.

—Eso es imposible. Daniel me dijo que…

Se detuvo.

Demasiado tarde.

La miré.

—¿Daniel te dijo qué?

Ella cerró la boca.

Daniel endureció la expresión.

—Vanessa.

—Nada.

—Termina la frase.

Sus ojos empezaron a llenarse de miedo.

—Me dijiste que algún día todo esto sería tuyo.

El lobby quedó en silencio.

Yo miré a mi esposo.

—¿Algún día?

Daniel abrió la boca.

Pero Margaret habló primero.

—Precisamente por eso bajé.

Sacó varios documentos.

—Esta mañana detectamos solicitudes para modificar la estructura de propiedad del hotel.

Mi corazón se aceleró.

—¿Qué solicitudes?

Margaret me entregó una copia.

Había una firma al final.

Mi firma.

Solo que yo jamás había firmado aquello.

—Daniel…

Él tomó el documento.

Su rostro cambió.

—Yo tampoco sabía esto.

Vanessa comenzó a retroceder.

Y lo vi.

Ese pequeño movimiento.

Ese miedo.

—Cierren las puertas —ordené.

El capitán de seguridad dudó.

Daniel lo miró.

—Hazlo.

Vanessa palideció.

—No pueden retenerme aquí.

—Nadie te está reteniendo —dijo Margaret—. Pero sería conveniente que explicaras cómo apareció la firma de Sofía en estos documentos.

Vanessa agarró su bolso.

—Quiero un abogado.

—Buena idea.

Lucas, que había permanecido en silencio, se agachó junto al mostrador.

—Sofía.

Levantó algo.

Una segunda tarjeta.

Negra.

Tenía mi nombre.

Pero debajo aparecía una anotación:

ACCESO CANCELADO POR ORDEN EJECUTIVA.

—¿Quién canceló esto? —pregunté.

Nadie respondió.

Daniel llamó al director de sistemas.

La respuesta llegó minutos después.

La orden había sido emitida desde una cuenta administrativa vinculada a Vanessa.

Pero había algo peor.

Durante seis meses, aquella misma cuenta había autorizado habitaciones gratuitas, facturas eliminadas y transferencias a proveedores desconocidos.

Margaret revisó rápidamente los registros.

—Esto no es solo abuso de autoridad.

Me mostró una cifra.

Más de cuatro millones habían desaparecido.

Vanessa dejó de fingir.

—Yo no fui la única.

Daniel levantó la mirada.

—¿Quién más?

Ella sonrió nerviosamente.

—¿De verdad quieres que lo diga delante de tu esposa?

Sentí que el estómago se me cerraba.

Daniel dio un paso hacia ella.

—Habla.

Vanessa abrió el bolso y sacó su teléfono.

—Todas las órdenes importantes venían del piso 68.

—Mi oficina está allí —dijo Daniel.

—No hablo de tu oficina.

Su mirada se desplazó hacia Margaret.

La abogada dejó de respirar.

Vanessa abrió una fotografía.

En ella aparecía entrando en el ascensor privado con un hombre.

Reconocí inmediatamente su rostro.

Era alguien que había cenado en nuestra casa.

Alguien que conocía nuestras cuentas.

Alguien que incluso había asistido a nuestra boda.

Mi suegro.

Richard Foster.

Daniel se quedó blanco.

—Mi padre murió hace cuatro años.

Vanessa sonrió.

—Entonces alguien debería explicarme por qué llevo seis meses reuniéndome con él en este hotel.

Y en ese instante comprendí que la tarjeta rota era el menor de nuestros problemas.

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