Daniela detuvo la grabación.
—Mamá, mírame.
Beatriz no levantó la cabeza.
—¿Qué pasó aquella noche en la cantera?
—No sabes lo que estás preguntando.
—Entonces explícamelo.
Rogelio soltó una carcajada mientras los agentes lo sujetaban.
—Vamos, Beatriz. Cuéntale quién llevó a Rebeca hasta allí.
Daniela sintió un escalofrío.
Su madre comenzó a llorar.
—Yo no quería que nadie saliera herido.
—¿Fuiste tú?
—Rogelio me dijo que solo quería asustarla.
La cocina quedó en silencio.
Daniela retrocedió.
Durante siete años había buscado al responsable de lo ocurrido con Rebeca.
Y su propia madre había guardado la respuesta.
—¿Por qué Rebeca?
Beatriz cerró los ojos.
—Porque descubrió algo sobre tu padre.
Daniela se quedó inmóvil.
Su padre, Gabriel Ríos, había muerto cuando ella tenía diecisiete años.
Oficialmente, en un accidente de carretera.
Beatriz señaló la grabadora.
—Escucha el resto.
Daniela volvió a pulsar el botón.
La voz de Valeria regresó.
—Encontré documentos escondidos en el cobertizo. Papá estaba investigando a Rogelio antes de morir.
Daniela dejó de respirar.
—También encontré una fotografía.
Hubo un ruido en la grabación.
—Mamá aparece junto a Rogelio la noche anterior al accidente de papá.
Beatriz comenzó a negar.
—No es lo que parece.
Daniela ya no la escuchaba.
El fiscal recibió una llamada.
Su expresión cambió.
—Comisaria, encontraron un compartimento debajo del cobertizo.
—¿Qué había?
—Documentos de varias mujeres desaparecidas.
Hizo una pausa.
—Y efectos personales pertenecientes a Renata Duarte.
Rogelio dejó de sonreír.
—Quiero un abogado.
—Lo tendrá —respondió Daniela.
Entonces su teléfono sonó.
Era el hospital.
—Comisaria Ríos, su hermana despertó.
Valeria parecía diminuta entre las sábanas.
Daniela se sentó junto a ella.
—Ya estás segura.
Valeria negó lentamente.
—No todavía.
—Rogelio está detenido.
—No hablo de Rogelio.
Daniela sintió un nudo en el estómago.
Valeria abrió el cajón junto a la cama y sacó una pequeña llave.
—La encontré dentro de una caja de papá.
—¿Qué abre?
—Una consigna en la antigua estación.
—¿Cómo lo sabes?
Valeria tragó saliva.
—Porque había una nota.
Daniela tomó el papel.
Reconoció inmediatamente la letra de su padre.
Solo decía:
“Si algo me ocurre, no confíen en Beatriz.”
Daniela cerró los ojos.
—Vale… ¿desde cuándo sabes esto?
—Tres semanas.
—¿Por qué no me llamaste?
Los ojos de Valeria se llenaron de lágrimas.
—Lo hice.
Daniela frunció el ceño.
—Nunca recibí ninguna llamada.
—Porque mamá revisaba mi teléfono.
Entonces Daniela comprendió.
Las caídas.
Los moretones.
El miedo.
Rogelio no había empezado a golpear a Valeria porque fuera vulnerable.
Lo había hecho porque ella había comenzado a descubrir demasiado.
Al amanecer abrieron la consigna.
Dentro había una carpeta, fotografías y una memoria.
Pero lo que dejó a Daniela paralizada fue un sobre dirigido a ella.
“Para mi hija Daniela.”
Dentro encontró una fotografía de su padre junto a Rebeca Salgado.
En el reverso había una fecha.
La misma noche de la cantera.
Y una frase:
“Rebeca conoce la verdad. Protégela.”
Daniela sacó inmediatamente el teléfono.
Seis años antes había perdido contacto con Rebeca.
Aquella noche, antes de viajar a Michoacán, la había llamado por primera vez.
Rebeca había aceptado verla.
Ahora Daniela comprendía por qué Rogelio había palidecido al ver el gemelo.
Marcó su número.
Rebeca respondió.
—Daniela.
—Encontré la caja de mi padre.
Silencio.
—Entonces ya sabes.
—Todavía no.
Daniela apretó la fotografía.
—Quiero escucharlo de ti.
Rebeca respiró profundamente.
—Tu padre no murió en un accidente.
Daniela cerró los ojos.
—¿Quién lo mató?
La respuesta tardó varios segundos.
—Rogelio participó.
—¿Y mi madre?
Otro silencio.
Esta vez fue peor.
—Daniela…

La voz de Rebeca se quebró.
—Tu madre fue quien lo entregó.
Daniela abrió los ojos.
Al otro lado del pasillo, dos agentes acababan de sacar a Beatriz de una sala de interrogatorios.
Su madre levantó la mirada.
Y al ver el teléfono en la mano de Daniela comprendió que, después de tantos años, la última mentira acababa de caer.