PARTE 2: LA NOVIA QUE NUNCA LLEGÓ

Mi padre no hizo más preguntas.

Solo dijo:

—Vuelve a casa. Yo me encargo del resto.

Colgué.

Y durante los siguientes siete días continué interpretando a la mujer que Adrian creía haber destruido.

Tomé los medicamentos delante de él.

Después los escondía bajo la lengua y los tiraba.

Fingí confundir recuerdos.

Sonreí cuando Adrian me hablaba de “nuestro” viaje a las montañas.

Incluso permití que Camille entrara en mi habitación disfrazada de enfermera.

—Señorita Monroe —dijo dulcemente—, el señor Blackwell está preparando una sorpresa maravillosa para usted.

La miré.

—¿La boda?

Sus ojos brillaron.

—Será inolvidable.

Sonreí.

—Estoy segura.

No sabía cuánto.


Llegó el día de la ceremonia.

El lugar estaba cubierto con miles de rosas blancas.

Mi vestido de París esperaba en el vestidor.

Pero yo ya estaba camino al aeropuerto.

Sin vestido.

Sin Adrian.

Sin despedidas.

A las once recibí su primera llamada.

No contesté.

Después otra.

Y otra.

A las once y veinte tenía treinta y siete llamadas perdidas.

Finalmente llegó un mensaje:

“Isabella, ¿dónde estás?”

Respondí:

“Recordando.”

No escribió durante varios minutos.

Después llamó de nuevo.

Esta vez contesté.

—¿Qué significa eso?

Su voz ya no sonaba tranquila.

—Significa que nunca perdí la memoria, Adrian.

Silencio.

—Escuché al médico.

Su respiración se detuvo.

—Escuché a tus amigos.

—Isabella…

—Y escuché lo que dijiste sobre Camille.

Su voz cambió inmediatamente.

—Puedo explicarlo.

—No hace falta.

Miré por la ventanilla del automóvil.

—Querías darle mi boda.

—Así que se la regalé.

—¿Qué?

Sonreí.

—Disfrútenla.

Y colgué.


Horas después supe lo ocurrido.

Camille había aparecido con mi vestido.

Había caminado por mi alfombra.

Había sonreído delante de cientos de invitados creyendo que finalmente recibiría la ceremonia que Adrian le había prometido.

Hasta que llegó el momento de firmar.

Entonces entraron los abogados de mi padre.

La propiedad donde se celebraba la boda pertenecía a un fideicomiso familiar.

El vestido pertenecía a la colección privada de mi madre.

Las joyas también.

Y todos los contratos del evento estaban a nombre de mi familia.

La ceremonia fue detenida.

Pero aquello no fue lo peor.

Mi padre había enviado copias de mis análisis médicos, grabaciones y registros de los tratamientos a las autoridades y al consejo directivo de Blackwell Holdings.

El médico que había participado en las sesiones fue suspendido mientras se investigaba lo ocurrido.

Y Adrian fue apartado temporalmente de sus funciones.

Su boda perfecta terminó con abogados entrando por la misma alfombra que Camille había recorrido vestida de novia.

Cuando mi avión aterrizó en París, Adrian seguía llamando.

Lo bloqueé.

Entonces apareció el último mensaje que había enviado antes de perder contacto conmigo.

“Isabella, vuelve. Te juro que cancelaré todo con Camille.”

Lo borré.

Mi padre me esperaba en la terminal.

Cuando me vio, abrió los brazos.

Por primera vez en meses no tuve que fingir que recordaba un abrazo.

Corrí hacia él.

—Se acabó —susurré.

Mi padre negó.

—Para ti, sí.

Luego me entregó una carpeta.

—Para Adrian, acaba de empezar.

La abrí.

Dentro estaban las participaciones que mi familia poseía en Blackwell Holdings.

Me quedé inmóvil.

—Papá…

—Adrian siempre creyó que necesitabas casarte con él para entrar en su mundo.

Mi padre sonrió.

—Nunca entendió que una parte de su mundo ya pertenecía a los Monroe.

Miré la cifra.

Era suficiente para decidir el resultado de la próxima votación del consejo.

Y esa votación tenía un único punto en el orden del día:

La destitución definitiva de Adrian Blackwell.

Cerré la carpeta.

Adrian había preparado una boda para convertir a su amante en princesa.

Sin saberlo, también había preparado el escenario perfecto para devolverme algo mucho más importante.

Mi libertad.

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