PARTE 2: LA ÚLTIMA TRAICIÓN

A las diez en punto entré en la sala del consejo.

Adrian ya estaba allí.

También su madre, dos tíos y varios accionistas que durante años me habían tratado como si yo solo fuera la esposa decorativa del presidente.

Nadie sonrió al verme.

Perfecto.

Yo tampoco había venido a sonreír.

—Empecemos —dije.

Adrian golpeó suavemente la mesa.

—Esto es ridículo. Camila está utilizando un problema matrimonial para atacar al grupo.

Uno de sus tíos asintió.

—Una infidelidad no es motivo para cambiar la dirección de una compañía.

Abrí mi carpeta.

—Estoy de acuerdo.

Adrian frunció el ceño.

—Entonces ¿qué hacemos aquí?

Proyecté el primer documento.

—Hablamos de treinta y cuatro millones desviados durante los últimos dieciocho meses.

El silencio fue inmediato.

Adrian se puso de pie.

—¿Qué?

—Apartamentos, vehículos, viajes y transferencias vinculadas a Isabelle.

—Eso salió de mis cuentas personales.

—Algunas cosas, sí.

Pasé a la siguiente página.

—Otras fueron cargadas a sociedades del grupo.

Su madre palideció.

—Adrian…

—Yo no autoricé esto.

Lo miré.

Por primera vez dudé.

No parecía estar fingiendo.

Entonces la puerta se abrió.

Mi abogado entró acompañado por el director financiero.

Este último apenas podía mirarnos.

Colocó una memoria sobre la mesa.

—Señor Laurent… tenemos otro problema.

Adrian apretó la mandíbula.

—Habla.

—Isabelle tenía acceso a documentos internos.

—Imposible.

—Alguien utilizó sus credenciales para descargar contratos, estados financieros y archivos de adquisiciones.

Me quedé inmóvil.

Aquello tampoco estaba en mi plan.

—¿Cuándo? —pregunté.

—Durante seis meses.

Adrian sacó inmediatamente el teléfono.

Isabelle no respondió.

Volvió a llamar.

Nada.

Entonces llegó un mensaje.

Lo leyó.

Su rostro se volvió blanco.

—¿Qué ocurre? —preguntó su madre.

Adrian levantó lentamente la mirada.

—Se fue.

—¿Adónde?

—No lo sé.

Yo observé la pantalla.

Había un mensaje de Isabelle:

“Lo siento. Nunca debiste confiar tanto en mí.”

Y debajo, una fotografía.

Una prueba de embarazo.

Adrian cerró los ojos.

—Al menos encontraré a mi hijo.

El director financiero tragó saliva.

—Señor…

Adrian lo miró.

—¿Qué?

Nadie quería continuar.

Finalmente hablé.

—¿Estás seguro de que es tuyo?

Sus ojos se clavaron en mí.

—Camila, no empieces.

—No estoy empezando nada.

Mi abogado deslizó otro documento hacia él.

—La señorita Isabelle salió anoche del país acompañada por Victor Chen.

El nombre cayó como una bomba.

Victor dirigía el grupo empresarial que llevaba tres años intentando arrebatar a los Laurent varios mercados asiáticos.

Adrian leyó el informe.

Una vez.

Después otra.

—No.

Había fotografías.

Isabelle y Victor entrando juntos en una clínica.

Isabelle saliendo de su apartamento semanas atrás.

Victor esperándola dentro de un automóvil.

La mano de Adrian comenzó a temblar.

Siete años de matrimonio habían terminado por una mujer que posiblemente jamás había pensado quedarse con él.

—Continúen con la votación —dije.

Adrian levantó la cabeza.

—Camila.

—Esto ya no es personal.

Y esa fue precisamente la frase que él había utilizado conmigo tantas veces.

La votación tardó seis minutos.

Cuando terminó, Adrian Laurent dejó de ser presidente.


Me alcanzó en el estacionamiento.

—¿Eso era lo que querías?

Me giré.

Parecía agotado.

—No.

—Entonces ¿qué quieres de mí?

—Nada.

Esa respuesta pareció destruirlo más que perder la presidencia.

—Puedo arreglarlo.

—¿A Isabelle?

—A nosotros.

Negué.

—Nosotros terminamos mucho antes de que yo preparara el divorcio.

Adrian bajó la mirada.

—Subí mil escalones por ti.

Sentí un dolor antiguo atravesarme.

—Lo sé.

—Casi destruí mi pierna porque pensé que perderte sería lo peor que podía ocurrirme.

—Y después me tuviste siete años a tu lado hasta olvidar cuánto valía.

No pudo responder.

Entré en mi automóvil.

Entonces recibí una llamada.

Número de Bruselas.

Contesté.

—¿Camila Reyes?

Reconocí inmediatamente la voz.

Mi antiguo mentor diplomático.

—Hace años rechazaste un puesto con nosotros.

Miré a Adrian a través de la ventanilla.

—Lo recuerdo.

—Se ha abierto una nueva posición.

Hizo una pausa.

—Y esta vez queremos que dirijas la misión.

Mi corazón se detuvo un instante.

La vida que creía perdida acababa de tocar nuevamente mi puerta.

—¿Cuándo tendría que estar allí?

—En dos semanas.

Sonreí.

—Estaré.

Colgué.

Pero antes de arrancar, mi abogado llamó.

—Camila, no vaya al aeropuerto ni salga del país todavía.

—¿Por qué?

—Encontramos algo entre los documentos que Isabelle robó.

Su tono me hizo enderezarme.

—¿Qué?

—Una copia del acuerdo firmado antes de su boda.

—¿Qué acuerdo?

Hubo un silencio.

—Uno entre su padre y el abuelo de Adrian.

Miré hacia el edificio.

—No entiendo.

—Su matrimonio nunca comenzó como una historia de amor, Camila.

Sentí frío.

—Explícate.

—Según este documento, las dos familias negociaron su matrimonio casi un año antes de que usted conociera oficialmente a Adrian.

Dejé de respirar.

Recordé Bruselas.

Las flores.

Los vuelos.

Las cenas.

El hombre que aprendió español por mí.

Los mil escalones.

Todo.

—Eso es imposible.

—Hay algo peor.

Apreté el teléfono.

—¿Qué?

—Adrian firmó el acuerdo.

Levanté lentamente la mirada.

Mi exmarido seguía de pie en el estacionamiento observando cómo me alejaba.

Y por primera vez desde que descubrí a Isabelle, entendí que quizá ella nunca había sido la mayor mentira de nuestro matrimonio.

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