Santiago llevó a Mariela y a los niños al departamento de Santa Fe.
En cuanto los cuatrillizos se quedaron dormidos, cerró la puerta de la habitación y se volvió hacia ella.
—Ahora dime qué pasó hace seis años.
Mariela apretó los labios.
—Te llamé durante semanas.
—Nunca recibí tus llamadas.
—Fui a buscarte.
Santiago frunció el ceño.
—Yo estaba en Nueva York cerrando la expansión del grupo.
—Lo sé. Tu madre me lo dijo.
Aquella frase lo hizo detenerse.
Mariela abrió una de las maletas y sacó un sobre viejo.
Dentro había cartas devueltas, comprobantes y una fotografía de ultrasonido.
—Descubrí que estaba embarazada dos semanas después de que te fueras.
Santiago miró la imagen.
—¿Son míos?
Mariela soltó una risa amarga.
—Míralos y vuelve a preguntármelo.
Él cerró los ojos.
—¿Por qué mi madre sabía esto?
Mariela tardó en responder.
—Porque fue ella quien me hizo desaparecer.
Le contó todo.
Beatriz Valdés había ido personalmente a verla.
Le aseguró que Santiago estaba comprometido con otra mujer y que consideraba el embarazo una estrategia para quedarse con su fortuna.
Mariela no le creyó.
Hasta que Beatriz puso sobre la mesa mensajes impresos aparentemente enviados por Santiago.
Uno decía:
“Dale dinero y asegúrate de que no vuelva a buscarme.”
Santiago leyó aquella frase tres veces.
—Yo nunca escribí esto.
—Ahora lo sé.
—¿Entonces por qué no regresaste?
Mariela señaló a los niños dormidos.
—Porque tenía cuatro bebés que alimentar y ningún apellido poderoso que me protegiera.
Santiago bajó la cabeza.
Seis años.
Había perdido sus primeros pasos.
Sus primeras palabras.
Sus cumpleaños.
Todo por una mentira.
A la mañana siguiente, Beatriz apareció en el departamento.
No llegó sola.
Renata venía detrás de ella.
—Santiago, esta ridiculez termina ahora —dijo Beatriz—. Tienes una responsabilidad con tu familia.
Santiago salió al pasillo y cerró la puerta para que los niños no escucharan.
—¿Sabías que Mariela estaba embarazada?
Su madre se quedó inmóvil.
Eso bastó.
—¿Sabías que eran mis hijos?
—Santiago…
—Contesta.
Beatriz respiró profundamente.
—Mariela no era adecuada para ti.
Santiago sintió que algo dentro de él se rompía.
—Me quitaste seis años con mis hijos porque no te gustaba su madre.
—Protegí tu futuro.
—No.
La voz de Santiago bajó.
—Protegiste el futuro que tú habías elegido para mí.
Renata observó a Beatriz.
—¿Es verdad?
—Esto no te concierne.
Renata rio incrédula.
—Iba a comprometerme con él anoche. Claro que me concierne.
Santiago sacó el anillo del bolsillo.
Lo puso en la mano de Renata.
—Lo siento.
Ella cerró los dedos alrededor de la caja.
—Yo también.
Luego miró a Beatriz.
—Pero no por perder este compromiso.
Y se marchó.
Beatriz intentó acercarse a su hijo.
Santiago retrocedió.
—No vuelvas a decidir quién merece formar parte de mi vida.
—Soy tu madre.
—Y ellos son mis hijos.
La puerta se abrió.
Emiliano estaba allí.
Había escuchado suficiente.
—Mamá dice que tú no sabías que existíamos.
Santiago se agachó frente a él.
—Es verdad.
—¿Entonces no nos abandonaste?
—Nunca.
Los otros tres aparecieron detrás.
Mateo preguntó:
—¿Ahora vas a desaparecer?
Santiago sintió un nudo en la garganta.
—No.
Mariela intervino desde el fondo.
—No les prometas cosas que todavía no sabes si podrás cumplir.
Santiago la miró.
—Entonces no prometeré.
Se volvió hacia los niños.
—Se los demostraré.
Y eso hizo.
No exigió custodia.
No intentó comprar su cariño.
Primero confirmó legalmente la paternidad.
Después alquiló un departamento cerca de la escuela de los niños para no cambiarles toda la vida de golpe.
Aprendió quién odiaba las zanahorias.
Quién dormía con una lámpara encendida.
Quién tenía miedo de las tormentas.
Y cuál de los cuatro fingía estar enfermo para no ir a matemáticas.
Mariela observó todo con cautela.
Perdonar no era lo mismo que olvidar.
Santiago tampoco se lo pidió.
Meses después, durante el cumpleaños de los niños, Emiliano se acercó con cuatro dibujos.
En cada uno aparecían seis personas.
Mariela.
Santiago.
Y ellos cuatro.
—¿Por qué estamos todos juntos? —preguntó Santiago.
Emiliano se encogió de hombros.
—Porque así quiero que sea.
Mariela y Santiago se miraron.
Ninguno dijo nada.
Aquella noche, después de acostar a los niños, Santiago encontró a Mariela en el balcón.
—Perdí seis años contigo —dijo.
—Los dos los perdimos.
—No puedo recuperarlos.
—No.
Santiago asintió.
—Entonces no voy a intentarlo.
Mariela lo miró sorprendida.
—Solo quiero estar presente para lo que venga después.
Ella guardó silencio.
Luego preguntó:
—¿Y si nunca volvemos a ser lo que éramos?
—Entonces seremos buenos padres.

—¿Y si algún día podemos ser algo más?
Santiago sonrió ligeramente.
—Esta vez dejaré que tú decidas.
Mariela no respondió.
Pero tampoco se alejó.
Un año después, Santiago seguía llevando a los cuatro niños a la escuela varias mañanas por semana.
Una mañana, frente al espejo del elevador, los cuatro se echaron simultáneamente el cabello hacia atrás.
Santiago hizo exactamente lo mismo.
Emiliano comenzó a reír.
—¡Otra vez nos estás copiando!
—Ustedes me copian a mí.
—Somos cuatro contra uno —respondió Máximo—. Nosotros ganamos.
Las puertas se abrieron.
Mariela los esperaba afuera.
Santiago la miró y sonrió.
Aquella tarde en el restaurante había entrado al baño creyendo que horas después anunciaría un compromiso que decidiría su futuro.
En cambio, encontró a cuatro niños idénticos haciendo frente al espejo el mismo gesto que él había hecho toda su vida.
Y descubrió que el futuro que otros habían planeado para él no importaba tanto como los seis años que una mentira le había robado.
No pudo recuperar aquellos años.
Pero consiguió algo mucho más importante.
No perder ni uno más.