Preston dejó de sonreír.
—No necesitamos una autorización escrita para conversar.
—No pregunté si podían conversar —respondí—. Pregunté qué documento les permite afirmar que representan los intereses de mi padre.
Vanessa cruzó las piernas.
—Christine, no compliques esto. Richard es tu padre. Estoy protegiéndolo.
—Entonces llámalo.
Silencio.
Preston cerró lentamente la carpeta.
—Quizá deberíamos continuar esto formalmente.
—Perfecto.
Tomé mi teléfono.
—Mi abogado estará encantado.
La seguridad de Vanessa vaciló.
—¿Tienes abogado?
Marqué a Walter.
Veinte minutos después estaba conectado por videollamada.
Preston explicó que sospechaban que el fideicomiso de mi abuelo debía formar parte del patrimonio familiar.
Walter casi pareció aburrido.
—El fideicomiso es irrevocable. Richard Parker nunca fue beneficiario, propietario ni administrador. No tiene derecho sobre esos activos.
Vanessa palideció.
—Pero es su hijo.
—Y Christine es la beneficiaria designada.
Preston hojeó sus documentos.
—Necesitaremos revisar el instrumento original.
Walter respondió:
—Cuando presenten una solicitud válida, recibirá la respuesta correspondiente.
Entonces hice otra pregunta.
—Preston, ¿quién está pagando sus honorarios?
Miró a Vanessa.
Ese segundo de duda fue suficiente.
—La señora Parker hizo el depósito inicial.
—¿Con qué dinero?
Vanessa se levantó.
—Esto es ridículo.
Saqué una carpeta que Walter me había enviado esa mañana.
—Mi padre me llamó ayer.
Ahora fue ella quien quedó inmóvil.
Richard había descubierto varios movimientos que no reconocía.
Pagos a Preston.
Transferencias hacia una cuenta nueva.
Honorarios de un asesor financiero.
Todos realizados después de que Vanessa obtuviera acceso a sus cuentas.
—Mi padre jamás autorizó esta visita —continué—. Y tampoco sabía que estabas investigando mi fideicomiso.
Preston cerró definitivamente su carpeta.
—Señora Parker, creo que debemos retirarnos.
—¡Siéntate! —espetó Vanessa.
Pero ya era tarde.
Un automóvil acababa de detenerse frente a mi casa.
Mi padre bajó.
Vanessa perdió el color.
Richard entró sin saludarla.
Dejó varios estados bancarios sobre la mesa.
—¿Por qué pagaste a un abogado para perseguir el dinero de mi hija usando nuestra cuenta?
—Richard, puedo explicarlo.
—Hazlo.
Vanessa abrió la boca.
Nada salió.
Mi padre miró entonces a Preston.
—Y usted deje de decir que representa mis intereses. Nunca lo contraté.
Preston recogió sus cosas y salió.
Vanessa intentó seguirlo.
Richard la detuvo con una última frase:
—Cuando regreses a casa, no necesitarás reorganizar nada más.
Ella se volvió.
—¿Qué significa eso?
—Que mis abogados están revisando nuestras cuentas y nuestro acuerdo matrimonial.
Vanessa quedó inmóvil.
Yo no mencioné los cuarenta millones.

Ya no importaban.
Vanessa había llegado creyendo que descubrir mi fortuna le daría poder sobre mí.
En cambio, había conseguido algo mucho peor:
hacer que mi padre empezara a revisar lo que ella había estado haciendo con su propio dinero.