Marco cerró la puerta de la habitación antes de hablar.
—Es tu hermana.
Sentí que algo dentro de mí se congelaba.
—¿Victoria?
Me mostró el teléfono.
Transferencias bancarias. Correos. Registros de llamadas.
Durante los últimos tres meses, Victoria Mercer había contactado repetidamente al propietario de Elena, a su antiguo empleador e incluso a una clínica donde ella había solicitado atención prenatal.
—También encontramos esto —dijo Marco—. Victoria pagó a alguien para interceptar varias cartas dirigidas a ti.
Lo miré.
—¿Cartas de Elena?
Marco asintió.
Mi estómago se revolvió.
Había pasado noventa y tres días creyendo que Elena había aceptado nuestro divorcio.
Creyendo que estaba mejor lejos de mí.
Pero quizá ella había intentado encontrarme todo ese tiempo.
Miré hacia la cama.
—Encuentra a Victoria.
—Ya lo hice.
Marco giró la pantalla.
Una cámara de seguridad mostraba a mi hermana entrando al hospital hacía apenas doce minutos.
Levanté la cabeza.
—Está aquí.
En ese momento, Elena se movió.
Corrí hacia ella.
Sus párpados temblaron antes de abrirse lentamente.
—Luke…
Escuchar mi nombre en su voz casi terminó conmigo.
—Estoy aquí.
Elena intentó apartarse.
—No.
—No voy a hacerte daño.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Tú dijiste que no me amabas.
No pude responder inmediatamente.
Porque aquella había sido la mentira más cruel que había pronunciado.
—Mentí.
Elena me miró.
—¿Por qué?
Me senté junto a la cama.
—Porque alguien estaba amenazándote.
Su expresión cambió.
—¿Qué?
—Recibí fotografías tuyas. Horarios. Lugares que frecuentabas. Pensé que mis antiguos enemigos habían vuelto. Creí que divorciarme de ti te sacaría de mi mundo.
Elena cerró los ojos.
—Luke… después del divorcio descubrí que estaba embarazada.
—Lo sé.
—Te escribí seis veces.
Sentí que se me cortaba la respiración.
—Nunca recibí nada.
Elena abrió los ojos.
—Entonces Victoria tenía razón.
Antes de que pudiera preguntar qué significaba aquello, escuchamos unos tacones en el pasillo.
Marco se puso rígido.
La puerta se abrió.
Mi hermana apareció con un enorme ramo de flores.
Al verme, se detuvo.
—Luke.
Me levanté lentamente.
—¿Cuántas cartas?
Victoria perdió el color.
—No sé de qué hablas.
Marco dejó varias copias sobre la mesa.
—Seis.
Victoria miró los documentos.
Después a Elena.
Y comprendió que había terminado.
—Lo hice por ti —susurró.
—¿Dejaste embarazada y sola a mi esposa por mí?
—¡Ella iba a destruir todo lo que construimos!
Elena apretó la sábana.
Victoria continuó:
—Papá iba a entregarte el control completo del patrimonio Mercer cuando tuvieras un heredero. Si descubrían que Elena esperaba un hijo, tú recibirías todo.
Finalmente entendí.
—Y tú quedarías fuera.
Victoria guardó silencio.
Marco dio un paso adelante.
Pero Elena habló primero.
—No fue solo por el dinero.
Todos la miramos.
Elena metió lentamente la mano bajo la almohada y sacó una pequeña llave.
—Victoria vino a verme hace dos semanas.
Mi hermana retrocedió.
—Cállate.
Elena me entregó la llave.
—Me dijo que tu divorcio nunca tuvo nada que ver con protegerme.
Miré a Victoria.
—¿Qué hiciste?
—Luke, no la escuches.
Elena negó con la cabeza.
—Esa llave abre una caja de seguridad en Grand Central.
Mi pulso comenzó a acelerarse.
—¿Qué hay dentro?
Elena sostuvo mi mirada.
—Las pruebas de que las amenazas que recibiste antes del divorcio nunca vinieron de tus enemigos.
La habitación quedó completamente inmóvil.
Miré nuevamente a mi hermana.
Victoria ya no parecía asustada.
Parecía derrotada.
—Tú las enviaste —dije.
Ella no respondió.
No hacía falta.
Había destruido mi matrimonio creyendo que estaba salvando a Elena.
Pero la persona de quien intentaba protegerla había estado sentada durante años en las cenas de nuestra familia.
Tomé la llave.
—Marco.
—¿Sí?
—Protege a Elena.
Victoria comenzó a retroceder hacia la puerta.
—Luke, podemos arreglar esto.
La miré por última vez.
—No.
Cerré la mano alrededor de la llave.
—Primero voy a descubrir qué más escondiste en esa caja.

Hice una pausa.
—Después voy a recuperar a la familia que me hiciste abandonar.
Y por primera vez, Victoria Mercer comprendió que ya no tenía delante al hermano al que podía manipular.
Tenía delante al hombre al que acababa de devolverle una razón para destruir cada una de sus mentiras.