Me quedé mirándolo.
—¿Qué quieres decir con que nunca existió?
Marcus apartó lentamente la mano de la pared.
—Olivia creyó que tenía novia porque yo dejé que lo creyera.
—¿Por qué?
Su expresión cambió.
—Porque era más fácil que explicar por qué nunca llevaba a nadie a casa.
Solté una risa amarga.
—Marcus, tú terminaste conmigo.
—Lo sé.
—Me dijiste que aquello no podía continuar y después desapareciste durante cuatro años.
—Porque recibí una misión fuera del país.
Eso me hizo callar.
Marcus sacó el teléfono y abrió un antiguo correo fechado cuatro años atrás.
—Me enviaban a una operación que podía durar meses. No podía decirte dónde estaría ni cuándo volvería.
Lo miré con incredulidad.
—¿Y decidiste romperme el corazón para protegerme?
—Decidí hacer que me odiaras para que siguieras adelante.
—Pues felicidades. Funcionó.
Marcus bajó la mirada.
—Eso creía.
Tomé la caja de preservativos y se la lancé contra el pecho.
—Por cierto, tampoco son míos.
La atrapó.
—Ya lo sabía.
Parpadeé.
—¿Cómo?
—Olivia miente fatal.
Casi grité.
—¿Entonces todo esto era una excusa para venir?
Marcus dejó la caja sobre la mesa.
—Necesitaba saber si realmente había alguien más.
—Eso ya no es asunto tuyo.
—Lo sé.
Esta vez no intentó acercarse.
—Pero quería decírtelo antes de volver a marcharme.
Sentí que el pecho se me cerraba.
—¿Marcharte?
—Mañana.
Aquella única palabra borró toda mi rabia durante un instante.
Marcus sacó algo del bolsillo.
Una fotografía vieja.
Éramos nosotros dos, cuatro años atrás, sentados junto al lago durante el cumpleaños de Olivia.
Yo sonreía hacia la cámara.
Marcus no.
Marcus me estaba mirando a mí.
—La llevaste todo este tiempo…
—A todas partes.
Antes de que pudiera responder, alguien golpeó desesperadamente la puerta.
—¡Serena! ¡Abre!
Olivia.
Abrí.
Entró sin respirar, vio a su hermano y después la caja sobre la mesa.
Su rostro perdió el color.
—Marcus, puedo explicarlo.
Él cruzó los brazos.
—Espero que sí.
Olivia me miró.
—Serena, perdóname.
—¿Por los preservativos?
—También.
Fruncí el ceño.
—¿También?
Olivia sacó su teléfono.
—Hay algo que nunca te conté sobre la noche en que Marcus terminó contigo.
Marcus se puso rígido.
—Olivia.
—Ella merece saberlo.
Me mostró un mensaje antiguo.
Lo reconocí inmediatamente.
Era mío.
El mensaje que envié a Marcus aquella noche:
“Si realmente quieres terminar, dímelo mirándome a los ojos.”
Pero debajo aparecía algo que jamás había visto.
Una respuesta enviada desde su teléfono:
“No vuelvas a buscarme.”
Levanté lentamente la mirada hacia Marcus.
—Tú escribiste esto.
Él negó.
Olivia comenzó a llorar.
—No.
Me miró directamente.
—Fui yo.
El silencio cayó sobre los tres.
—Tenía miedo de perder a mi mejor amiga si ustedes terminaban mal. Pensé que separarlos sería más sencillo.
Marcus cerró los ojos.
Yo apenas podía respirar.
Cuatro años.
Cuatro años creyendo que él me había rechazado de aquella manera.
—Serena —dijo Marcus—, yo regresé seis meses después y fui a buscarte.
Sentí un escalofrío.
—Nunca viniste.
—Sí fui.

Marcus miró a su hermana.
Olivia bajó la cabeza.
Y entonces comprendí que aquella caja de preservativos no había descubierto una mentira.
Había destapado otra que llevaba cuatro años enterrada.