PARTE 2: EL CORAZÓN TENÍA PRECIO

Tomás no llevó a Daniela a la policía.

Todavía no.

—Mauricio controla tu expediente médico —le explicó—. Si apareces ahora, mostrará el diagnóstico psiquiátrico y dirá que escapaste durante una crisis.

—Entonces necesitamos demostrar quién está mintiendo.

Ximena llamó veinte minutos después.

Estaba llorando.

—Señora Fuentes, encontré el expediente del receptor.

—¿Quién es?

—Gabriel Santoro.

Tomás palideció.

El nombre era conocido.

Santoro era un empresario extranjero investigado por corrupción que llevaba meses esperando un trasplante.

—Hay algo peor —continuó Ximena—. Su compatibilidad con usted fue confirmada hace seis meses.

Daniela sintió náuseas.

Seis meses.

Mauricio llevaba medio año preparando aquello.

Las consultas.

Los análisis.

Los medicamentos que la hacían sentirse débil.

Todo había servido para convertir a una mujer sana en una paciente aparentemente enferma.

—Ximena, sal de ahí.

—No puedo todavía. Encontré otra cosa.

La enfermera envió una fotografía.

Era un contrato.

Pago acordado por “servicios médicos extraordinarios”:

4.8 millones de dólares.

Beneficiario:

Una empresa vinculada a Mauricio.

Daniela cerró los ojos.

Su esposo no quería únicamente quedarse con los 680 millones de pesos.

También había puesto precio a su corazón.

—Mañana entrará al quirófano creyendo que yo estaré allí —dijo Daniela.

Tomás entendió inmediatamente.

—¿Quieres dejar que continúe?

—Hasta que no pueda negarlo.

A las siete de la mañana, Mauricio entró al quirófano.

Una paciente cubierta hasta el cuello esperaba sobre la mesa.

Karla preparaba la anestesia.

Santoro permanecía aislado en otra zona del hospital.

Mauricio miró el monitor.

—Cuando terminemos, nadie menciona el nombre de Daniela.

—¿Y la causa oficial? —preguntó Karla.

—Complicación cardíaca durante cirugía.

Entonces las puertas se abrieron.

Mauricio giró furioso.

—¿Quién autorizó…?

Se quedó mudo.

Daniela estaba allí.

Vestida.

Despierta.

A su lado estaban Tomás, representantes legales del hospital y autoridades que habían recibido las pruebas.

Mauricio miró inmediatamente hacia la mesa quirúrgica.

La persona debajo de la sábana se incorporó.

Era una agente participante en el operativo.

Daniela sostuvo la mirada de su esposo.

—¿Buscabas mi corazón?

Mauricio retrocedió.

—Daniela, puedo explicarlo.

—Explícalo.

Tomás colocó copias de los documentos sobre una mesa.

—Empieza por los 4.8 millones.

Luego añadió otro expediente.

—Después explica las pruebas falsas.

Mauricio miró a Karla.

Ella había perdido todo el color del rostro.

—Y cuando termines —continuó Daniela—, explícame por qué falsificaste documentos para intentar controlar las acciones de BioSalud.

Teresa apareció en el corredor gritando.

—¡Mi hijo hizo todo para salvarte!

Daniela se volvió hacia ella.

—¿Salvarme?

Le mostró la hoja donde figuraba como donante.

Teresa dejó de hablar.

Mauricio intentó acercarse.

—Daniela, escúchame. Santoro iba a morir.

—Y decidiste que yo debía morir en su lugar.

—No era así.

—Entonces dime qué parte entendí mal.

Mauricio no pudo responder.

Por primera vez, el famoso “médico de los milagros” no encontró palabras.

Horas después, el hospital suspendió sus funciones mientras avanzaban las investigaciones correspondientes.

Karla decidió colaborar.

Y el supuesto diagnóstico cardíaco de Daniela fue revisado por especialistas independientes.

La conclusión fue devastadora.

No necesitaba aquella operación.

Nunca la había necesitado.

Aquella tarde, Daniela regresó a Grupo BioSalud.

Entró en la sala del consejo donde Mauricio había planeado sentarse como propietario después de su muerte.

Tomás dejó una carpeta delante de ella.

—Tu padre sospechaba de Mauricio.

Daniela levantó la mirada.

—¿Desde cuándo?

—Desde antes de morir.

Dentro había una carta escrita por don Ernesto.

Daniela reconoció inmediatamente su letra.

Su padre había creado una última protección:

si alguien intentaba declarar incapaz a Daniela o transferir sus acciones utilizando decisiones médicas relacionadas con Mauricio, el control del fideicomiso quedaría bloqueado automáticamente.

Mauricio jamás había estado a punto de heredar 680 millones.

Había caído exactamente en la trampa que don Ernesto dejó preparada.

Daniela cerró la carta.

Después miró por las ventanas de la empresa que su padre había construido.

La noche anterior había entrado al hospital creyendo que su esposo iba a salvarle el corazón.

Ahora sabía la verdad.

Mauricio había intentado venderlo.

Pero había cometido un error.

Pensó que el corazón de Daniela era lo único que tenía valor.

Y olvidó que dentro de su cabeza todavía estaba la mujer capaz de destruir todo su plan.

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