PARTE 2: EL PRECIO DE SU “ALMA GEMELA”

Daniel llamó diecisiete veces.

No contesté ninguna.

Al tercer día salió del hospital y fue directamente a nuestra casa.

Pero su llave ya no funcionaba.

Yo lo esperaba dentro con Laura.

Daniel golpeó la puerta.

—¡Elena! ¡Abre!

Laura hizo una señal.

Abrí.

Daniel estaba pálido, caminaba con dificultad y tenía los papeles del divorcio arrugados en la mano.

—¿Qué demonios significa esto?

—Significa que nuestro matrimonio terminó.

—¡Doné un riñón! ¿Y aprovechas mientras estoy recuperándome para divorciarte?

Lo miré.

—No te divorcio por donar un órgano.

Dejé una carpeta sobre la mesa.

—Te divorcio por tres años de mentiras.

Dentro estaban las transferencias.

Los regalos.

El apartamento de Ava.

Y cientos de miles de dólares desviados desde una empresa que Daniel y yo habíamos construido juntos.

Su rostro cambió.

—Puedo explicarlo.

—No hace falta.

Entonces pronunció la frase que terminó de demostrarme que jamás había entendido nada.

—Ava me necesitaba.

Sonreí.

—Y ahora seguirá necesitándote.

Daniel frunció el ceño.

Laura empujó otro documento hacia él.

—El apartamento de la señorita Reynolds fue pagado con fondos cuya procedencia será discutida durante el divorcio —explicó—. También solicitaremos revisar las demás transferencias.

Daniel palideció.

—Elena…

—Tranquilo. Ava es tu alma gemela.

Me levanté.

—Seguro encontrará la manera de ayudarte.

Pero Ava desapareció primero.

Dos semanas después de recibir el alta, dejó el apartamento.

Daniel descubrió que ella mantenía otra relación desde hacía meses.

Y entonces llegó la parte que realmente lo destruyó.

Ava jamás había pensado construir una vida con él.

Cuando Daniel la enfrentó, ella respondió:

—Tú decidiste donar. Yo nunca prometí amarte por hacerlo.

Esa misma noche apareció frente a mi nueva casa.

—Elena, cometí un error.

—Muchos.

—Podemos empezar otra vez.

Negué.

Daniel empezó a llorar.

—Te necesito.

Durante años había esperado escuchar aquellas palabras.

Ahora no significaban nada.

—No, Daniel.

Lo miré directamente.

—Necesitas a la mujer que resolvía tu vida mientras tú jugabas a ser el héroe de otra.

Cerré la puerta.

El divorcio terminó meses después.

Daniel perdió una parte importante de los bienes matrimoniales y tuvo que responder por el dinero que había destinado a Ava.

Yo recuperé mi libertad.

Ava siguió con su vida.

Y Daniel se quedó intentando comprender cómo había perdido a la esposa que, según él, jamás tendría valor para abandonarlo.

La última vez que lo vi fue frente al juzgado.

—Ella era mi alma gemela —murmuró.

Asentí.

—Entonces debiste casarte con ella.

Pasé junto a él.

—Porque mientras tú intentabas salvarla, Daniel…

Me detuve un segundo.

—Yo aprendí a salvarme de ti.

Y seguí caminando sin volver la cabeza.

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