PARTE 2: LA VERDAD DE ISABELLE

La mujer de la puerta comenzó a llorar.

—Es idéntica a ella.

Adrian frunció el ceño.

—Tía Margaret, ¿quién es Isabelle?

Ella tardó varios segundos en responder.

—Mi hermana.

Sentí un vacío en el estómago.

—Pero mi madre se llama Eleanor.

Margaret negó lentamente.

—Eleanor no es tu madre biológica.

El teléfono casi se me cayó.

—Mamá… dime que está mintiendo.

Al otro lado, Eleanor lloraba.

—Lo siento, Clara.

Veintitrés años atrás, Isabelle Whitman había quedado embarazada de un hombre perteneciente a una poderosa familia empresarial. Poco antes de dar a luz descubrió información que podía destruir varias reputaciones.

Después del nacimiento, desapareció.

Eleanor, su hermana mayor, tomó al bebé y huyó.

Ese bebé era yo.

—¿Y qué tiene que ver la familia Harrison? —pregunté.

Adrian miró hacia su teléfono.

Su padre seguía conectado.

Finalmente, el hombre habló:

—Isabelle me pidió que protegiera a su hija.

Adrian quedó inmóvil.

—¿Tú conocías esta historia?

—Solo sabía su nombre y su fecha de nacimiento. Eleanor desapareció antes de que pudiéramos encontrarlas.

Entonces comprendí por qué Adrian había reaccionado al leer mi currículum.

Mi nombre.

Mi edad.

Eleanor.

Todo coincidía.

Pero todavía faltaba algo.

—Entonces ¿por qué dijiste que encontraste a tu futura nuera?

Por primera vez, Adrian pareció incómodo.

Margaret soltó una risa entre lágrimas.

—Porque nuestras familias hicieron una promesa absurda hace veintitrés años. Si algún día encontrábamos a Isabelle y a su hija, los Harrison debían protegerla como parte de la familia.

Miré a Adrian.

—¿Y decidiste convertir eso directamente en matrimonio?

—Fue una mala elección de palabras.

—Fue una elección terrible.

Margaret se rio.

Incluso su padre comenzó a reír al teléfono.

Adrian, en cambio, volvió a ponerse serio.

—Hay algo más importante.

Sacó la carpeta que yo había entregado por error.

La abrió.

Dentro no estaba ningún informe trimestral.

Había documentos antiguos.

Fotografías.

Y una carta amarillenta.

En el frente aparecía escrito:

“Para Clara, cuando finalmente la encuentren.”

Reconocí inmediatamente la letra.

La había visto durante toda mi infancia en viejas tarjetas guardadas por Eleanor.

Mis manos comenzaron a temblar.

—Es de Isabelle —susurré.

Adrian me entregó la carta.

—Creo que por eso alguien cambió deliberadamente las carpetas esta mañana.

Miré hacia la puerta.

Mi primer día como pasante nunca había sido una coincidencia.

Alguien sabía exactamente quién era.

Y después de veintitrés años escondida, acababa de colocarme voluntariamente dentro del edificio donde todos los secretos habían comenzado.

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