PARTE 2: LA LLAMADA

Hoy era el octavo día.

Aquella tarde, mientras arrullaba al bebé para que se durmiera, sonó mi teléfono.

Era un número desconocido.

Contesté en voz baja.

—¿Hola?

Al otro lado habló una mujer.

—¿Es usted la señora Lin?

—Sí.

—Llamo del centro médico donde se hizo la revisión posparto hace unos días. Necesitamos confirmar algo con usted.

Mi sonrisa desapareció.

—¿Qué ocurre?

La mujer hizo una breve pausa.

—En los análisis encontramos varios valores que nos gustaría revisar de nuevo. El médico preguntó si últimamente ha estado tomando algún preparado tradicional, suplemento o sopa medicinal.

Mis dedos se apretaron alrededor del teléfono.

Miré hacia la cocina.

Sobre la encimera seguía aquella olla de cerámica que mi suegra utilizaba todos los días.

—Sí.

—¿Sabe qué contiene?

—No exactamente.

—Entonces, por precaución, deje de tomarla hasta que podamos revisar los ingredientes. No queremos sacar conclusiones antes de tiempo.

Sentí un escalofrío.

—¿Es grave?

—No necesariamente. Pero teniendo en cuenta que acaba de dar a luz, es mejor no consumir preparados de composición desconocida.

Después de concertar una cita para la mañana siguiente, colgué.

Me quedé sentada junto a la cuna.

El bebé dormía tranquilamente.

Pero mi corazón empezó a latir cada vez más deprisa.

Porque durante los últimos ocho días…

Yo apenas había probado aquella sopa.

Quien se la había bebido casi siempre era Chu Nghị.

En ese instante se abrió la puerta.

Mi marido entró sonriendo.

—Cariño, llegué.

Luego bajó automáticamente la voz.

—¿Dónde está la sopa de hoy?

Lo miré fijamente.

—Todavía no la he tomado.

Sus ojos se iluminaron.

—Perfecto.

Se arremangó.

—Déjamela a mí.

Lo agarré del brazo.

—Hoy no.

Se quedó desconcertado.

—¿Qué pasa?

Antes de que pudiera responder, mi suegra apareció desde la cocina.

—¿Por qué no?

Llevaba otro cuenco humeante entre las manos.

—Precisamente hoy añadí algo especialmente bueno.

Mi mirada cayó sobre el líquido oscuro.

—¿Qué añadiste?

Ella sonrió.

—Cosas buenas para recuperarte.

—¿Qué cosas?

La sonrisa de mi suegra se volvió ligeramente rígida.

—¿Desde cuándo preguntas tanto?

Chu Nghị también empezó a mirarla.

—Mamá, dile qué lleva.

—Hierbas.

—¿Cuáles?

Mi suegra se impacientó.

—¡Las que utilizábamos en nuestro pueblo! Todas las mujeres las tomaban después de dar a luz.

Levanté el teléfono.

—El centro médico acaba de llamarme.

La expresión de mi suegra cambió.

Fue apenas un segundo.

Pero lo vi.

Y Chu Nghị también.

—¿Para qué llamaron? —preguntó él.

—Me dijeron que dejara de tomar cualquier preparado desconocido hasta repetir unos análisis.

Chu Nghị bajó inmediatamente la mirada hacia el cuenco.

La habitación quedó en silencio.

Mi suegra reaccionó primero.

—¡Los médicos de ahora exageran por cualquier cosa!

—Mamá.

La voz de Chu Nghị se volvió seria.

—¿Qué hay dentro?

—¡Ya te dije que son cosas para el cuerpo!

—Quiero los nombres.

Ella abrió la boca.

No respondió.

La expresión de Chu Nghị comenzó a cambiar.

Por primera vez durante aquellos ocho días, el pequeño secreto que nos había hecho reír dejó de parecer divertido.

De repente recordé algo.

—Dijiste que, si él quisiera beberla, ni siquiera se la darías.

Mi suegra se puso pálida.

Chu Nghị levantó lentamente la cabeza.

—¿Dijiste eso?

—Yo…

Él miró el cuenco.

Después la miró a ella.

—Mamá.

—¿Qué me has estado dando de beber?

Mi suegra retrocedió medio paso.

—¡Yo no sabía que tú eras quien se la estaba tomando!

Y justo después de decirlo…

Toda la habitación quedó congelada.

Porque acababa de admitir demasiado.

Chu Nghị soltó mi mano.

—¿Qué significa eso?

Su madre comenzó a ponerse nerviosa.

—Nghị, escucha primero…

—¿Qué significa que no sabías que yo la bebía?

Su voz era baja.

Pero nunca lo había visto así.

Mi suegra miró primero a su hijo.

Después a mí.

Finalmente dijo:

—Solo quería que ella se recuperara más rápido.

—Entonces dinos qué contiene.

Silencio.

—¡Dilo!

El bebé se sobresaltó en la cuna.

Lo miré.

Chu Nghị respiró profundamente y bajó inmediatamente la voz.

—Lo siento.

Se acercó a la niña y comprobó que siguiera dormida.

Después tomó el cuenco.

—No vamos a beber más.

Mi suegra quiso arrebatárselo.

—¡No lo tires!

Ese movimiento hizo que ambos nos quedáramos quietos.

Chu Nghị entrecerró los ojos.

—¿Por qué?

Ella apretó los labios.

Tomé una pequeña botella limpia de la cocina.

—No lo tires.

Mi marido me miró.

—Mañana lo llevaremos con nosotros.

Mi suegra palideció por completo.

—¿Llevarlo adónde?

—Al médico.

La cuchara que tenía en la mano cayó al suelo.

«Clac».

Nadie habló.

Y entonces comprendí que aquella sopa escondía algo mucho más serio que una simple receta familiar.


Aquella noche, mi suegra casi no salió de su habitación.

Chu Nghị tampoco hizo bromas.

Estaba sentado en el borde de la cama mientras revisaba en su teléfono los resultados de su última revisión anual.

—Últimamente sí me he sentido extraño.

Lo miré.

—¿Qué quieres decir?

—Cansancio.

—Pero dijiste que tenías más energía.

Sonrió amargamente.

—Te lo decía para hacerte reír.

Me quedé en silencio.

Después de unos segundos preguntó:

—¿Tú sospechabas de la sopa desde el principio?

—No de esa manera.

—Entonces ¿por qué nunca querías beberla?

Miré a nuestra hija.

—Porque cada vez que preguntaba qué había dentro, tu madre se negaba a decírmelo.

Chu Nghị bajó la cabeza.

—Y aun así yo seguí tomándola.

No pude evitar decir:

—Además con entusiasmo.

Me miró.

Por primera vez desde la llamada, ambos soltamos una pequeña risa.

Pero desapareció rápidamente.

Él tomó mi mano.

—Mañana voy contigo.

—Claro.

—Y si mamá realmente…

No terminó.

Apreté suavemente sus dedos.

—Primero averigüemos qué ocurre.


A la mañana siguiente nos levantamos temprano.

Cuando salimos del dormitorio…

La cocina estaba vacía.

La olla de cerámica había desaparecido.

También faltaban varias bolsas que mi suegra guardaba en el armario.

Chu Nghị entró directamente en su habitación.

—¡Mamá!

No había nadie.

Sobre la cama había una nota.

Solo una frase:

“Regreso unos días al pueblo. No piensen demasiado.”

Chu Nghị leyó aquellas palabras dos veces.

Después llamó a su madre.

Apagado.

Volvió a llamar.

Nada.

Su rostro se endureció.

—Se llevó todo.

Negué.

Saqué de mi bolso la pequeña botella que había llenado la noche anterior.

—No todo.

Chu Nghị me miró.

La expresión de sus ojos cambió.

—Cariño…

Sonreí.

—Llevo ocho días viviendo con tu madre.

—Ya aprendí que nunca conviene confiar en que las cosas seguirán en el mismo sitio por la mañana.

Por primera vez aquel día, mi marido me miró con verdadera admiración.

—Eres aterradora.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Lo aceptaré igualmente.


Dos horas después estábamos sentados frente al médico.

Le expliqué todo.

Él escuchó sin interrumpirme.

Después miró el pequeño frasco.

—Necesitaríamos analizar el contenido antes de afirmar nada.

Chu Nghị se inclinó hacia delante.

—Doctor, yo he estado bebiendo aproximadamente un cuenco al día durante ocho días.

El médico levantó la cabeza lentamente.

—¿Usted?

—Sí.

—¿Y la paciente?

Me señaló.

—Ella casi no tomó.

El médico se quedó unos segundos en silencio.

Después suspiró.

—Entonces también vamos a revisarlo a usted.

Chu Nghị palideció.

Yo tuve que girar la cara para que no notara que casi me reía.

Él me pellizcó suavemente la mano.

—No te rías.

—No estoy riéndome.

—Tus hombros están temblando.

—Estoy preocupada.

—Mentirosa.

Era absurdo.

Pero aquella pequeña discusión alivió parte de la tensión.

Hasta que una enfermera entró con una hoja.

—Doctor, acaba de llegar la información preliminar de los ingredientes que la familia nos proporcionó por teléfono.

El médico leyó.

Su expresión cambió ligeramente.

Chu Nghị dejó de bromear.

—¿Qué pasa?

El médico levantó la vista.

—No parece que estemos hablando de un veneno ni de nada parecido.

Ambos soltamos el aire.

Pero él continuó:

—Sin embargo, tampoco es una sopa que yo recomendaría consumir a ciegas, especialmente sin conocer el estado de salud de quien la toma.

Chu Nghị frunció el ceño.

—Entonces ¿para qué se la daba mi madre?

El médico miró la lista otra vez.

—Por la combinación…

Hizo una pausa.

—Parece un preparado tradicional que algunas familias utilizan después del parto con la intención de favorecer una recuperación rápida y preparar el cuerpo para un nuevo embarazo.

Me quedé inmóvil.

Chu Nghị también.

—¿Un nuevo… qué?

El médico aclaró:

—No significa que vaya a provocar un embarazo ni nada parecido. Pero esa parece ser la intención tradicional del preparado.

La habitación quedó en silencio.

Giré lentamente hacia mi marido.

Su rostro se había vuelto indescriptible.

Y entonces todo encajó.

La insistencia de mi suegra.

«Tienes que beberlo todos los días».

«Es bueno para tu cuerpo».

«Si tu marido quisiera, ni siquiera se lo daría».

No estaba tratando simplemente de ayudarme a recuperarme.

Estaba preparando el terreno para algo que jamás me había preguntado si quería.

Chu Nghị se levantó.

—Voy a llamar a mi madre.

Lo agarré.

—No hace falta.

—¿Cómo que no hace falta?

—Ya sé por qué.

Él me miró.

—¿Por qué?

Respiré lentamente.

—Porque cuando nació nuestra hija, tu madre me preguntó cuánto tiempo pensábamos esperar para tener un segundo hijo.

Chu Nghị quedó inmóvil.

—Yo le dije que probablemente no tendríamos otro.

Su expresión cambió.

—Nunca me contaste eso.

—Porque ella sonrió y dijo que ya hablaría contigo.

Miré la puerta.

—Supongo que decidió que hablar no era necesario.

Chu Nghị cerró los ojos.

Durante varios segundos no dijo nada.

Después sacó el teléfono.

Esta vez su madre sí contestó.

Tal vez había pensado que ya habíamos terminado la consulta.

Chu Nghị puso el altavoz.

—Mamá.

—¿Ya fueron al hospital?

Su tono sonaba cauteloso.

—Sí.

Silencio.

—¿Y qué dijeron?

Él no respondió inmediatamente.

Después preguntó:

—¿Querías que Vãn volviera a quedarse embarazada?

Al otro lado no se escuchó nada.

Yo ya tenía la respuesta.

Finalmente mi suegra dijo:

—Un solo hijo es demasiado poco.

Chu Nghị apretó la mandíbula.

—Tenemos una hija.

—Precisamente.

La palabra cayó como una piedra.

Mi marido quedó completamente inmóvil.

Mi suegra se apresuró a añadir:

—No digo que la niña no esté bien. Pero nuestra familia necesita también un hijo varón. ¿Qué tiene eso de malo?

Miré a Chu Nghị.

Su rostro había perdido toda expresión.

Durante ocho días había bebido aquella sopa creyendo que estaba protegiéndome de la amargura.

Ahora descubría que su madre la había preparado porque nuestra hija no era suficiente para ella.

—Mamá.

Su voz se volvió helada.

—No vuelvas todavía.

La mujer se sorprendió.

—¿Qué?

—Quédate en el pueblo.

—Nghị…

—Cuando Vãn y yo decidamos cuántos hijos queremos tener…

Miró directamente hacia mí.

—Lo decidiremos nosotros.

—Nadie más.

Colgó.

Permanecimos en silencio durante unos segundos.

Después lo miré.

—Entonces…

—¿Sí?

—¿Todavía crees que la sopa te daba energía?

Me miró fijamente.

Luego se cubrió el rostro con ambas manos.

—Cariño.

—¿Qué?

—Por favor.

—¿Sí?

—No vuelvas a contarle esto a nadie.

Sonreí.

—Depende.

Bajó las manos.

—¿De qué?

—De lo obediente que seas.

Su expresión se volvió amarga.

Yo finalmente me eché a reír.

Después de ocho días, aquel pequeño secreto entre nosotros había terminado.

Pero había dejado algo inesperado.

Chu Nghị había aprendido que protegerme no significaba beberse a escondidas mi sopa.

Significaba ponerse de mi lado cuando alguien intentaba decidir sobre mi cuerpo, mi matrimonio o mis hijos.

Y mi suegra también aprendió algo.

Aquel cuenco que había preparado para controlar mi futuro…

había terminado siendo el motivo por el que su propio hijo finalmente le puso un límite.

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