Alejandro tardó varios segundos en responder.
—¿Ella lo sabía?
La cardióloga asintió.
—Desde antes de casarse.
Algo dentro de él se hundió.
Entró en la habitación cuando Mariana despertó. Tenía oxígeno y el rostro agotado.
—¿Por qué aceptaste? —preguntó Alejandro—. Sabías que esto podía pasar.
Mariana cerró los ojos.
—Precisamente por eso.
Sacó lentamente una llave de su bolso.
—Abre el cajón de mi escritorio.
Horas después, Alejandro encontró una carpeta.
No contenía cartas de amor.
Contenía documentos del centro comunitario.
Una constructora llevaba meses intentando comprar el terreno para demolerlo. El propietario detrás de aquella empresa aparecía en la última página.
Grupo Villarreal.
Alejandro sintió que el estómago se le cerraba.
Mariana había descubierto que su familia planeaba destruir el lugar donde trabajaba.
Cuando Emilio le contó la apuesta, vio una oportunidad.
Se casaría con Alejandro durante 6 meses.
Entraría legalmente en su mundo.
Y conseguiría tiempo para impedir la demolición.
Había aceptado convertirse en una broma para proteger a más de cien familias.
Pero entre los documentos encontró algo peor.
Una carta escrita por Mariana.
“Si estás leyendo esto, probablemente mi corazón ya no pudo seguirme el ritmo.
No te odio por la apuesta.
Al principio pensé que eras exactamente el hombre que todos describían.
Después empezaste a esperarme despierto.
Defendiste mi trabajo.
Aprendiste los nombres de los niños del centro.
Y eso complicó todo.
Porque yo tenía un plan para salvar ese lugar.
No tenía un plan para enamorarme de ti.”
Alejandro dejó caer la carta.
Corrió nuevamente al hospital.
Encontró a Mariana despierta.
Se sentó junto a ella.
—La demolición está cancelada.
Mariana abrió los ojos.
—Alejandro…
—También transferiré el terreno a una fundación independiente. Nadie de mi familia podrá tocarlo.
Ella permaneció en silencio.
Él dejó el anillo sobre la mesa.
—La apuesta termina hoy.
—Todavía faltan doce días.
—No me importa.
Alejandro respiró profundamente.
—Porque no quiero seguir casado contigo por una apuesta.
Mariana lo miró.
—Entonces divorciémonos.
Él asintió.
—Sí.
Aquella respuesta pareció sorprenderla.
Alejandro se levantó.
—Nos divorciamos.
Caminó hasta la puerta y se detuvo.
—Y cuando estés recuperada, si todavía quieres verme, voy a invitarte a tomar café.
Mariana frunció el ceño.
—¿Café?
—Sin contratos. Sin apuestas. Sin seis meses.
Por primera vez desde que despertó, ella sonrió.
Alejandro también.
Pero entonces la puerta se abrió.
Emilio entró acompañado por la cardióloga.
Su rostro estaba completamente blanco.
—Alejandro… hay algo sobre la apuesta que Mariana todavía no sabe.
Mariana dejó de sonreír.
Emilio puso un documento sobre la cama.
—Yo nunca aposté dinero contigo.

Alejandro se quedó inmóvil.
—¿Entonces qué apostaste?
Emilio miró a Mariana.
—El centro comunitario.
Y en ese instante, Alejandro comprendió que aquella apuesta jamás había comenzado como una simple broma.