PARTE 2: EL HOSPITAL ERA SUYO

Sebastián miró a Mariana como si acabara de hablar en otro idioma.

—Tu abuelo está muerto.

—Eso fue lo que tú decidiste creer.

Veinte minutos después, las puertas de la UCIN se abrieron.

Octavio Reyes entró acompañado por la directora del hospital, dos abogados y seguridad.

Sebastián palideció.

Conocía aquel rostro.

Todo México lo conocía.

Fundador del Grupo Reyes, propietario de hospitales, laboratorios y empresas farmacéuticas.

Octavio ni siquiera miró a Sebastián primero.

Fue directamente hacia las incubadoras.

—¿Ellos son Mateo y Renata?

Mariana asintió.

El anciano apoyó una mano sobre el cristal.

Después se volvió.

Su expresión cambió.

—Ahora sí. ¿Quién abandonó a mi nieta mientras mis bisnietos luchaban por vivir?

Fernanda retrocedió.

Sebastián intentó reaccionar.

—Señor Reyes, esto es un asunto matrimonial.

Mariana soltó una risa débil.

—Ya no.

La abogada familiar tomó los documentos de divorcio.

—De hecho, señor Sebastián, su acuerdo acaba de facilitarnos bastante el trabajo.

—¿Qué significa eso?

—Que usted dejó por escrito que vació cuentas, transfirió bienes y pretendía abandonar económicamente a sus hijos recién nacidos.

Sebastián miró la carpeta como si acabara de descubrir una bomba.

Entonces Octavio recibió otro documento.

—Hay algo más.

Miró a Fernanda.

—Su empresa compra casi el setenta por ciento de sus suministros médicos a compañías controladas por mi grupo.

Sebastián perdió el color.

—Podemos negociar.

—No.

Octavio señaló las incubadoras.

—Mi negociación está ahí dentro.

Mariana tomó la palabra.

—Abuelo, no destruyas su empresa.

Sebastián respiró aliviado.

Ella terminó:

—Solo quiero que deje de ganar dinero utilizando contratos que consiguió gracias a mi apellido.

El alivio desapareció.

Octavio sonrió.

—Mucho mejor.

Sebastián me miró desesperado.

—Mariana, tenemos hijos juntos.

—También los teníamos hace una hora.

Seguridad abrió la puerta.

Antes de salir, Fernanda se quitó lentamente el abrigo robado.

Mariana lo recibió sin decir nada.

Después miró a sus bebés.

Había perdido un marido.

Pero Mateo y Renata seguían luchando.

Y esta vez, ella también.

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